17. Nueva Zelanda 2017. 27 de septiembre, miércoles. Noveno día de viaje. Picton. Segundo día. Primera parte.

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Hoy ha amanecido un día luminoso, aunque el servicio meteorológico nacional anuncia algún chaparrón.
El desayuno del hotel ha estado bien pero no correspondía exactamente con la descripción de la publicidad. Tendré que repasarla pues quizás no lo entendí bien, pero ha sido una pequeña decepción.

Como parece que estamos solos en la casa, el desayuno también lo hemos tomado solos. Marisa me dice que le recuerda al del hotelito de Nuwara Eliya en Sri Lanka, donde, por cierto, compartíamos el comedor y a veces la mesa con unos australianos.

NB
La foto es de Sri Lanka. ¡Las flores naturales!

Nada más salir del hotel, en la parte más turística de la ciudad una “pintada” en el suelo: “Alcohol free zone”. Me encanta esta lucha contra el botellón. Vaya, espero que no sea solo un deseo.


Si los neozelandeses son capaces de hacerlo ¿por qué nosotros no?

Hoy el día lo vamos a partir en dos actividades. Como por la tarde queremos hacer una excursión en barco lo primero es ir a contratarla. Después vamos a dar un buen paseo a lo largo de la costa.

El turismo de este país funciona muy bien en cuanto a la información que te proporcionan y en concreto en Picton es una maravilla: tienen un mapa con los recorridos a pie desde 10 minutos a más de 2 horas. El problema es que no está hecho a escala y te puedes despistar un poco, pero todos los cruces están muy bien señalizados. Nosotros hemos decidido hacer el que va a la bahía de Bob, “Bob’s Bay”. Se pasa por el puerto donde hay unos yates impresionantes. Ahora estamos fuera de época vacacional y no me imagino como será este pueblecito cuando los propietarios de estos barcos acudan por aquí. Pero ahora está todo muy tranquilo, no se ve un alma y el resultado es una sensación de una gran placidez.

También me ha sorprendido que la media docena de personas con las que nos hemos cruzado durante el recorrido todas nos han saludado con un “Good morning”, o algo que se le parecía. E incluso un señor mayor (vaya, mayor que nosotros) nos ha dicho lo de “Lovely day, isn’t it?”. Esa frase que aprendes en las clases de inglés y que me encantaría poder colocar en alguna circunstancia, pero soy incapaz de hacerlo.

Al escribir lo anterior en el cuaderno me percato de que lo académico hubiese sido “It’s a lovely day, isn’t it?”. Si me vuelve a suceder (lo que no creo que me pase de nuevo en mi vida) se lo corregiré al interpelante: “Te has olvidado del ‘It’s a’”.

Pasamos al lado del “Queen Charlotte Yatch Club”, un bonito edificio de madera. Sencillo, pero con una situación envidiable. Y es que estamos en el “sound” de la reina Carlota.

El comienzo de la pista está señalizado con un poste de madera con el nombre de “Bob’s Bay” y el tiempo previsto del recorrido, así como la indicación de que ese cálculo es solo el de ida; también un muñeco caminando que significa que es una pista para andar y un ciclista barrado que indica lo contrario, o sea que los ciclistas no deben pasar por allí.

¿Has visto tú alguna pista de campo que diga algo así? Me refiero, claro está, a los ciclistas.

 

Y es que hay algunas pistas por donde sí pueden circular, pero no por esta. Aunque hoy por lo menos, quizás por las lluvias de estos días, hubiese sido muy difícil para la bicicletas e incluso peligroso pues se interna en una ladera de esa montaña y está todo cubierto de una vegetación muy densa. Así desde la orilla del mar vas subiendo y luego bajando hasta la famosa playa de Bob.
Por ese peligro te advierten en otro poste que tengas cuidado con los niños a lo largo de los acantilados.

Encontramos durante el paseo unas cajas de madera que imagino son trampas para los roedores.
En este enlace verás la poética explicación de esta asociación que se dedica a cazar ratas.

Son tan previsores que para salvar un pequeño hueco han colocado unas tablas a modo de puentecillo y un letrero te advierte que la máxima capacidad es de dos personas.

Y como en el resto del país que hemos visitado te encuentras bancos de madera para descansar, y como en Wellington algunos con placas dedicadas. Uno está dedicado a “Doug”, que fue quien construyó “con sus manos” esta pista en el monte en 1953. Bueno ese “by hand” imagino que quiere decir que lo hizo sin una retroexcavadora, pero sí que utilizó un pico y una pala, por lo menos.

Lo curioso es que está donado por “Doug y Melva Rodley”. Y parece que sean su familia, por ese “Doug”. ¿Es el apellido del “manitas” (o manazas) o es el diminutivo de “Douglas”?

Te encuentras una pequeña corriente de agua que atraviesa la pista y han hecho una canalización de madera para que no metas el pie y para que el agua no destroce el camino.

Durante el recorrido vemos desde una posición alta como llega el ferry y como maniobra para entrar “de popa”. Seguro que hay una expresión náutica para esta forma de atracar que no sea “entrar de culo”.


Me sorprende como una embarcación tan grande puede moverse con esa precisión sin arrancar todo el muelle, aunque ya sé que ese capitán lo hace todos los días, pues el tráfico de las dos compañías que vienen desde Wellington es constante.

La bahía de Bob es un lugar idílico con una playa de piedras finas y con tres elementos imprescindibles en este país: un letrero donde explica la historia de este lugar, una mesa con bancos para sentarte y un retrete a pesar de lo lejos que está del pueblo. Y aunque no hemos visto ni un papel, ni un plástico, ni una botella, aquí, en este lugar, la puerta de los servicios sí tiene pintadas, aunque en compensación dispone de papel higiénico.


Además los escritos son de carácter casi filosófico, sino juzga por tu mismo en la fotografía. Y el pequeño, que quizás no puedas leer, empieza diciendo “Soy un agnóstico militante…”.

Al regresar me equivoco en un cruce y hacemos 15 minutos de camino inútil: ¡la edad no perdona! Y no me refiero a que me canse más, es que antes no me equivocaba. O no con tanta frecuencia. Así que llegamos a Picton con el tiempo justo para ir a contratar el viaje de mañana.

Ayer en I-Site (el centro de información que hay en todas las ciudades) me hablaron de una excursión por estos “sounds” en un barco que reparte el correo y visto que el tiempo ha mejorado hemos decido hacerla. La señora del centro se llama “Annette”. “¿Es francesa?” “No, soy de las islas Salomón”.
A mí estas cosas me perjudican la salud: es que habría cogido el primer vuelo para visitar estas islas. Hasta ahora ni se me había pasado por la cabeza viajar hasta allí, pero ahora no sé si podré vivir tranquilo sin hacerlo. Por cierto, que me he quedado con las ganas de preguntarle por el gentilicio, pero es que Marisa estaba nerviosa pues aquella “salomónica” (¿será “salomonesa”?) se eternizaba con la petición del viaje y teníamos prisa por llegar a la excursión vespertina. Lo tendré que investigar.

NB
Pues lo encuentro en el RAE y, ¡sorpresa!, es “salomonense”. Que tendré que ir a verlos.

PS

Los pequeños detalles que he referido de mi excursión  matutina solo quieren reflejar el cuidado que tienen en este país por sus ciudadanos y por su naturaleza.  Y es que me resultaba imposible no comparar todo esto con “nuestra naturaleza” y “nuestros conciudadanos”.

Que hubiese llorado.

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