58. Corea 2017. 11 de abril, martes. Trigésimo día de viaje. Seúl, día séptimo. Tercera parte.

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He leído en la guía que a las 3 de la tarde hay una demostración de artes marciales en el palacio de Hwaseong Haenggung e imagino que será en plan teatral como los cambios de guardia que hemos visto y se nos ha hecho un poco tarde, así que cambiamos un posible estupendo restaurante que recomienda la guía y nos apresuramos a comer en uno “popular”. De nuevo encuentro el armario “desinfectante” de los vasos de agua. ¡Qué buen invento!


Y comida sana y nutritiva con el inevitable “kimchi” que, como siempre, pica como un demonio.


Partimos raudos y veloces al cercano palacio para encontrarnos con la sorpresa de que hoy no hay tal evento así que visitamos el recinto.
Lo primero que te encuentras es un magnífico árbol, un zelkova, madera que descubrí en mi viaje a Japón del 2008 y que luego en el de la primavera del 2016, también a Japón, me enteré que ese nombre deriva del georgiano “dzelkva” y luego vi finalmente el árbol en una especie de jardín botánico en Tokio. Pues aquí es un árbol magnífico del que cuentan que tiene más de 600 años y que ha protegido “misteriosamente” a la ciudad desde antes de la construcción de la fortaleza. Dice la información que este árbol está señalado como “el dios árbol”. Bueno ellos dicen “el Dios del árbol” y lo escriben con mayúscula pero yo que vengo de una religión monoteísta que condenaba a los politeístas y animistas no me atrevo con esa mayúscula. Y también que castiga a quienquiera que rompiese una de sus hojas o ramas. ¡Un árbol así de castigador hubiese ido bien en mi pueblo! Rompes una rama, pues se te cae un dedo; arrancas una hoja y te salen sabañones en las orejas, aunque sea en julio. Pero como en el fondo es un árbol bondadoso además de justiciero (¡vaya como todos los dioses!) si le pides un deseo se te concederá.


Las instrucciones son: “Pide un deseo para tu familia y amigos al árbol en el que todavía permanece el espíritu del rey Jeongjo. Escribe tu deseo en un papel y átalo en la cuerda de paja que está alrededor de él”. Y como estamos en Corea quizás no se fían como en Japón del personal y aquí la cuerda está rodeando una valla que protege al santo árbol. Por cierto que Marisa a la que le encantan los ritos esotéricos cumple con este. Yo no lo hago, pero mis amigos ya saben mi comportamiento al respecto: si son gratis y no dolorosos no me importa hacerlos.

Hwaseong Haenggung.


Este palacio fue construido por el rey Jeongjo a finales del siglo XVIII como su residencia durante sus visitas. Fue destruido durante la ocupación japonesa y posteriormente reconstruido. Yo diría que su aspecto más importante ahora es como un lugar de enseñanza histórica, pues cada uno de los pabellones tiene información sobre qué representaba y en muchos casos con maniquíes reproduciendo escenas de la vida cortesana. De estos uno que me ha sorprendido ha sido el de “Eunuco leyendo un libro”. Imagino que los profesores coreanos explicaran a sus pupilos el porqué de ese aspecto. ¿Es que solamente los eunucos estaban alfabetizados?


Pero más sorprendente para mí ha sido el de “Eunuco preparándose para un ‘outing’”. Porque, ¿sabes que significa “outing”? Pues “viaje” o “excursión”, pero también al hecho de “salir del armario”. Y si en el siglo XVIII ó XIX ya se hacía eso en la corte de Joseon es que estaban muy, muy adelantados. El maniquí no te saca de dudas pues muestra a un señor muy elegante que igual podría ir a hacer una cosa u otra.


Otra cosa notable es el espacio dedicado a la madre del rey Jeongjo y a la celebración de su 60 cumpleaños. Ya lo había visto en otro museo donde mostraban escenas de esa fecha en la vida familiar dado el respeto confuciano que tenía el resto de la familia por los mayores, especialmente en ese aniversario. Además el amor filial de ese rey le llevó a querer vivir con su madre cuando abdicó del trono en favor de su hijo Sunjo. Claro que tengo amigos que sus hijos, sin ser confucianos, también muestran un gran respeto con sus padres y ciertas ganas de vivir con ellos (sin haber abdicado de ningún trono), especialmente en lo que se refiere al tema de las comidas y del lavado y planchado de la ropa.


Quizás lo más notable es la representación del banquete real en honor de la susodicha madre, Hyegyeonggung Hong, en 1795: nada menos que 12 aperitivos, lo que en la cocina coreana llaman “banchan” y 72 platos “fuertes”. Además el rey era tan buen hijo que llamó al pabellón de la comilona “Bongsudng”, que significa “Vivir hasta una edad avanzada”. Claro que con 72 platos no sé si lo que quería era que dejase su madre de hacerlo…que me recuerda a los bufets de los viajes del IMSERSO como un medio de solucionar el problema del pago de las pensiones.
Aparece una joven pareja que componen una preciosa figura. Quizás vayan a una sesión fotográfica pues parecen recién casados.


En el gran patio del palacio un bonito juego de banderas. No sé si significan algo o quizás sean solo puro atrezo, pero son preciosas.


Acabamos nuestra visita turística en el museo de la ciudad donde se muestran todos los aspectos de la construcción de la fortaleza.
Regreso a Seúl con el autobús y el metro esta vez sin sobresaltos ni dudas.
En nuestro barrio, ya de noche, nos dedicamos a pasear por el maravilloso Dongdaemun Design Plaza, DDP, para hacer las últimas fotografías, pues mañana nos iremos por la noche y quizás no tengamos tiempo de ello.


Este conjunto cuanto más lo veo más me gusta y más increíble me parece.
Hoy entre la fauna humana que pululamos por allí hay una pareja de dos jóvenes que están tocando, y creo que componiendo, música aprovechando un piano que hay en el exterior del edifico. La primera vez que lo vi pensé lo que sigo pensando ahora: ¿cuánto tiempo duraría en una plaza en mi país? Seguramente no está afinado, ni creo que suene muy bien, pero aquellos dos se lo están pasando en grande.


Hoy hay luna llena y forma con las curvas del edifico una bonita figura, pero no hay forma de conseguir una fotografía nítida del satélite. Debe haber alguna técnica que desconocemos para que salga redonda y con los perfiles definidos.


En una de las aceras enfrente del edificio hay un mercadillo lleno de gente. En un puesto de zumos compruebo una vez más los precios: uno de naranja “grande”, quizás de 300 cc, unos 6€. Una limonada 5€. Un cartel avisa que el zumo es “real 100%”. La sorpresa es que el mercadillo es de ropa y está en las puertas de varios grandes almacenes ahora cerrados. Es ropa normal, expuesta en perchas metálicas como las de las tiendas e incluso en algunos casos con maniquíes.


Nada que ver con los clásicos mercadillos callejeros. Para resolver la duda entro en una pequeña oficina de turismo que hay allí: resulta que los martes los grandes almacenes, por lo menos los de aquella zona, están cerrados y entonces algunas de las tiendas que venden dentro de esas superficies sacan el producto a la calle. O sea que son los mismos comerciantes que así no pierden ese día. Les pregunto si pagan alguna tasa municipal como hacen en España los de los mercadillos. Pues no es que no lo sepan, es que se quedan muy descolocados con la pregunta, tanto que tengo que repetírsela varias veces. Los pobres no tienen ni idea.


Regresamos al hotel para nuestra última noche en Corea.

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