13. Nueva Zelanda 2017. 25 de septiembre, lunes. Séptimo día de viaje. Wellington. Cuarto día.

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Hoy el día pintaba mal y lo hemos salvado por los pelos.
La guía dice de Wellington que es “infamous” (me parece excesivo) por su tiempo, especialmente por sus vientos con fuerza de vendaval que se abren paso a través de la ciudad. Así he aprendido una nueva palabra (nueva para mí) en inglés: “gale”, vendaval.
El servicio meteorológico anuncia hoy “gale” con vientos de 50 km/h, con puntas de 120 en algunos lugares. Y encima con lluvia la mayor parte del día.
Esta mañana nos hemos encontrado en el desayuno con uno de los jóvenes de Tarazona, Fernando, pues su amigo ya había regresado a Sidney. (Expatriados y con pocas vacaciones). Me ha dicho que no ha podido pegar ojo en toda la noche por culpa del viento.
Con toda esa información intentaremos hacer hoy vida cultural. Y a cubierto.

Primero queremos asegurarnos de que los papeles que tengo del billete que compré desde casa para el barco están en regla. Así es, pero me dicen que tenemos que estar antes de las 7 de la mañana, pues, aunque el barco sale a las 8, hacen una facturación tipo avión. Quedas advertido. O sea que tendremos que pegarnos un madrugón, aunque afortunadamente nuestro hotel está a unos 50 metros del embarcadero.

Desde allí nos vamos al parlamento pues hay visitas guiadas cada hora. El viento ha empezado a soplar fuerte, aunque nada comparable con lo que vendrá, y también a llover, aunque nadie va con paraguas y es que el viento les daría la vuelta. La temperatura no es muy baja, unos 14ºC pero que se transforman en unos 9 ó º10 de “sensación térmica”.

Nuestro gozo en un pozo. O, como estamos en tierra anglosajona, “our pleasure inside a well”. Un robusto y amable ujier nos informa que hoy y mañana por trabajos parlamentarios, o sea votaciones y cosas parecidas, las visitas turísticas se suspenden hasta el miércoles.
El portero nos pregunta que de dónde somos: “yo soy de cerca, británico”. Me sorprende, pues la primera vez que un británico se muestra como vecino de España, aunque desde aquí se entiende.
Le digo que por el Brexit estamos ahora más lejos. Me responde que eso a él no le preocupa, porque vive aquí. Como ha sido muy amable no le he respondido que, aunque no le preocupe por él mismo, debería hacerlo por su anciana tía que vive en Surrey (todos los británicos tienen una tía abuela en Surrey), “great-aunt Margaret” o por su primo de Glasgow (casi todos los británicos tienen un primo que vive en Glasgow), “cousin Archibald”. Pero no le dije nada.

Desde el parlamento, atravesando el centro de la ciudad y aprovechando las continuas marquesinas de las calles comerciales, llegamos hasta el “Wellington Museum”.

Está situado en un antiguo edifico de finales del 19 que sirvió como almacén de aduanas. Su nombre en maorí es “Te Waka Huia O Nga Taonga Tuku Iho”, que como imaginas no es una traducción literal, sino que significa “El contenedor de los tesoros ancestrales”. Se trata de mostrar la historia (corta) de esta ciudad haciendo hincapié en su relación con su maravillosa bahía. Si hubiese hecho un buen día quizás no lo habríamos visitado y hubiese sido una pena.

Contiene un montón de artefactos y de paneles descriptivos que nos enseñan como ha ido evolucionando la ciudad. Y una de sus maravillas es una representación holográfica de leyendas maoríes.

Pensando en el viaje de mañana con el ferry con el que atravesaremos el estrecho de Cook me ha impresionado especialmente una zona dedicada al naufragio del Wahine, buque que se hundió en la bahía en 1968 y en el que perecieron 51 pasajeros. La historia, como sucedió el desastre y el que sea en época tan reciente te ponen los pelos de punta. Por si acaso no le he dicho nada a Marisa para no preocuparle más.

Dentro de todo lo que hay dedicado a la navegación un panel explica bajo el epígrafe de “Vida y cultura marítima” una serie de costumbres y creencias de los marinos que te ponen los pelos de punta.
Así que los navíos en las antiguas culturas mediterráneas eran botados sobre cuerpos de esclavos vivos cuya sangre de esta manera “bautizaba la quilla”. No sabía que éramos tan bestias. Esta bárbara costumbre cambió por echar vino y finalmente romper una botella de champán.
También que se consideraba que daba mala suerte llevar mujeres a bordo. Esto procedía de la creencia de que el mar se enfurecía a la vista de una mujer. Pero algunos marineros (estos más vivos, por lo visto) creían que el mar, las olas y los vientos se apaciguaban si aparecía una mujer desnuda entre ellos.
Observación lingüística: este “entre ellos” no sé si hace referencia a los mares y los vientos o a la marinería.
De cualquier forma, esta parece ser la razón de los mascarones de proa con formas de mujer desnuda.

Otra creencia, más extraña todavía, era que llevar la membrana que cubre la cabeza de un bebé en el saco amniótico prevenía del hundimiento. Lo que no sé si se llevaba una por barco o por marinero. Sí que representó una fuente de ingresos importante para las comadronas.

La última es más bonita y de aquí. Los marineros consideraban que matar a los albatros daba mala suerte, pues podían llevar las almas de los que se perdían en el mar. Desgraciadamente para esas maravillosas aves los pasajeros que iban en los barcos cargados de emigrantes hacia Nueva Zelanda no se preocupaban por las almas perdidas y los mataban por diversión.

Lo dicho, merece la pena la visita incluso en un día soleado.

Desde allí nos vamos a la “City Gallery Wellington”, con una estrella en la guía. Te recuerdo que no tiene la típica clasificación de 1 a 3 ó 5 estrellas. Aquí una o ninguna. Pues esta galería una estrella.

Es un lugar espectacular pero dedicado al arte de hoy. Y ese “pero” quiere decir que puedes encontrarte algo fenomenal o algo que no te importaría no haber visto, aunque siempre hay algo, o algún aspecto que puedas salvaguardar.

Ahora hay cuatro grandes exposiciones temporales, una con el lema “Occulture The Dark Arts” es colectiva y te diría que lo que más me ha gustado ha sido el título y sobre todo la palabra Occulture, pero descubro que no es un invento de esta exposición, sino que fue creada y definida por el profesor Christopher Partridge.

Y como te veo muy interesado en el tema te dejo un video de una conferencia de ese profesor explicándolo: “Occulture is Ordinary“.

Otra, como me pasa a veces en el Reina Sofía, no es que me haya dejado indiferente, es que me ha cabreado.
Dice que en los tiempos del Photoshop el autor ha regresado al collage fotográfico. Pues es como si te dijesen que en los tiempos en que obtienes el agua potable del grifo de tu casa te vas a buscarla a un pozo. Esto sería una excentricidad, pero no implica que por ser agua del pozo y por el mayor esfuerzo que tienes que realizar, el agua sea mejor. Que lo más fácil es que fuese insalubre. Total, que para mí una patochada, pues encima no me ha gustado el resultado.


Otra explica “la vergonzosa historia del negocio del azúcar australiano basado en la esclavitud”. Esta por lo menos tenía una obra que me ha parecido ingeniosa, aunque yo nunca la tendría en mi casa: un montón de cráneos apilados en medio de una negra habitación. A Marisa no le ha gustado nada pues le ha recordado los montones de calaveras que vimos en Camboya resultado del genocidio de los jemeres rojos. Aquí la excentricidad estaba en que las calaveras estaban hechas de azúcar y resina. Tenían que ver con una fosa común encontrada en una plantación.

Pero como en el Reina Sofía me sorprende (y molesta) el despilfarro del espacio: un cuadradito de 20×25 cm ocupando una enorme pared él solo. Que encima tampoco era un Durero.

Desde allí a un restaurante malasio que hemos encontrado gracias a la amabilidad de un zapatero remendón: le he preguntado y ha llamado por teléfono al restaurante quienes le han indicado su ubicación exacta.
Comida estupenda.

El viento seguía arreciando así que vamos a acabar de visitar Te Papa. Camino de él aprovechamos para tomar un ”flat white” en el YHA donde afortunadamente la chilena Alexandra está en la recepción y nos hace el mejor café con leche de Wellington.
Vemos tranquilamente la planta que nos queda por ver del museo.

Hay una exposición muy interesante e instructiva sobre los peligros de las especies invasoras. Realmente esta gente se toma muy en serie lo de la protección del medio ambiente y los recursos naturales.

Salimos a la calle y el viento a penas te deja avanzar. Si mañana sigue así el viaje en barco será divertido. Incluso estoy tentado de ir a las oficinas de la naviera para preguntar si saldrá mañana el ferry. Me echa para atrás el pensar que cuando llegue mañana para hacer el embarque dirán: “Vaya, ya está aquí el gallina de ayer”.

Nos refugiamos en el hotel y escritura “a cascoporro”. (Como es una palabra que reciente incorporación -regalo de nuestra amiga Marisa– no sé si estará bien utilizada aquí).

PS
Perdona porque me ponga lírico, pero es que he llevado durante muchos años una sudadera que tiene escrita el comienzo del poema de Baudelaire sobre el albatros, y cuando leo el nombre de esa ave me salta como un resorte el principio de la estrofa:

“Souvent, pour s’amuser, les hommes d’équipage
Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
Qui suivent, indolents compagnons de voyage,
Le navire glissant sur les gouffres amers.”

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