7. Nueva Zelanda 2017. 22 de septiembre, viernes. Cuarto día de viaje. Wellington. Primer día. Primera parte.

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La primera y agradable sorpresa es que a pesar de la diferencia horaria y del viaje de estos dos días pasados el cuerpo está respondiendo bastante bien, sobre todo teniendo en cuenta que hace 15 días casi no podía andar y hace 20 sin casi.

 

 

NB

Espero que entendáis que esta foto es una “licencia poética” y que no somos nosotros sino dos jóvenes wellingtonianas.

Este hotel tiene una situación privilegiada para nosotros: al lado de la estación de ferrocarril, al lado de la parada de autobús de Intercity y al lado de la terminal del ferry que nos llevará a la Isla del Sur. Además, en el interior de la estación hay un buen supermercado que nos permitirá comprar todos los días.
Así que nos lanzamos a la dura vida del turista.
Hemos decidido dejar la visita al jardín botánico para mañana pues anuncian mejor día y dejar el recorrido cultural para el final de nuestra estancia pues para entonces las previsiones indican mal tiempo.
Empezamos haciendo un recorrido que recomienda la guía aquí, como en otras grandes ciudades, y que te lleva por sitios que por sí solos quizás no mereciesen la pena, pero sí si te los encuentras en el trayecto.

El primer hallazgo no tiene que ver con el turismo sino con la conciencia conservacionista: un contenedor de obras, pero para los restos de madera.

El segundo hallazgo es en el paseo marítimo: un letrero en el suelo advierte a los ciclistas que tengan cuidado con los pingüinos. ¡Los pingüinos! Me queda la duda de si realmente hay es tipo de animales o es que aquí llaman cariñosamente “pingüinos” a los niños pequeños. En ambos casos me parece un excelente aviso pues este paseo al lado del mar es algo muy especial y siempre hay viandantes, corredores y ciclistas.

Otro. Unos grandes caparazones de erizo hechos de cemento como protector rompeolas. ¿Cómo no se les ha ocurrido antes a las diferentes autoridades portuarias? Quizás estén como “marca registrada” y no se puedan copiar, porque son una preciosidad.

Nosotros estamos acostumbrados a que los paseos marítimos, especialmente los mediterráneos, sean amplias avenidas al lado de la playa y bordeados de palmeras. Este discurre en buena parte al lado del mar, pero de lo que era el puerto y entre antiguos almacenes ahora reconvertidos en cafeterías, restaurantes y algún negocio. Por eso no sé si se le considera un “paseo marítimo” o más bien un “recorrido al lado del mar”. La parte antigua del puerto se ha conservado bastante bien con el detalle “pop” de pintar los norayes de amarillo e incluso alguno de rosa.


Pero es que hasta los de madera que están casi acabados son terriblemente fotogénicos. Creo que los han conservado por pura decoración.

Y tan sorprendente como todo lo anterior un piano en el paseo al lado del mar con la inscripción de “Play Me”. No sé si el personal se lanzará a interpretar alguna melodía aunque imagino que muy afinado no estará en aquel ambiente. Me ha recordado los pianos que encontramos en algunos sitios de Corea.

En nuestro paseo no hemos visto ningún pingüino, pero sí nos hemos topado con el cormorán más feo del país.

Dando la espalda a tierra, o sea enfrentándose al mar, hay una curiosa escultura de hierro de un señor desnudo que parece que se va a echar a nadar. Se titula “Solace in the wind”. Algo notable ciertamente.

“Solace in the wind”

Esta gente no tiene muchos intelectuales famosos en su historia, pero los que tiene los difunden en este paseo con inscripciones de frases de ellos en grandes losas de granito, como por ejemplo de Katherine Mansfield. Debajo de su nombre hay cuatro palabras para definirla: “Short story writer poet”. Tengo que reconocer que hasta su descubrimiento en el paseo de Wellington no la conocía, pero si lees su biografía te quedas maravillado que viviendo solamente 35 años hubiese podido llevar la vida que llevó.

Una gran lápida reproduce una parte del cuento “El viento sopla”, “The Wind Blows”:
“…the wind is so strong that they have to fight their way through it, rocking like two old drunkards.” ( el viento es tan fuerte que tienen que luchar para volver, tambaleándose como dos borrachos.)

En este paseo te encuentras con una fotogénica grúa de curioso nombre, por lo menos para una grúa, que parece de espía, “Hikitia”, de la que dicen que es la más antigua del mundo funcionando encima de un barco. Lo de más antigua puede que sea verdad, pero lo de “funcionando” ya me resulta más difícil de creer.

Encontramos la primera muestra de grafiti y es realmente notable.

Otro extraño homenaje es el dedicado a las industrias del cine y de la televisión en forma de una escultura que representa un extraño trípode y que se llama así, “Tripod”. Cerca de allí encontramos a una pareja realizando esa actividad tan anglosajona y que a los mediterráneos parece que nos da vergüenza: comer un bocadillo (o similar) sentados en un parque público.

Cerca de ellos, en un estanque, quizás esperando los restos de la comida, están unas bonitas gaviotas. A mí, después de las palomas, son las aves que menos me gustan por su comportamiento, pero estas son realmente bonitas.

Por si te interesa el tema estas se llaman “gaviota pico rojo” o “red-billed gull” y es típica de este país.

Llegamos a la calle Cuba, lugar donde parece que se concentra el ambiente de bares y restaurantes, lo que ayuda el tener un trozo convertida en peatonal. En esta calle una tienda de material militar con un curioso reclamo: “Nada de lo que necesitas, pero todo de lo que quieres”.
La única nota española la proporciona un restaurante llamado “El Matador” donde un torero está “rematando la faena con el capote” con un enorme toro encima de una marquesina. Un anuncio de “Estrella Damm” corona el lance.

El recorrido urbano recomendado se termina en una escultura titulada “Subject to change”, donde una docena de sintecho se han apoderado de un jardín al lado de esa obra de difícil comprensión.

Acabamos en un restaurante que recomienda la guía de “fish & chip”. No soy un habitual de este tipo de establecimientos y quizás lo que escribo es general a todos, pero en este seleccionas primero el pescado entre media docena de ellos; después el tipo de rebozado entre cuatro, luego la salsa entre media docena y finalmente el tipo de patata entre media docena.

Además descubrimos los mejillones verdes. No, no es que sean verdes, es que tiene la parte más exterior de la concha de ese color. Es una especie típica neozelandesa, “Perna canaliculus”, diferente del nuestro, “Mytilus galloprovincialis”. Muy buenos.

La mayoría de clientes se llevan la comida pero nosotros nos quedamos en aquel recinto. Francamente bien.

Vamos a acabar el día en un museo y al pasar por delante de un establecimiento de la “Youth Hostels Association”, YHA, entramos para ver como es y el ambiente, dado que vamos a utilizar sus alojamientos a lo largo del viaje.
En la recepción está Alexandra, una joven chilena-suiza, quien nos hace el mejor café con leche de Nueva Zelanda. Así me entero que es una especialidad  que se llama “flat white”. Un letrero te informa que es un café con leche especial que solo se hace aquí, en este país.

Camino de la gran atracción cultural de la ciudad, el museo “Te Papa”, encontramos otro grafito que es una obra de arte. ¿Será un país de grafiteros artistas?

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