52. Nueva Zelanda 2017. 14 de octubre, sábado. Vigésimo sexto día de viaje. Auckland. Día 1. Segunda parte.

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De la galería nos vamos a un restaurante que recomienda la guía y que tiene uno de los nombres más feos que conozco: “The Best Ugly Bagels”. No suelo escribir el nombre de los establecimientos que visito, pero es que en este caso es imprescindible.

 

La guía le dedica una estrella y es un lugar realmente especial, aunque lo único que puedes comer son eso, “rosquillas”, que, aunque “bagels” es más elegante, siguen siendo rosquillas, cosa que a los de aquí les gusta mucho y te las preparan de muchas formas diferentes.

Es (o fue) un horno enorme donde hay varios empleados jóvenes trabajando a las órdenes de Scott. Tú le pides modosamente tu rosquilla preferida y él la canta con voz atronadora y lo repiten todos los empleados con lo que todo el mundo se ha enterado de tu elección.

Un lugar para ir, por lo menos una vez.

Cuando llegamos con el autobús desde el aeropuerto al centro de la ciudad el conductor nos explicó que el trayecto estaba modificado porque algunas de las calles estaban cerradas porque se celebraba el Diwalli. Así que cuando pasamos por allí camino del restaurante ya vimos el follón y decidimos visitarlo al acabar la comida.

En el trayecto nos encontramos con la iglesia de San Mateo, “St Matthew-in-the-city”, de la que no tenía ninguna información pero que ahora está con las puertas abiertas de par en par dado que van a celebrar una boda. Así que entramos y Marisa fotografía sus preciosas vidrieras.

Allí me vuelvo a encontrar una placa con una dedicatoria alguien que murió y fue “enterrado” en el mar. Curiosa interpretación eso de “ser enterrado en el mar”. ¿Cómo se debería decir?

En el exterior y alrededor de un gran árbol hay atados una serie de plásticos. Un letrero dice que se trata de una escultura con 606 “figuras” que representan el número de suicidios en Nueva Zelanda en este año. Desconozco la cifra en España pero me parece un número espantoso y eso que todavía no hemos acabado el año.

Y así de repente llegamos a la India. Porque aquello es Diwalli, pero Diwalli puro, casi como si estuviésemos en Delhi; hay muchísima gente, el 97,3% indios y se comportan como si estuviesen en su país: muchos grupos de jóvenes, pero también muchas familias. Es el final de la tarde y todo el mundo está comprando comida india en una multitud de puestecitos que la ofrecen. Incluso hay uno de “Paella Pan”. Una joven tiene una paella enorme pero, en aquellos momentos, con poco éxito de público.

Otro puesto se llama “Churro loco” y efectivamente tiene una máquina de hacer churros. En un cartel explican cada una de sus ofertas. La primera es “Traditional churros”: churros con azúcar por encima y servidos con el tradicional chocolate caliente como una salsa para mojar. O algo así. Tres churros, 6$, a 1,39€ el churro.

Las familias indias se sientan por las aceras y hay bandejas vacías y con restos por doquier.
Marisa observa que esto no es Japón, pero es que tampoco hay tantas papeleras.

Otra gran atracción son las casetas de falsos tatuajes de hena.
Y finalmente los grupos regionales de baile.

Primero damos con uno que son de niñas, de esos que a los abuelos se les cae la baba, pero que lo hacen solo regular, pero luego en un gran escenario actúan grupos de mayores, que lo hacen de una manera excelente. En términos generales las chicas de los grupos van de guapas a guapísimas y los chicos de normalitos a feos de cojones.

Marisa logra colocarse en primera fila a pesar de la multitud que asiste a aquel concierto. Yo me quedo un poco más atrás y observo también al personal. Aparece un abuelo excéntrico y se coloca al lado de una occidental con rastas. ¿Los raros se atraen?

De vez en cuando un olor corporal que me recuerda a los viajes nocturnos en los expresos españoles de los años 60.

Los locutores anuncian a un grupo de Punjab y se desata la locura colectiva. Como si allí todos fuésemos punjabíes. La gente chilla en determinados momentos del baile. Vaya, es baile, pero con canciones en playback. Y lo hacen de maravilla. Tengo que decir en descargo de los punjabíes y en relación a mi apreciación anterior que los bailarines son guapísimos.

Y en aquella apacible y divertida tarde aparecen dos policías, pero nada aguerridos. Se dan un pequeño paseo y desaparecen. Serán los únicos que veré en todo mi viaje por este país.

Cuando nos vamos y al pasar por la entrada (en este caso “salida”) vemos un arco típico indio (un arco arquitectónico, no un arco de flechas de los comanches) donde el personal se fotografía. Es publicidad de una empresa que a mí me suena a marca de ginebra, pero de la que no tengo ni idea. Te colocas debajo del arco, te hacen una foto y en dos minutos te la regalan con un marco para poner en la nevera. Muy gracioso. Además, luego te envían un fichero con la misma foto a tu dirección de correo.

Total, que el primer día en Auckland ha sido muy completo: hemos pasado de la “gran cultura” a la “cultura popular india”, con escala en un restaurante interesante y en una iglesia cristiana. No se puede pedir más.

Al regresar al hotel pasamos por el parque Edward de nuevo. Un letrero antibotellón dice que el recinto es un área prohibida para el alcohol (y está pegada al campus universitario) las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Otro advierte que los dueños de los perros que lleven a estos sin atar pagarán una multa de 200$. La verdad es que se ven muy pocos perros en este país.

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