9. Nueva Zelanda 2017. 23 de septiembre, sábado. Quinto día de viaje. Wellington. Segundo día. Primera parte.

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Como la previsión meteorológica es al empeoramiento a partir de mañana, hemos decidido cambiar nuestros planes y adelantar para hoy la visita el jardín botánico.
A este lugar la guía le da una estrella. Ya sabes que solo hay una o ninguna, que no es como lo de Michelin.


Dice de él que está en un terreno con colinas, que tiene 25 ha y que se puede llegar casi sin esfuerzo con el “Wellington Cable Car”. Y ese “casi” lo escriben en bastardilla. Y que de todas maneras hay varias entradas ocultas entre las colinas. Y tras enumerar algunas de las cosas que puedes ver allí acaba diciendo que si lo visitas tendrás un día estupendo al aire libre.

NB
¿Sabías que si en lugar de escribir “ha” como símbolo de “hectárea” lo haces con “Ha” lo que has escrito es el símbolo del “hahnio”?
¿Qué tampoco sabes que es el hahnio? Pues eso ya es más grave. Te lo simplifico: el hahnio se llama realmente ahora dubnio. Mucho más claro, ¿no? Aunque también se llamó Nielsbohrio y después unnilpentio. No me extraña que anduvieses (o andases) perdido.

Preguntamos en la recepción del hotel el mejor camino para llegar al teleférico y un joven cliente nos dice que es mejor ir andado. Así que en una sola palabra como “sal a la derecha, sigue recto, la tercera a la izquierda y luego la segunda a la derecha” nos explica el camino a seguir. Lo dicho, que me ha sonado como una sola palabra por lo rápido y sin cesuras con que ha pronunciado el recorrido. Le he dicho que gracias, pero que si me lo podía explicar más despacio. Así ha hecho, pero si antes iba a 2500 palabras por minuto ahora ha bajado a 2437, que es más lento pero insuficiente para mi inglés neozelandés. Si le he entendido que estaba tan cerca que no era necesario coger el teleférico. Así que con un mapa del hotel nos hemos lanzado en su busca.

Pasamos por delante de “la colmena”, extraña edificación sobre la que volveré otro día, y también por el Parlamento.

 

Es sábado y se nota en la falta de personal que hay por esa zona imagino que llena de funcionarios otros días.

Al lado hay un par de centros religiosos; uno católico y otro la sede de la diócesis anglicana con su catedral de San Pablo. En un recinto delante de este último hay un mercadillo bastante pequeño de productos orgánicos y con este anuncio en la calle: “Mercado de los agricultores. Sábado por la mañana llueva o luzca el sol”.

NB.
Traduzco libremente el final del letrero “rain or shine” como ese “llueva o luzca el sol”, pero resulta que es una frase hecha con un traducción mucho más bonita: “así caigan chuzos de punta”.
¿Cómo explicarle a un anglófono qué es un “chuzo” y como pueden llover? No te digo nada a un traductor automático o a un querido robot chino. Ya sabes, los robots que me leen. E incluso a un español menor de 60 años. ¿Alguno de mis lectores ha visto un chuzo fuera de un museo? O mejor, ¿a un sereno llevando uno?

Es un ambiente de sábado burgués donde la poca clientela mira, charla y me parece que no compra demasiado.

Después pasamos por calles elegantes con casitas de madera y preguntado media docena de veces llegamos “fácilmente” a la entrada principal del “Wellington Botanic Garden”.

Jardín botánico.
Aquello es una fiesta: el día magnífico, hay flores mil y la gente pasea feliz (como San Macario) entre los jardines y los niños. Y se hacen fotografías, aunque nada comparable a la fiebre fotográfica de Corea o Japón. Me percato que pocos llevan “palos autorretratadores”, muy pocos cámaras réflex y ninguno una de alta gama excepto uno que era yerno o quizás profesional que retrataba a dos señoras orientales que además portaban un gran bolso con atrezo para ir cambiando los “complementos”.

En el folleto del jardín dice que se estableció en 1869 (que eso en Europa sería como en el siglo IV) y que se plantaron especies de coníferas siguiendo un programa para estudiar qué plantas podrían tener un potencial económico para la nueva colonia británica. ¡Esos colonialistas siempre tan idealistas, no como los “conquistadores” españoles!

El ayuntamiento de la ciudad lo ha gestionado desde 1881 creando el “Lady Norwood Rose Garden”, la “Begonia House” y el “Treehouse Visitors Centre”. A lo largo del recorrido visitaremos los tres lugares.

La primera sorpresa, que ya no lo es en este país, es encontrar unos lavabos. ¿Si en este recinto hay 5 lugares con servicios públicos teniendo 25 ha, cuántos debería tener el Retiro madrileño con casi 120 ha? Pues aritméticamente 24. ¿Cuántos tiene? De 5 a ninguno, dependiendo de si están abiertos o no.

La segunda sorpresa son los miles de tulipanes que te reciben en la entrada. Ya sé que no siempre será así, pero hoy sí lo es. Una maravilla.

Otra cosa que me encantó fueron las dedicatorias que tenían algunos bancos en los que una placa de bronce recordaba el nombre del benefactor.

Uno de ellos estaba dedicado “A la querida memoria de Joyce Margaret Lavender, QSO, a quien le gustaba pasear por estos jardines”. No me importaría nada que pusiesen algo así mis seres queridos en alguno de los lugares que más me gustan, pero, ¿cuánto tiempo durarían en España? ¿Y sin pintadas? Quizás el bronce 15 días, inmaculado el banco 15 minutos. Si en nuestra casa han robado varias veces los pomos de la puerta de la calle, imagínate esos cacos con ese botín tan fácil de adquirir, pues hoy había mucha gente, pero en otros momentos del año seguro que estará medio vacío.

QSO.
Te imagino ansioso por saber el significado de esta sigla: Queen’s Service Order. Orden real establecida por la reina Isabel II para reconocer los servicios prestados por una persona a la comunidad o a la Corona.
Te dejo el enlace por si eres realista.

Llegamos al llamado “estanque del pato”, aunque en castellano se llamaría mejor “de los patos”, pero allí solo ponía “Duck pond”.

Ya sabes lo que me gustan y sorprenden los letreros con información nueva o ingeniosa. Aquí uno explicaba las normas de como “Feed the ducks”.
“A los patos les gusta el maíz, así que coge un sobre por persona y observa como se alimentan con ellos.
También comen gusanos, caracoles, hierbas y otros granos. Por favor no abuses del pan, puede hacer que enfermen, además el que no se comen atrae a las ratas”
.
Y también las horas cuando puedes coger bolsas de maíz gratuitas en un lugar del parque.
En mi pueblo hay unos cuantos patos debajo de un puente y no hay ningún aviso sobre su alimentación, pero les echan barras y barras de pan enteras que creo que lo deben tener aborrecido las pobres anátidas.
Aquí solo una anciana señora echa pan, pero solo unos 57 gr en porciones de 2 gr, que se comen sobre todo las astutas palomas.

En este estanque había dos patas con su cría de patitos. (Para los del PSOE, IU, Podemos y regionalistas de regiones históricas: patitos y patitas). Pues bien, no sé el porqué, quizás porque una de las crías se había equivocado de mamá o por otra causa, una pata madre invadió el territorio de la otra y presenciamos una cruel batalla entre las dos mamás. Algo terrible. Se cogieron ambas el cuello con su pico (vaya, con el pico de la otra) y así estuvieron hasta que una, la invasora, se rindió y se fue echando leches. Parece mentira, pero fue bastante brutal.

Una observación sobre el comportamiento de estos (o quizás de todos) patos.
Tienen un marcado dimorfismo sexual y así me percato de que los únicos que se preocupan de la prole son las patas. Vaya, como siempre.

En la invasión del territorio las que se han emprendido han sido ellas mientras ellos paseaban elegantemente por el pequeño estanque.

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