12. Día 8. Chipre 2018. 8 de octubre, domingo. Sexto día de viaje. Salamis y Famagusta. Y alfombras. Primera parte.

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La ruta de hoy según el folleto de la agencia de viajes era “Visita a las ruinas romanas y helenísticas de Salamina. Almuerzo en restaurante. Por la tarde, parada para ver las alfombras típicas del país. Llegada y visita a Famagusta y su casco antiguo, con entrada a la Catedral de San Nicolás.”

Cuando hagas un recorrido así no se te ocurra aceptar lo de las alfombras, pero no nos podíamos quejar porque estaba en el folleto oficial y ha sido una cosa inútil que además ha influido en el corto tiempo dedicado a Famagusta. Y encima hoy hemos tenido el docudrama que muchas veces ocurre en este tipo de viajes: explota una situación que a veces se ve venir y otras, como hoy, surge de algo que venía incubándose, pero que la mayoría no habíamos previsto.
Hay un viajero que es un tipo especial: en su comportamiento, en su forma de vestir y en sus comentarios. Mantiene una extraña relación con el guía y este le hace a veces bromas y él responde como si le gustasen, pero parece que no le gustaban y hoy visitando unas ruinas ha respondido con bastante violencia a una de ellas cuando el guía se ha marchado. Incluso nos ha acusado a los “castellanos” (no sé si a nosotros dos nos incluía en ese denostado grupo) por los tópicos sobre los catalanes. Porque esa es otra de las cosas extrañas: es un viaje patrocinado por la Comunidad de Madrid aunque él vive en Barcelona. Realmente en las condiciones no dice nada sobre la vecindad de los solicitantes del viaje.
Total que el ambiente se ha hecho muy turbio: siempre hay algún grupo que está en contra del guía y estos, o más bien “estas”, se han apresurado a apoyar al ofendido. Luego este ha puesto verde al guía delante de todos. La cosa ha acabado pidiendo perdón el guía en el autobús, tras lo cual pensábamos que el ofendido pasajero iba a responder de la misma manera, pero ha callado. Fin de la historia y del buen rollo que hasta entonces había entre el guía y el pasaje.
Camino de Famagusta paramos en la iglesia del Apóstol San Bernabé.


La iglesia original del año 477, fue destruida durante las incursiones árabes del siglo VII y solo quedan de ellas algunos pocos vestigios. La actual data de 1750 y ha perdido su carácter religioso convirtiéndose en un museo de iconos, aunque muchos de ellos son recientes. Según el guía cuando los monjes que todavía estaban aquí se fueron al sur de la isla se llevaron los originales.
Aquí te dejo al famoso San Auxentio.


Yo a estos iconos los encuentro muy graciosos, especialmente a un “Pentecostés”


y un par de “Ultima Cena“, “The Lord’s Supper”, como indica su letrero.


Una de estas a pesar de ser de 1957 parece un trabajo de escuela primaria. La otra tiene a todos los apóstoles de pie como no queriendo cenar, excepto a un afeminado Juan y a un traidor Judas. Por cierto, observa la mano con una navaja que está detrás de él (¿San Pedro?): no he visto una posición más forzada en mi vida.


Para compensar un San Jorge del siglo XIX (no se llevaron todos los iconos los monjes cleptómanos) que no me cansaría de mirar: un caballo con cara de jirafa, un enano en su grupa, un guapo San Jorge y unos medallones rodeando el cuadro de santos mártires, que dado mi desconocimiento del griego y de la hagiografía ortodoxa soy incapaz de identificar.


A estos ortodoxos les encanta pintar a San Jorge y aquí lo encuentras de varias maneras aunque por supuesto en todas alanceando al malvado dragón.
El único santo que rivaliza con él suele ser el arcángel San Miguel.
Y finalmente un muy interesante iconostasio donde podrías pasar la mañana si algún experto te pudiese explicar cuadro por cuadro.


También hay un pequeño museo especialmente de cerámica y ahora una exposición temporal de piezas de terracota.


Muy cerca del monasterio hay una pequeña capilla donde está la tumba de San Bernabé construida en el lugar donde se dice que se encontró su cuerpo.


Desde la iglesia nos vamos a visitar Salamis, que en algunas informaciones aparece también como Salamina, y es que según la guía fue fundada por el hijo de un rey de Salamina, la de Grecia, la de la batalla famosa entre griegos y persas, y también de la novela de Cercás. Así que la de hoy es “la otra Salamina”.


Lo que queda son unos restos de la floreciente ciudad de más de 3000 años. Siguió los vaivenes de la historia de Chipre, ya sabes, guerras, imperios, construcción y destrucción, hasta que llegaron los romanos y volvió a prosperar de nuevo como una colonia de su imperio. Y fue llamada Constantia. Más tarde llegaron los ataques de los árabes en los siglos VII y VIII, la bahía se hizo inutilizable y la ciudad fue abandonada. Finalmente sus monumentos sirvieron de cantera para Famagusta, como ha ocurrido en muchas otras situaciones semejantes.


Así te paseas en lo que imaginas fue una gran ciudad griega y romana, con unas muy interesantes estancias de lo que fueron baños, una serie de columnas demarcando lo que fue el “gimnasio”, y acabando con un gran teatro donde cabían 15.000 espectadores.


De las ruinas y la bronca nos vamos a las alfombras. Parece que están en la “Zona Franca” de Famagusta aunque no he logrado entender si era “Franca”, pero sí que por esa circunstancia eran más baratas y las podrían enviar a España sin problemas. Primero una ilustración de cómo se tejían. Allí una señora con aspecto de turca, turca, y una joven rubia, nada turca, nos hacen una breve demostración.


Si realmente fuera así cada centímetro de alfombra debería costar como un bocadillo de trufas negras de Sarrión con anchoas de Santoña. También una explicación de los diferentes materiales y de cómo se obtiene la seda de los capullos. Luego la típica exhibición de las alfombras que si no has visto ninguna es interesante por el aspecto un tanto cirquense dado el modo en que los empleados las enseñan.


Y como estamos en Turquía, perdón en Chipre, te dan a elegir entre té negro y té de manzana. Y es un fenómeno que siempre me sorprende: la mayoría elige el de manzana. En una ocasión en Turquía me lo ofrecieron en una tienda y le pregunté al vendedor si él lo tomaba: su respuesta fue una especie de “¡Por supuesto que no!”. Solo le faltaba que me hubiese contestado: “¿Pero por quién me toma usted?”. Porque no lo he visto beber nunca a ningún turco, aunque quizás lo hagan cuando nadie les ve.


Resultado: nadie compró ninguna alfombra.

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