46. Nueva Zelanda 2017. 11 de octubre, miércoles. Vigésimo tercer día de viaje. Dunedin. Día 1. Segunda parte.

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Una catedral está cerca de la otra, e imagino que en el siglo XIX y quizás también en la primera mitad del XX esta fue una zona de mucha importancia religiosa y con establecimientos de ese tipo. Así hay un teatro, “fortune theatre”, que parece haber sido una iglesia. Ya ves, estos se adelantaron a los de la CUP. (Lo mismo que Mendizábal).

Llegamos a la catedral de San Pablo, “St Paul’s Anglican Cathedral”, y la primera sorpresa es que no hay campanario como nosotros entendemos que debe ser un elemento arquitectónico así, pero que han hecho uno de madera donde han puesto la campana. Me ha recordado a la solución budista para colocarlas.

Sigue siendo un lugar tranquilo, pero aquí sí que hay algún visitante: no fieles, solo turistas tranquilos, hasta que entra un tropel de chinos. Lo más curioso no es el poco tiempo que le han dedicado a la visita, es que algunos ni han echado una ojeada al interior: se han limitado a sentarse en los bancos y se han fotografiado a sí mismos profusamente. Quizás para un chino educado con el libro rojo un banco de una iglesia cristiana sea un elemento decorativo tan especial como los objetos religiosos que Marisa fotografía en oriente, especialmente en el Himalaya budista.

Ya he dicho que esta catedral, a diferencia de la católica, no estaba vacía: hay una señora atendiendo un puesto de propaganda y venta de “merchandising” cristiano que además hace unos preciosos marcapáginas de bolillos. Una señora muy, muy mayor y de aspecto bondadoso.

Lo primero que me sorprende es un letrero que dice: “Por favor, toma fotos”. O algo así. Esto contrasta con la severidad de algunas iglesias nuestras, que si no lo prohíben, que algunas sí lo hacen, por lo menos les parece que les joda el asunto fotográfico. Véase Morella.

Bien es verdad que debajo pone que si puedes les ayudes con un donativo. Todo muy educado.

Después del letrero una mesa con dípticos informativos de la catedral en un montón de idiomas. Imagino que después de la independencia también lo harán en catalán, pero ahora todavía no lo está. Claro que si los pronósticos económicos se cumplen, aunque los españoles dejemos de robarles, pocos de los habitantes de esa nueva república podrán viajar tan lejos y a un país que no es especialmente barato. Y los de la CUP, que serán los jefes, no podrán hacerlo por ser fieles a su ideario anticapitalista.

Y como en toda Nueva Zelanda aquí también hay recuerdo sobre los que murieron en la primera guerra mundial. Así una placa dedicada al teniente coronel Arthur Bauchop, quien murió en Gallipoli el 7 de agosto de 1915 y que “fue enterrado en el mar” según dice la placa conmemorativa.
Como te creo un interesado en esta guerra te dejo este enlace sobre el héroe neozelandés.
Al final de la información hay un enlace para que dejes “a poppy” en su recuerdo.

Y como las vidrieras vuelven a ser formidables hay una nueva sesión fotográfica.

Y estos anglicanos son tan previsores que te proporcionan un díptico con la descripción de todas sus enormes y preciosas cristaleras.

También tienen un magnífico órgano con más de 3500 tubos. Se nota que por aquí no pasaron las columnas anarquistas como en mi pueblo, pues este se construyó en 1919 en Londres y sigue aquí tan estupendo.
Por cierto que la información sobre él está en inglés, francés, alemán, italiano y japonés. ¿Por qué no en español? Excepto el inglés los demás son idiomas minoritarios, pero el nuestro no está.

Al final allí nos quedamos solos Marisa y yo más la abuelita del ganchillo cuando aparece un cura, aquí “pastor” (pronúnciese “paasta” con acento en la primera a), vestido con una cazadora azul, vaya sin los oropeles típicos litúrgicos, se sube encima de un escabel y se pone a rezar. Vaya, imagino que rezaba porque no le he entendido nada y a lo peor nos decía que lo de “Please, do feel free to take photos!” tenía un límite, como el wifi de algunos hoteles, pero imagino que no, porque hubiese bastado con acercarse y decírnoslo amablemente y no utilizar la megafonía. Pero me sentía muy incómodo.

Allí dos librepensadores tomando fotos de las maravillosas vidrieras y él clamando en el desierto; nunca mejor dicho, porque es que no había nadie.
Me recordó una vez que asistí en mi pueblo a un oficio religioso de viernes santo en un convento de monjas de clausura donde ellas cantaban, creo que el Oficio de Tinieblas. No eran los Niños Cantores de Viena, pero no lo hacían mal. Pues bien, oyendo a aquellas buenas señoras estábamos: una beata, una señora sorda, pero sorda, sorda, y yo. Que me dio también un poco de pena, pero es que hoy todavía más, porque a las monjas no las vi (estaban tras las rejas), pero sí al pastor.
Más tarde sí entraron algunos turistas más, pocos, pero el predicador ya había acabado. Me pregunto que si no hubiésemos estado nosotros si también lo habría hecho. Eso es tener fe: trabajar aunque no te vea el jefe. O quizás sea al revés: que este jefe (¿habría que escribirlo con mayúsculas?) siempre te está viendo. Como esa anécdota tan graciosa que cuenta Millás en que un día le abrió el pupitre a un compañero de clase y en su bocadillo había un letrero que decía: “Dios te ve”.

Luego ha entrado un señor mayor, vaya mayor de 60, con aspecto un tanto estrambótico, ha hablado con el pastor y este le ha hecho una ceremonia como de imposición de manos. Pero tampoco nada ostentosa.

Cuando nos vamos nos saluda cariñosamente una señora: habla español y se alegra mucho de nuestra procedencia y es nada menos que una pastora. ¡Mira que son educados y amables estos anglicanos!

Como aquí no tienen historia, o mejor la tienen muy corta, hacen como los replicantes de “Blade Runner”: en el púlpito hay tres incrustaciones que corresponden a materiales traídos de Europa: un trozo de baldosa de una iglesia inglesa del año 600 (“about”), una piedra (pero piedra, piedra) de las tapias de la abadía de San Columbas y otra piedra del domo de la catedral de San Pablo de Londres.

La vidriera más grande está dedicada “a la gloria de Dios” (“como no podía ser de otra manera”, según frase habitual de nuestros políticos) y en agradecimiento y recuerdo por los de esta región que dieron la vida en la “Gran Guerra”. ¡Jodidas guerras!

Otra historia curiosa es la del donante de la catedral.
Hubo una primera edificación de 1862 pero parece que no estaba muy bien hecha y decidieron construir una nueva. Hubo, entre otros, problemas de financiación hasta que en 1904, William Harrop, un importante hombre de negocios de esta ciudad murió y dejó toda su herencia para la nueva catedral con dos condiciones: que se levantase en el mismo lugar que la antigua y que se recaudase la misma cantidad que él legaba (he leído que 30.000 libras en un sitio y 20.000 en otro) antes de que se reclamase la herencia. El obispo no se amilanó y lo consiguió en 1913 aunque hasta 1915 no se puso la primera piedra.
Mr. Harrop era un borde o un revolucionario conservador. O ambas cosas. Y no se fiaba mucho de la jerarquía.

Antes de marcharnos vamos a los servicios y mientras espero leo en una pared los nombres de los pastores que han “servido” aquí con sus fotografías. Me sorprende que unos sean “The Rev”, pero otros “The Very Rev”, e incluso había algunos que eran “The Ven”. No puedo soportar tanta duda y entro en la oficina del deán donde una amable joven germana me explica, sorprendida por mis inquietudes, que efectivamente hay una jerarquía y que se puede ser “Very”, que, obviamente, es “más”.
Aprovecho su bondad y le digo que en el folleto en castellano hay alguna pequeña incorrección. Me las pregunta, se las explico y me dice que en la próxima impresión las corregirán.

Cuando salimos a la calle doy gracias a…, bueno “gracias” de que la religión cristiana no sea “zapatófoba” y hayamos podido hacer todas las visitas calzados. ¡Qué gusto!


Nada más salir en un banco cercano hay una señora que pertenece a una de esas otras religiones que te obligan a descalzarte y pienso en el contraste de su aspecto medieval con la tableta que lleva en sus manos y con el entorno de una ciudad como Dunedin.

Sobre las piedras “antiguas” como las de la catedral anglicana.
En mi pueblo había una gran dedicatoria a los “Caídos por Dios y por España” en la fachada de la iglesia.
Estaba previsto que se quitase desde hacía muchos años, pero los sucesivos alcaldes iban demorado la obra, pues aunque los nombres de los “caidos” estaban pintados en rojo el nombre del “mártir” José Antonio Primo de Rivera lo estaba con unas profundas incisiones en la piedra. Así cuando al final se hizo la reparación hubo que picar todo aquello y a mí me recordó en pequeño, vaya en pequeñito, lo del muro de Berlín. Y yo recogí uno de aquellos cascotes. Que no sé dónde está.

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