39. Nueva Zelanda 2017. 8 de octubre, domingo. Vigésimo día de viaje. De Te Anau a Milford Sound. Primera parte.

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Hoy ha amanecido el mejor día desde que estamos en Nueva Zelanda y es muy importante pues vamos a hacer la excursión que en un principio será la más bonita de todo el viaje.
Bien es verdad que hemos elegido este día porque la previsión meteorológica era muy buena para hoy y bastante probable con lluvia para mañana. Pero hace un mes cuando consulté ya era así. Ese ha sido también el motivo de quedarnos aquí dos días completos, o sea tres noches, para poder elegir el mejor día para la excursión de hoy.

Nada más salir a la calle vemos las montañas nevadas al fondo y unos preciosos árboles floridos. No es que ayer no estuviesen, que estaban, pero es que hoy, con el sol, parecía todo más bonito.
El autobús que vamos a coger resulta que viene de Queenstown y nosotros somos los únicos pasajeros que lo tomamos aquí. Así que en cuanto llegamos sale si bien faltan 15 minutos. Quizás los que llevaban más de 2 de horas de viaje echarían pestes de nosotros pensando que nos esperaban. Porque el autobús iba completamente lleno.

Es un clásico viaje desde Queenstown: cogen el autobús por la mañana y en algo más de 4 horas están en Milford Sound; allí hacen un crucero de 2 horas y vuelta a Queenstown. Una pequeña paliza. Claro que todos son jóvenes o muy jóvenes, excepto una pareja de unos 40 y tantos, un señor sordo y nosotros.
El único sitio que queda libre es en la última fila donde nos sentamos detrás de dos pedorras y al lado de otras dos que son amigas suyas. Luego comprobaremos que forman parte de un grupo de 15 ó 20 chicas. Una de la última fila, obesa por cierto, (Marisa me tiene prohibida la palabra “tanqueta”, pero es que esta era más bien “lancha de desembarco”) se ha pasado todo el viaje de ida y el de vuelta durmiendo. Y no sé si en el crucero también habrá echado una siestecita con la excusa de que “el movimiento del barco me produce sopor”. Las cuatro llevaban una almohada de unos 70 cm. He visto a gente viajando con almohadas, pero una tan grande o la han robado en el último hotel, que no creo, o es que estaban en el autobús que tampoco creo. Un misterio más en mi vida y además como no nos han recibido muy bien (problemas del espacio ocupado por ellas antes de nuestra llegada) no he querido preguntarles.

Cuando llegamos al autobús, el conductor, Bob, un tipo muy simpático me pregunta que de donde somos. Pues resulta que él ha estado en Salou. Así que doy por supuesto que es británico, que son gente que, como los de Zaragoza, muy aficionados a esas playas. Así que le digo: “¿Es usted inglés?”. “No, no, que soy neozelandés”. En resumen, que no le había entendido nada: ni Salou, ni Torrevieja.

Luego confirmo mi sospecha cuando se pone a darnos explicaciones geográficas y pintorescas sobre el terreno que estamos recorriendo y lo que visitaremos al llegar. Me está pasando como si a un extranjero que ha estudiado castellano llega a España y le ponen de guía del autobús a Chiquito de la Calzada. Lo mismo me pasa a mí con los neozelandeses.

Desde Te Anau a Milford Sound paramos tres veces para que podamos contemplar la maravilla de la naturaleza pues es un recorrido muy bonito.

En una de las paradas un letrero advierte que no alimentes a los “kea”, una especie de lorito endémico de esta zona. Yo creo que lo ponen para animar a los turistas que así esperan verse agobiados por docena de “keas” en busca de golosinas.
No se ve ni uno.

En otra parada me percato de que un joven lleva una kipá. Marisa, que no se da cuenta del “hecho diferencial”, me pregunta si es que lleva una herida. A mí los religiosos siempre me sorprenden, pero eso de engañar a tu “Señor” con un circulito de tela de 7 cm cogido con un par de horquillas para demostrarle que estás cubierto en su presencia me parece más bien una broma de ateos irrespetuosos.

Un letrero te informa de las calamidades que sufrieron para abrir esta carretera. Lo que no tengo claro es el objeto de construirla excepto que ahora podamos disfrutar del espectacular paisaje pues por allí no vive nadie, ni hay ninguna actividad agropecuaria.
Llegamos a Milford Sound, a lo que es realmente solo un embarcadero para los cruceros por el “sound”.

Nuestro barco será el “Milford Monarch”.

Por si vienes: hay dos tipos de barcos por el tamaño. Uno, como el nuestro, que son más grandes, por lo que no se aproximan tanto a las orillas (por si te interesan los posibles animales que haya en ellas), y otros más pequeños que sí lo hacen. A cambio he visto hoy, pero no sé si será siempre, que el nuestro hacía un recorrido más largo que los pequeños. Además, hay un precioso barco antiguo (o por lo menos lo parece) de tres palos pero que navega motor, como todos.

Otra gracia, que depende de la organización a la que compres el billete, es que te dan una caja de comida suficiente para resolver la del mediodía pues coges el barco a la una y regresas a las tres.

Y una vez resuelto lo de la comida, que hacemos en el gran salón, nos vamos rápidos a cubierta donde ya estaremos todo el viaje.

El día estupendo, la temperatura muy agradable y se navega despacito por lo que apenas hay viento: una maravilla de travesía en un paisaje espectacular.

El primer avistamiento es de lobos marinos: una docena que retozan al sol encima de unas rocas. Luego un delfín y más tarde un par de pingüinos. Vaya, que no es el viaje ideal para ver animales, pero, insisto, es una maravilla.

De todas maneras, en el folleto de este lugar solo nombra a estos tres especímenes además del “kea”, por lo tanto hemos visto a casi todos.

Nos acercamos mucho a una gran cascada de la que el capitán nos informa que es un agua purísima, quizás haya dicho incluso que es la más pura del mundo (pero no puedo asegurarlo) y que proviene directamente de un glaciar que hay encima. Este glaciar es el único del mundo (esto si lo ha dicho) que está a nivel del mar junto con uno de la “Palagonia”. Esto anglófonos no pronuncian la te, aunque los “malen”.

Llevo una pequeña cámara “waterproof” y puedo hacer fotografías sin miedo al chaparrón. Luego nos acercamos a otra cascada, imagino que también de agua purísima.

En el barco “pego la hebra” (creo que es la primera vez que utilizo tan horrible expresión) con un australiano que lleva una cámara de fotos estupenda. Y me hace una referencia a la situación política española.

Y al cabo de dos horas de navegación ya estamos de nuevo en tierra.

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