21. Nueva Zelanda 2017. 29 de septiembre, viernes. Undécimo día de viaje. De Picton a Christchurch.

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Hoy, imagino, va a ser un día sin historia, lo que no impide que nos tengamos que pegar un buen madrugón.
Nos vamos de Picton a Christchurch en autobús, y este sale a las 7 y media de la mañana, el billete dice que debes estar 15 minutos antes y nuestro hotel está a otros 15 minutos del lugar de salida.

No podemos desayunar en el hotel, y eso que vinimos a él sobre todo por la publicidad (engañosa) de esa comida. Así que nos dejan una cajita con el sustituto de ese “falso” desayuno, pero nada de un bocadillo de tortilla de patata o de jamón con tomate en el que estás pensando.

El día empieza a clarear y hay una bonita luz aunque, como todas las mañanas, el cielo está cubierto de nubes.

El autobús sale de uno de los dos puntos de llegada del transbordador de Wellington. Hay dos parejas, también mayores, esperando y les pregunto si allí es allí. Que sí. Y entonces es inevitable preguntarnos que de donde somos. “Spain”. Y su respuesta no puede ser mejor: “Lovely!”. Bueno, además del adjetivo han debido colocar algún sustantivo, quizás algún verbo e incluso algún otro complemento, pero solo he entendido lo de “lovely”. Pero luego vino la pregunta que de qué parte de España. Soy amable con toda esta gente porque ellos también soy muy amables, pero ¡qué cojones les importará de dónde somos! Y eso que afortunadamente Marisa y yo somos del mismo sitio, porque mira que eso ayuda, pues sino imagínate que además de todas las explicaciones tengas que decirles que “yo de Zaragoza, pero aquí mi señora de Palencia“. “No, no, de Valencia no, ¡de Palencia!” Claro que también les puedes mentir, pero es que no me parece bien. Porque luego viene lo de “Where is it?”. Y claro ahora enseguida echan mano del teléfono y Google Maps y te han jodido.
No sé qué dirán los de La Almunia de Doña Godina. Sobre todo si lo tienen que deletrear.

Nuestro autobús es de dos pisos, el superior normal, pero el de abajo es de tres asientos por fila y además con mejores butacas. No llega al lujo de los coreanos, pero está bastante bien. Esa clase se llama “Gold” y no todas las líneas disponen de este servicio.
Cuando llega el autobús te acercas al amable conductor, le dices tu nombre y el te busca (y te encuentra) en la aplicación de su teléfono y ya puedes subir. En este autobús, como en el otro que cogimos (en Méjico “tomamos”) viajan sobre todo jóvenes y algún extranjero mayor como esas dos parejas con las que hemos hablado en la parada y que han resultado ser australianas y que han intentado (y conseguido) ayudarnos en las paradas. Hay también uno medio ciego y medio sordo. A este la gente no le ha ayudado demasiado. Vaya, de las tres paradas que hemos hecho yo le he ayudado en dos y los australianos en la tercera. La verdad es que lo he hecho bastante preocupado porque me preguntase algo y que pensase que su lazarillo no es que fuese extranjero, es que era idiota. Así que le he ayudado a bajar del autobús, pues no lo hacía nadie y en cuanto ha puesto los dos pies en el suelo le he dejado a merced de los elementos. Y es que a mí los ciegos me producen una gran admiración por su decisión de vivir como si no tuviesen ningún problema. Tuve una compañera de trabajo, Carmen, que lo era y me enseñó la forma de ayudarles en la calle. Esta mujer tenía un valor increíble.

Al salir de Picton y mientras atravesamos la región de Marlborough hay grandes campos de viñedos muy cuidados, pero con el suelo totalmente verde como una pradera.
Al cabo de un rato aparece la nieve en la cumbre de algunas montañas que volveremos ver a lo largo del viaje y es que estamos todavía saliendo del invierno.

La carretera esta lleno de obras, lo que provoca que el tráfico se corte en un sentido y hace que todo sea más lento. Incluso una de las veces el corte ha sido lo suficientemente largo para permitirnos bajar y contemplar un gran río.

Todo el recorrido es un paisaje precioso con esos campos verdes con ganado bovino y ovino. Y montañas y algunos valles angostos. Y lluvia en buena parte del recorrido. Porque mira que hemos tenido suerte con la lluvia hasta ahora, pues solo llueve cuando vamos de viaje, vaya de traslado de una ciudad a otra, pues el de ayer en barco o el de anteayer hubiese sido un desastre con lluvia. Incluso el paseo desde el hotel hasta la parada del autobús. Pues nada, solo llueve cuando viajamos.

Paramos cuando hace más de 3 horas desde la salida. Dos cafés con leche 6€. Y en vaso de cartón, que si te lo sirviesen en porcelana de Vista Alegre o en vasos de la Real Fábrica de Cristales de La Granja…pues no, en cartón.
Este conductor, como el del primer viaje también cuenta cosas antes de cada parada, pero no hace gracietas como el otro. Eso lo imagino, pues en este no se ríen como en el de Auckland a Wellington, pues yo, además de que no le entiendo, hoy tengo problemas con los oídos y estoy medio sordo, así que tengo que acudir a los “lovely Australian” para que al final me digan que “twenty minutes”.

En la segunda parada cuando vamos a salir el chofer tiene que ir a la cafetería para buscar a unos chinos que viajan con nosotros y es que me imagino a mí mismo en China en una parada de autobús. No sé si podré ir algún día. Y aquí tienen suerte de que el chófer cuente a los pasajeros antes de salir, que en Corea se hubiesen quedado en tierra.
Eso casi le ha pasado a una mujercica vestida de india que ha subido en nuestro autobús en una parada de cafetería y ha debido darse cuenta de que no reconocía a nadie y ha bajado echando leches y confundida. Me ha dado pena y me hubiese gustado poder ayudarle a buscar su transporte, pero estábamos a punto de salir.

En la primera parada echo en una gran papelera los restos del desayuno y luego me percato de que en un gran letrero dice: . “Solo para los residuos de la cafetería”.

En este establecimiento descubro el significado de la palabra “café”, escrita así, en inglés: “pequeño restaurante”. Lo que no sé si es una variante nacional o es de todo el imperio británico.

En otra de las paradas hay restos de un carro de los que había antes en España, como si fuese una escultura. Imagino que si no fuese por actos religiosos como la romería del Rocío los jóvenes españoles si viesen un carro también pensarían que era una escultura o un objeto de la guerra de la independencia.


(Escribo estas palabras “la guerra de la independencia” con el sentido que tienen para mí y de repente se me pone la carne de gallina y mis neuronas muy, muy cabreadas porque hoy es 30, viernes, y dentro de dos días habrá un grupo de exaltados y radicales que quieren que haya en España otra “guerra de la independencia”. No escribo nada sobre esto, aunque las noticias que leo todos los días me hacen pasar del asombro al cabreo y de nuevo al cabreo sin pasar por el asombro. Y más que la actitud de esos regionalistas, lo que no puedo entender es la posición y declaraciones del Sr. Iglesias y de la Sra. Colau, las dos grandes esperanzas de la izquierda española. ¡Qué pena!
Mi alma catalana y madrileña y aragonesa sufre al ver la sinrazón de unos y el desamparo en que se encuentran otros).

Entramos en Christchurch y todo son casitas de madera, o similares, de una planta, cada una diferente de la del vecino, donde lo más sorprendente para nosotros es que todas tienen grandes ventanales y ninguna verja. ¡Ni una!

El autobús nos deja en un lugar bastante céntrico desde donde en 15 minutos llegamos a nuestro nuevo alojamiento que ha resultado ser una bonita sorpresa.

Damos una vuelta por el centro que ya está desierto pues son más de las 5 de la tarde y parece que aquí muchos sitios cierran a las 4 de la tarde.

En un mercadillo delante de la catedral hay varias “camionetas restaurantes”; parecen estar muy de moda, pues también las vimos en Wellington. Una de ellas es de comida española, donde además de la bandera anuncian paella.

Y, como, en un ambiente así no podía faltar un músico callejero, este con pinta de “zíngaro”.

Cuando regresamos al hotel encontramos un pickup con un gran letrero que dice “Jamon Civil”. Si veo a alguien que suba a él le preguntaré por su significado, pues me ha dejado bastante intrigado. Como he madrugado espero que este misterio no me impida dormir.

PS
Al ver los “camioncitos restaurantes” me he acordado de la peli “Chef” que es una divertida comedia de cocina cuya acción se desarrolla en una de esas furgonetas.
La banda sonora es igual de divertida. Hay una interpretación de Jon Favreau y John Leguizamo cantando la canción “Sexual healing” de Marvin Gaye en la que el cantante le está pidiendo a su amor que vaya a verle para esa “Cura sexual” que acaba con una frase memorable:
“Please, don’t procastrinate
It’s not good to masturbate”.

La verdad es que en la peli no lo acaban de cantar todo: es una versión más “instrumental”. Una pena.

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