18. Nueva Zelanda 2017. 27 de septiembre, miércoles. Noveno día de viaje. Picton. Segundo día. Segunda parte.

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La excursión de esta tarde la hacemos en un barco, en este caso un catamarán (cosa que he descubierto al desembarcar al final), que nos llevará desde el puerto de Picton hasta la isla de Motuaro por el “Queen Charlotte Sound”.

A ti, como a mí, la isla de Motuaro no te dice nada, pero es importantísima para la historia de Nueva Zelanda, pues fue el lugar donde el 31 de enero de 1770 el capitán Cook tomó posesión de estos territorios en nombre del rey Jorge III y por eso llamó a esta ensenada “Reina Carlota”, en honor de la consorte real. Suerte tuvieron los de por aquí, porque podría haber sido “Ensenada de Jaime Rafael Ramos María”, nombre del consorte, o mejor exconsorte, Jaime Rafael Ramos María de Marichalar y Sáenz de Tejada. Claro que al divorciarse le hubiesen podido cambiar el nombre y llamarla “Ensenada Iñaqui”.

Es una excursión un tanto especial, ya que además de visitar este islote, el recorrido tiene un interés naturalístico, pues además del capitán (y creo que dueño de la agencia) van en el barco dos señoritas una de la cuales va explicando durante el viaje cosas sobre la geografía, la fauna y la historia; y aquí vuelvo a sentirme como los coreanos: no entiendo casi nada aunque luego le hago las preguntas de lo que me interesa. Y la joven, muy educada, no me responde con un “eso ya lo hemos explicado cuatro veces”.

De esta manera nos pasamos un buen rato en un lugar de paso de delfines. Larga espera y aunque al final han pasado apenas los hemos visto. Sí hemos contemplado varios ejemplares de cormoranes que aquí llaman “shag”, en lugar de la palabra más común en inglés de “cormorant”.

También un par de focas que dormitaban en un islote.

Mas tarde cuando hemos desembarcado en la isla de Motuaro, hemos visto tres o cuatro especies de pájaros y un pingüino en su nido.

Esto es bastante curioso: tienen unas cajas de madera donde se refugian y en una de ellas uno, que debe ser el más atontado de la colonia y que estaba al lado del camino, levantan la tapa de la caja y lo ves o mejor lo vislumbras pues no quieren que se les moleste mucho. Me ha sorprendido porque estaba a unos 200 metros del mar y con un cuesta muy empinada; imagino que alguien lo alimenta. Lo pregunto y no, que baja a buscar comida al mar. Lo que no sé es como consiguen que vayan a anidar a esas cajas.

Y tan sorprendente como la vida infantil del pingüino me han resultado las casitas que hay a lo largo de la costa, algunas sencillas y otras no tanto, pero en unos lugares inverosímiles, pues están al lado del mar, en medio de aquella exuberante vegetación, y sin ningún otro medio de comunicación que un pequeño embarcadero. A algunas parece que les llega el tendido eléctrico, pero en general carecen de él. Y no sé cómo conseguirán el agua o la comida. Me han dicho los del barco que las de mejor aspecto son de gente rica que llega aquí en helicóptero. Vaya, más que “rich” los imagino “very, very rich”.

Entre los viajeros había una familia con 4 jodidos niños. El padre se ha dedicado a hacer fotos y a mirar el paisaje, la madre a atender al más pequeño y los otros tres a jugar y a hacer el melón. El mayor, de unos 14 ó 15 años se ha pasado la excursión leyendo y no ha salido del camarote excepto cuando hemos parado para ver algo especial, e incluso a la excursión por la isla de Motuaro se ha llevado el libro. Y lo más sorprendente el tema: “Breve historia de la historia de Nueva Zelanda”. Bien es verdad que también ha respondido a las asechanzas de sus hermanos.

Un viaje muy interesante, aunque solo hayamos podido ver los delfines muy someramente y que la historia de Cook a aquella isla no tenga demasiado interés para nosotros.

La joven guía hablaba a veces de los europeos, si bien es verdad que no sé si para bien o para mal, y aunque debía referirse a los del siglo XIX, yo me sentía aludido. Me hubiese gustado poder decirle algo así como “oiga joven, a ver que dice de los europeos, que aquí estamos dos”. Pero no dije nada.

En el pequeño embarcadero de la isla hay un letrero donde te advierte que si quieres pasar la noche (imagino que en el barco, pues está prohibido acampar en ella) no te quedes amarrado a ella para evitar la invasión de roedores. Y es que están muy preocupados con las especies foráneas y la destrucción de la fauna que conllevan. Así había varias trampas a lo largo del camino e imagino que más diseminadas por la isla. En este país están obsesionados especialmente por el ”possum”, animal que desconozco pero que ha resultado ser la comadreja. O algo así, pues en el diccionario encuentro al “Australian possum” y lo traduce como “alangero de cola anillada”. O sea, la gallina. ¿Por qué tú has oído hablar alguna vez del alangero de cola anillada? ¿O simplemente del alangero?

Una de las cosas que debes hacer al desembarcar es pasar el calzado por unos cepillos para limpiarlos. O sea que también mucho cuidado con la flora. Por cierto, que de ella lo más interesante y sorprendente para nosotros son los helechos arborescentes.

Hay un letrero con las prohibiciones y encuentro una nueva para mí: una pareja barrada. Aunque podría significar que no puedes entrar en la isla por parejas, debe ser la “contraseñal” de servicios públicos, así sería no solamente que no hay, sino que tampoco puedes utilizar la isla para ello.

En la cima un horroroso monolito marca el punto donde Cook izó la bandera. Digo “horroroso” y quizás la forma tenga algún sentido. Una lápida explica la gesta y el nombre del “sound”.

Cuando llegamos al puerto lo hace también un transbordador de la compañía “Bluebridge” y es algo grandioso verlo desde allá abajo.

Acabamos el día en un restaurante y en la mesa de al lado se sientan dos parejas de chinos. Les dan la carta, sacan su teléfono e imagino que intentan entender qué pueden comer allí. Marisa oye que dicen “chicken” y yo pienso que qué me pasaría a mí con una carta en chino. Y sin teléfono. Tendré que aprender a decir “pollo” en chino.

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