5. Nueva Zelanda 2017. 21 de septiembre, jueves. Tercer día de viaje. De Auckland a Wellington. Primera parte.

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El aeropuerto de Auckland, del que desconozco el nombre, es sencillo y funcional.
Nos enfrentamos al terrible paso de frontera y aduana del que tanto advierten las informaciones de este país. Resultado: como el aeropuerto, sencillo y funcional el trámite, pero no te perdonan una.

 

 

 

 

El paso fronterizo.
Primera sorpresa: la amabilidad de la policía-controladora: “How are you?”. Contrasta con el policía nacional que nos examinó el pasaporte en Madrid que no dijo ni un seco “hola”. Claro que estaba charlando con el compañero de otra garita y eso era entonces lo más importante. Pues la neozelandesa, simpática y amable.
Recogemos las maletas que salen raudas y veloces y vas al control de aduanas con el formulario que has rellenado: la misma amabilidad. Pero no se ha saltado ni un punto a pesar de nuestro aspecto inofensivo. “¿Cuándo ha marcado esto qué quería decir?” “¿Esta comida que dice que lleva qué es?”. Era mi ración de turrón de alicante. Y así punto por punto que había marcado, porque es mejor que declares todo y que decidan que no puedes entrar con ello en el país, que no declares algo y te cojan in fraganti. Así hemos visto a 3 ó 4 en un lugar donde estaban pagando las multas. Y finalmente la pregunta definitiva: “¿No llevan fruta fresca? ¿Manzanas, plátanos, naranjas…?”. No sé si insisten en esas frutas por el peligro de posibles plagas o en función del país de origen seleccionan las frutas de las preguntas.
Y cuando crees que ya estás a salvo, y antes de salir, un último control del equipaje, maletas y bolsos, y mochilas de mano con escáneres. Y entonces es cuando te pillan con la caja de acerollas. Y el problema es explicarle a aquel probo funcionario qué es ese fruto y que no puedes viajar sin él. Porque además tiene que estar muy maduro, pues cuando yo era niño nos decían que si te comías una acerolla verde te transformabas en chica. Ni idea de lo que les decían a ellas.
Por si se te ha olvidado, Labordeta, el querido Labordeta, cantaba una canción sobre ellas: “No cojas las acerollas”.

Llegamos por fin fuera de la zona de control y allí te encuentras a todos los que esperan a sus seres queridos. Y a diferencia de nuestros aeropuertos en los que están todos detrás de una frágil barrera esperando ansiosos, aquí han colocado unas filas de cómodos sillones donde se encuentran los “esperandos”.


Cuando utilizo un gerundio así siempre aparece en mi mente el “in vigilando” de nuestra sublime Doña Esperanza, Grande de España, y me pregunto que dónde estará estos días tan convulsos de la historia y de la política española. ¿Se habrá realizado una operación de cirugía estética de esas que obligan a los pacientes a estar una larga temporada alejada de su público? O quizás sea una operación de cirugía política y resurge como el penúltimo fichaje de Podemos. Ya tienen a un general y si fichan a una marquesa solo les quedaría por fichar a un cura, aunque dado su amplio espectro político es posible que ya lo tengan. Y así como había una “Duquesa Roja”, ahora habría una “Marquesa Roja” o por lo menos “Marquesa Morada” que , por supuesto, pertenecería al “Círculo de Serrano” o quizás al del “Agentes de Movilidad de Madrid” donde es muy apreciada. En resumen, que me gustaría saber de su silencio, porque no creo que sea un caso de ostracismo político, que en el PP madrileño es muy poco habitual ese molusco.

Una agradable sorpresa al llegar al aeropuerto ha sido que además de encontrar los habituales letreros indicativos en inglés también estaban en castellano. Y los mismo los avisos por megafonía. ¿Tantos venimos?
Y me pregunto si los regionalistas de las regiones que dicen ser históricas se harán los despistados y como que no entienden el mensaje de “el vuelo 234 de Air New Zealands sale por la puerta 19”. Porque puedes odiar una bandera, aunque sea una de las estupideces más grandes que se puede hacer en la vida habiendo tantas cosas a las que odiar como “el desorden y el pecado”, como inculcaba a sus hijos el editor de este blog, e incluso odiar la pornografía o el queso de cabra y hasta el TCP/IP, pero ¿una bandera?
Bueno ya me he ido: vale, se puede odiar a una bandera, pero ¿cómo educas a tu oído para dejar de entender algo que llevas toda la vida entendiendo? Lo cojonudo sería que para mostrar tu desapego español después de ese mensaje te fueses a otra puerta: “¡Me voy a la 37 y que se jodan!”.

En una de las salas del aeropuerto una gran escultura que me parece de cartón piedra, aunque quizás sea de algo precioso como la kriptonita, pues es de un guerrero como de ciencia ficción con un extraño letrero que no logro entender: “Préstamo de la tierra de En medio. No tocar”. Y ese “En medio” con mayúscula.

En lugar de quedarnos unos días en Auckland y dado que hoy estaremos medio atontados por el vuelo y la diferencia horaria hemos decidido quemar esta etapa y dejar esta ciudad para el final. De esta manera nos marcharemos esta misma mañana a Wellington.
Llegamos a las 4 y media y salimos a las 7 y media, pero es que entre fronteras, aduanas y saber desde donde sale el autobús la espera ha sido corta.
Hay una compañía de autobuses, Intercity, que tiene transporte por casi todo el país, y es con ella con quienes hemos sacado casi todos los trayectos de autobús pues además tienen una web estupenda.
El viaje de hoy será: un autobús del aeropuerto a una parada en un centro comercial en la periferia de Auckland, Manukau, y desde allí otro a Wellington. El primer trayecto 40 minutos y el segundo 11 horas.
Por si vienes a este aeropuerto hay compañías que te llevan al centro de Auckland y con mucha más frecuencia que la nuestra, pero esta tiene la ventaja de que puedes ir a otras ciudades sin pasar por el centro de Auckland.
El mismo conductor del primer bus nos recomienda que durante la espera podemos desayunar en el centro comercial, que es más bien de restaurantes, lo que llaman una “food court”, pero que ahora está casi todo cerrado. Solo está abierto un McDonald y un par similares. Nos tomamos un café con leche y ya empezamos a ver las diferencias de precios con los nuestros: 3,2$, unos 2€, cuando en Madrid te cuesta 1€ en esa misma cadena.
En ese entorno ya estamos en la Nueva Zelanda de verdad (los aeropuertos siempre tienen una fauna un poco falsa en relación al país) y nos sorprende la cantidad de gordos que hay. Espero que Marisa esta vez no me reprenda por escribir sobre los gordos (y las gordas que dirían los del PSOE, Podemos y la extinta IU), pues me temo que en este viaje no va a ser posible obviarlo.
Ya lo habíamos visto en el aeropuerto al llegar, pero allí podía haber gentes de otros países pero aquí no. Destacan los de aspecto “pacífico” que suelen ser verdaderos tanques y tanquetas.
Pues bien, no eran las 9 de la mañana y el personal se echaba encima unos desayunos que te hacían comprender el porqué de su volumen.
Se acerca la hora de la salida y nos vamos a la marquesina de la parada. Allí media docena de “pacíficas”, todas obesas, pero obesas, obesas.
Yo digo “pacíficos” pero es que no sé cómo llamar a los naturales de las islas del Pacífico que colonizaron Nueva Zelanda y que imagino que siguen llegando aquí ahora como emigrantes. Quizás los neozelandeses les llamen “isleños”, pero para un peninsular como yo lo de “isleños” suena a uno de Fuerteventura o de Ibiza, aunque cuando era un adolescente y leía a Verne y a Salgari (mis dos principales fuentes de formación, más , creo, que los padres escolapios), los “isleños” siempre eran de los Mares del Sur.

NB
Dispuesto a salir de dudas busco en los mapas de Google y veo que estas islas que están al norte de este país pueden ser de Melanesia y también de Polinesia. ¿Cómo llamarlos en su conjunto? Creo que los seguiré llamando “pacíficos” y así mis lectores sabrán que me refiero igual a los de Salomón, melanesios, que a los de Tonga, polinesios.

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