22. Nueva Zelanda 2017. 30 de septiembre, sábado. Duodécimo día de viaje. Christchurch. Primer día. Primera parte.

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Hoy, de nuevo un día sin historia, aunque ha transcurrido feliz a pesar de que mañana será el 1 de octubre de 2017.
Dado que hoy es sábado teníamos dos opciones, ambas de mercado: el de Lyttelton o el de Riccarton.

Vamos a la oficina de turismo, “I-site”, donde una oronda joven nos recomienda mejor la segunda opción; el único problema es que cree que está un poco lejos para llegar hasta allí andando. No sé si eso de “lejos” era un término absoluto o era relativo y relacionado con nuestro aspecto, pero que era mejor ir en autobús urbano. Y ella no lo sabía, pero yo sí que un autobús urbano tiene el problema de parar en el sitio adecuado y más aquí que no logro entender ni a la cajera del supermercado cuando me pregunta si quiero una segunda bolsa para la compra. Resultado: vamos a pie.

Primero hay que atravesar el precioso jardín botánico que pensamos visitar más detalladamente otro día.

La primera sorpresa es encontrarnos a dos pobres, o mejor dos mendigos, porque quizás me haya encontrado con muchos pobres y no lo sabía. Estos son del tipo “sin techo” y cada uno tiene un cartón delante donde debe explicar su desgracia. Pero me parece una mala táctica de marketing ponerse juntos.

No fotografiamos desgracias ajenas, así que para compensar a los dos menesterosos Marisa fotografía (lo que se llama un “robado”) a una espléndida señorita leyendo la prensa del día.
¡Nos encantan las fotografías del personal leyendo, sobre todo en papel!
Además se puede comprobar que aquí, en la primera página de “las noticias del mundo” no se habla de lo que hoy nos preocupa a nosotros; el titular es: “Cyber-campaing aims to divide US”. Nada del “proceso”.

Nada más entrar en el parque una preciosa fuente llamada del pavo real, “Peacock fountain”. Es una maravilla, pero por mucho que lo busco no encuentro al pavo. Pienso que quizá sea como la fachada de la universidad de Salamanca con la rana. Pues aquí no hay manera. Así que acudo a una placa donde espero encontrar la respuesta y la encuentro: fue levantada en el año 1911 en honor del “Honorable J T Peacock”. Claro que hubiese sido peor que se llamase el “Honorable señor Rana” y todo el mundo buscando la rana por la fuente. Y más raro todavía por pensar que había una sola rana, dado que es muy raro que una rana viva sola.

Pues aquello es tan bonito que dan ganas de quedarte allí y olvidarte de mercadillo porque además por lo que hemos visto esos lugares no son nada especiales. Pero la vida del turista tiene ciertas obligaciones y si has decidido ir al “Riccarton House & Bush”, pues debes ir.

Este jardín botánico está encuadrado dentro del parque de Hagley y como estamos en Nueva Zelanda eso quiere decir que es un lugar muy cuidado, con suficientes servicios públicos y con muchos bancos y además estos situados en los mejores lugares para contemplar el jardín.

Además, el propio botánico tiene grandes superficies de césped (o algo así) enmarcadas por filas de enormes y preciosos árboles; algunas de estas zonas están dedicadas a prácticas deportivas, hoy bastante vacías de esos esforzados jóvenes. Vemos a algunos corriendo, pocos, y también pocas bicicletas, además de que estas tienen el acceso restringido a algunas zonas del parque.

Una de las estrellas del parque son los rododendros: hay muchos y todos floridos. Y también las azaleas. Un letrero nos informa que estas últimas están clasificadas botánicamente como “rododendros”.
Pues no es nada fácil así que te dejo este enlace para poder entenderlo.

Te adelanto que explica que la diferencia es “minute”, que, como probablemente (no) sabes, quiere decir “ínfimo”. Y que “todas las azaleas son rododendros pero que no todos los rododendros son azaleas”. Y otra cosa curiosa es que le echa la culpa de la confusión a Linneo. ¡A Linneo, mi querido Linneo! Que se parece a los de los partidos políticos corruptos, que siempre le echan la culpa a un tesorero que se ha muerto o está medio atontado.

Y como te veo muy interesado en el tema te dejo el enlace a la “American Rhododendron Society”, ARS, donde encontrarás todo aquello que querrías saber sobre los rododendros y no te has atrevido a preguntar. (“Everything You Always Wanted to Know About Sex* (*But Were Afraid to Ask”)).

Cruzando aquel territorio damos con un campo de croquet. ¡Croquet! Marisa ni sabía que existiese un deporte así. (Y los de la RAE tampoco). Aquí juegan en el “United Croquet Club”, del que un letrero informa que “Entra, saluda e inténtalo”. Solo miércoles y sábado, por si quieres probar. Porque otro letrero dice que “es un juego para todas las edades”, que lo pruebes hoy, que en 10 minutos (“minutes”) aprenderás y que les encantará que lo intentes.

Lamento desilusionarte, pero algunas de las cosas anteriores no son verdad. No es para todas las edades: es a partir de los 80 ó 90 años; lo que no sé es como han llegado estos “croqueteros” a este grado de maestría si empezaron después de los 75 años, pues la media docena de personas que juegan son todos jubilados. Y como diría nuestro presidente, “muy jubilados y mucho jubilados”. Aunque la verdad es que media docena de jóvenes indostánicos han sido seducidos por ese “aprende en 10 minutos” y quizás piensen que cuando regresen a su Paquistán o a su India natal podrán fardar como un “peacock” delante de sus amistades diciendo que juegan al croquet, aunque dada la pasión de esos países por el críquet (este si lo conocen los de la RAE) imagino que tendrán que repetir varias veces la palabra croquet hasta que vean la diferencia.

Llegamos al final del parque y encontramos a un amable señor que nos explica cómo llegar al mercadillo, pues algunos de los planos que encontramos estaban orientadores E-O en lugar de N-S y no sabes lo que despista. Claro que estando en el hemisferio sur lo lógico es que estuviesen en sentido S-N. ¿O no?

Y es que desde el final del parque Hagley hasta el mercadillo debes atravesar una zona de casas y calles perpendiculares en los que es fácil perderse si no aciertas con el correcto comienzo del camino. O sea, como la paloma de Alberti, y te vas al este cuando debías irte al oeste. Incluso el amable informador nos ha dicho que en lugar de ir por la calle principal, que no tenía ningún interés, lo hiciésemos por una paralela que es tranquila y con casitas.

Realmente era así: una calle con casas unifamiliares de las que te hacen pensar que Christchurch es una ciudad donde te podrías quedar a vivir para siempre. Mucho mejor que las solitarias casas de “Marlborough Sounds”. Además, seguro que aquí llega Amazon.

La calle tiene casitas de una sola planta, todas de madera (hemos visto una que estaban construyendo y todo el armazón era así), con un pequeño jardín, grandes ventanales y ni una sola reja. Y ni una pintada. Incluso hemos pasado por delante de unas escuelas Montessori en cuyas tapias había esos dibujos típicos de colegios infantiles y donde los macarras patrios no habrían dudado ni un momento en poner rápidamente su firma. Pues aquí nada. Porque ¿te has percatado de que la mayor parte de las pintadas españolas son solo firmas? Delante de nuestra casa hay una pared donde un grupo de grafiteros hacen bonitos dibujos, que llevan hasta un bosquejo previo de la obra que van a realizar, pero esto no es lo habitual. Pues aquí ni una raya.

Otra cosa que me ha sorprendido de esta tranquila calle es que todos los coches aparcados en la calle o en las parcelas de las casas eran de gama media. O aquí la gente no alardea con la marca del coche o es que los propietarios son de clase media sin aspiraciones. Vaya, sin aspiraciones de tener un Mercedes.

 

 

 

 

Poco antes de llegar al destino un letrero en un poste de “Prohibición permanente de alcohol”, aclarando que “se aplica los 7 días de la semana, las 24 horas del día”.

Nada, que me tendré que venir a vivir aquí.

 

 

 

 

 

 

Y así llegamos al “Christchurch Farmers’ Market”.

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