11. Nueva Zelanda 2017. 24 de septiembre, domingo. Sexto día de viaje. Wellington. Tercer día. Primera parte.

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Estoy escribiendo el borrador de esta crónica en el magnífico “salón social cum comedor” y Marisa leyendo en su teléfono las noticias españolas. Esto es muy grande y todo el mundo está cenando, leyendo o charlando suavemente y hasta hay uno que toca calladamente la guitarra (¡toma oxímoron!), pero todo el equilibrio se rompe por una pareja que supongo acaba de conocerse, él en los 60 y ella en los 50. Y digo “acaba” porque hablan demasiado animadamente para ser una “antigua” pareja, sea de amantes o de amigos.

El problema es que ella habla con un inglés clarísimo y una pronunciación cristalina, pero a un volumen que hace imposible concentrarme en esta escritura. Y esto del volumen en algunos angloparlantes es algo bastante frecuente.
Me levanto de la silla y Marisa me dice: “No irás a decirle algo, ¿verdad?”. Pue sí. No sé como se dice que no grite y que no resulte “impolite” y solo se me ocurre decirle que “por favor, reduzca el volumen”. Y debe ser una frase tan extraña en inglés que su pareja de charla (y gritos) se la ha tenido que traducir. Pues encima parece que le ha sentado muy mal. En lugar del típico “I am very sorrry, no me había dado cuenta“, me ha puesto una cara de esas de “idiota, no sé porque lo dices”. O eso que está tan de moda ahora en España, que seguro que lo utiliza algún medio famoso, de “¿Perdona?”, pero no pidiéndote perdón sino todo lo contrario.
Así que solo le he dicho que “seguramente no te has dado cuenta, pero con ese volumen de tu voz no se puede leer, ni escribir”. Y todavía le ha gustado menos. Pero primero ha bajado la voz y enseguida se ha marchado. Ha debido decirle a su compañero de charla: “Pues si no puedo expresarme como quiero me voy de aquí”.
Podría acabar como el clásico “miró al soslayo, fuese y no hubo nada”. Pero no era Cervantes.

Pues este ha sido el mayor acontecimiento de hoy, que ha resultado ser un día tranquilo y sin ninguna historia excepto un par de encuentros.

El primero durante el desayuno en este mismo salón donde estoy ahora. Oigo a un par de jóvenes hablar en castellano y les pregunto por su origen: de Tarazona. Juan y Jesús. El primero trabaja en Sídney y el segundo ha venido a verle y luego han visitado Nueva Zelanda. Además Jesús escribe en un blog de viajes.
De Juan he aprendido una situación que llamaré “el dilema del expatriado”. Porque tú conoces a alguien como él, que siendo joven trabaja en Sídney, o en Honolulú y piensas que “¡Cuánto podrá viajar este muchacho y cuántos y lejanos países podrá visitar!”. Pues no, porque Juan tiene 22 días de vacaciones, pero en ese periodo tiene que decidir si regresa a España o se va a recorrer mundo. Y quizás un joven de cultura anglosajona hace lo segundo como muestran las pelis en las que una joven visita a sus padres una vez cada 5 años, y es normal, pero Juan, de cultura hispana, o quizás mediterránea, no puede dejar de ver a su familia, a sus amigos del alma y a comer el ternasco turiasonense que tanto le gusta.
Vaya, “el dilema del expatriado”. (Famoso a partir de ahora).

Hoy todavía anuncian buen tiempo así que nos vamos a dar una vuelta por el paseo marítimo y a visitar un par de mercados que recomienda la guía.

Se nota el día que es, domingo, por la cantidad de familias jóvenes con niños. Hasta Marisa se queda sorprendida con esta pregunta: “¿Serán muy familiares los neozelandeses?”.

Vemos una larga canoa con remeros al estilo de las islas del Pacífico, o sea remando hacia adelante y con los remos acabados en punta.

La canoa también parece de estilo tradicional y lo más sorprendente en este entrenamiento es que dan gritos como parece que hacen los del rugby de este país y mueven los remos de forma ceremonial. Vaya, creo que es un entrenamiento, o quizás mejor un aprendizaje, pues en este ballet de los remos algunos lo hacen muy descompasados. Pero no son maoríes, o no todos, pues el timonel es rubio.

Luego la otra sorpresa es un grupo de chicas jóvenes que se meten en el mar al lado del paseo y es que hay una sauna en una especie de contenedor y salen de allí, pues aunque hace buen día no tenemos más de 14 ó 15ºC.

La guía recomienda que se visite el “City Market”, que tiene lugar solo las mañanas del domingo y en un edificio que merece la pena solo por él. No damos con el lugar y le pregunto a una joven que está desencadenando su bicicleta. No solo ha sido amable, sino que “muy amable”. Ha estado en Barcelona y le encanta España. (¿Cuánto tiempo más se podrá decir esta frase?). No he logrado entender si lo que le gustaba mucho era el champán o es que ha trabajado en una “champanería”. Peor todavía, porque he entendido primero por “champanería“ la zona del Penedés en inglés: “Champan area”. Al fin nos ha señalado el lugar del mercado, pero no conocía nada de ese aspecto.

Más tarde hemos oído a una pareja que iba a comprar pescado hablar en castellano. “¿Sois españoles?”. Ella contesta alegremente que sí, aunque es lituana y él de Valencia. Y a ella no le gusta nada vivir aquí. Nos sorprende pues nos parece Wellington una hermosa ciudad. Y es que tiene todo lo que necesitas: es limpia, tranquila, parece que con una gran vida cultural, un mar precioso, más bancos que ninguna otra ciudad que hayamos visitado, servicios públicos muy limpios y abundantes,… Pues la lituana dice que no, que aquí no hay estaciones, que siempre están a 14ºC (creo que no es verdad) y que en España se come mejor. Bueno eso creo que lo ha dicho el valenciano.


Sobre la compra de pescado hemos comprobado que es una “pose”. Vaya, no la compra sino la venta, o eso me ha parecido. Lo venden en una especie de yate amarrado al paseo. ¿De verdad pueden pescar con esa embarcación? He vivido muchos años en una ciudad con puerto pesquero y he visitado muchos otros puertos y es la primera vez que veo algo así. Para mí que lo compran en “Mercawellington” y luego lo venden con ese decorado.
Llegamos tras mucho preguntar al City Market y allí no hay nada, ni siquiera se puede entrar en el edificio. Parece que antes si había un mercado los domingos, pero hace años que no. Falta de actualización de la guía. A pesar de que la nuestra es la última edición, septiembre 2016.
En el paseo hay un curioso montaje con tres grandes letras en rojo, “WOW”, donde el personal se fotografía y esta mañana hay una cola para ello.

Creo que puedes enviar la foto a una dirección de internet y entras en un sorteo, o algo así.

Encuentro una curiosa prohibición o mejor una “permisión”: “Están permitidos los perros sin correa del 1 de mayo al 31 de octubre”. Así que prohibidos llevarlos sueltos en verano y permitidos en invierno. Desde luego vemos bastantes (aunque muchos menos que en España) propietarios de canes paseando con ellos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En un trozo del paseo, en una valla anexa a una carretera hay un bonito mural, el “Oriental Bay Seascape Mural”, de la desconocida artista, para mí, Ellen Coup.

Aprovechan la explicación artística para lanzar un mensaje conservacionista. Si esta gente viese el Mediterráneo se morirían: no he visto en mi vida unas aguas tan trasparentes en un puerto.

Otro mensaje en el suelo, “Nobody’s Faster Than Disaster”, en un lugar donde hay muchas casetas de vela ligera o de tablas de surf. Intentan que el personal utilice los chalecos salvavidas. Pero lo que más me sorprende este entorno es la ausencia de pintadas. ¿Cuánto tiempo duraría en España (y seguramente en otros muchos países) un mural así que tiene 30 ó 40 metros de largo? Y lo mismo en los 50 metros de casetas a lado del mar: pintadas de blanco e inmaculadas; aunque tengo que volver a escribir que este país no es Japón, ni tampoco Corea, pues sí he oído a unos jóvenes hablar “a un alto volumen” en un museo y algún otro comportamiento semejante.

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