34. Japón 2016. 21 de marzo, lunes. Vigésimo primer día de viaje. De Sapporo a Mito.

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Ya es primavera a aunque no lo parece.
Nada más despertarnos acudo a la ventana: esta noche ha vuelto a nevar y espero que sea una ligera capa. Aquí tengo que escribir el “Elogio a la mochila”.
Algunos de vosotros quizás decís la palabra “mochilero” con un cierto desprecio, pero no sabéis lo útil que es esa bolsa en circunstancias especiales. En primer lugar porque te deja expeditos los brazos y lo que es más importante las dos manos. Eso te permitiría defenderte de un enemigo taimado y cruel que no tuviese en cuenta que llevas gafas y que tu imponente maleta te impide huir a la carrera sin abandonar el botín. Y en segundo lugar que con ella puedes transitar por cualquier lugar sin tener presente lo accidentado del terreno. Estos días andando por la nieve he pensado con frecuencia en los maleteros de Bali, porque si difícil era andar por playas y caminos de arena con un maletón enorme con ruedas, casi igual debe ser hacerlo por un acera con 20 cm de nieve. Afortunadamente hoy había solo 3 ó 4 centímetros y el suelo estaba resbaloso pero no helado.


En este hotel empiezan el desayuno, como en casi todos, a las 7 y el tren sale a las 7 y media y aunque nos hubiese dado tiempo para engullirnos unos cuantos alimentos, Marisa estaba intranquila y nos hemos tenido que conformar con unos bollos y un té que sí estaban disponibles desde las 6 y media.
La verdad es que a las 7, la recepción, que hace de comedor para los desayunos, ya estaba con una docena de hambrientos clientes esperando. Incluso ha habido un gordito que le ha pedido a la señora cocinera empezar antes pero esta se ha mostrado inflexible. Así cuando ha visto nuestra acción ha hecho lo mismo, con la diferencia que él si se ha quedado después a desayunar.
El tren sale a las 7:30 y a los 5 minutos la joven que está sentada al otro lado del pasillo saca una cajita con diferentes delicias de arroz y se la desayuna. Al acabar se coloca una mascarilla higiénica pero no se tapa la nariz. Y yo me pregunto si no habrá una etiqueta al respecto. ¿Te tapas o no la nariz? ¿Cuándo se debe poner? ¿Si te encuentras con un conocido (que no te reconoce) te la debes quitar? Así por ejemplo me percato de que algunos revisores la llevan puesta y si te sucede algo con él, ¿cómo lo reconocerías? Y lo más importante: si tienes una nariz horrible ¿te la puedes poner? Es que tus conocidos te pueden criticar y decir que eso no lo haces por la salud de los demás sino para ocultar tu rostro. ¡Cuántas dudas!


El revisor antes de empezar su labor verificadora se coloca en la puerta, nos hace una reverencia, y nos dirige unas palabras. Por la gravedad de su voz y la solemnidad del momento imagino que acaba su parlamento con algo del tipo “que lo manifieste o que calle para siempre”.
Comentamos la suerte que hemos tenido con el tiempo en Hokkaido pues los días más fríos y peores han sido una mañana en Hakodate y en el canal de Otaru ayer, pero ¿qué hubiese pasado en el lago Onuma o con los “tanchos” de Kushiro?
En este viaje de hoy hemos tenido de todo: nieve y nevadas en el norte, algún rato de sol y finalmente un día espléndido (que esperemos siga mañana) en la segunda parte del viaje en la isla de Honshu. Porque hoy viajamos de norte a sur en cuatro trenes diferentes: de Sapporo a Hakodate, de allí a Shin Aomori atravesando bajo el mar el estrecho de Tsugaru, Tsugaru Kaikyō, donde cogeremos un shinkansen hasta Ueno, en Tokio, y desde allí a Mito.


Cuando llegamos a Hakodate hay un tren a punto de salir hacia Shin Aomori, que no es el nuestro, pero que tiene a un montón de fotógrafos disparando sus cámaras, incluso alguno con trípode. Y además muchos de los viajeros que van a subir a ese tren corren hasta la cabecera para fotografiarlo también. Es una locura. Yo le hago una fotografía a Marisa delante de un precioso letrero que anuncia que faltan 5 días para el día 26 en que empezará a funcionar el shinkansen entre Honshu y Hokkaido. Así que no entiendo lo del “último tren”.
Un joven que me ve me dice que me ponga yo también y que me hará él la foto. Luego se me acerca sonriente y por signos me pide que mire la foto y que dé mi conformidad. Si eres uno de esos espontáneos un consejo: nunca cortes los pies a los que fotografías. Que a mí me han quedado ganas de decírselo pero estaba tan ilusionado el joven que no me he atrevido. Además que la frase no sé como habría quedado: “Antes yo pies, tú foto, ahora yo ápodo”.


Como tenemos tiempo y hace un día espléndido salimos a la plaza que hay delante de la estación a dar un corto paseo. Han construido una especie de túnel triunfal delante de ella.

Quizás los que bajen del primer tren el día 26 tengan que pasar por allí y luego les regalen una bandeja de productos típicos y bailen los de Coros y Danzas. Como en la España del desarrollismo en que la turista 7 millones siempre era muy agraciada y muy rubia y la obsequiaban cuando bajaba del avión. Nunca le tocó la suerte a un argelino.

Nuestro tren no debe ser tan famoso como el anterior pero también tiene un buen grupo de fotógrafos.
Pasamos por una estación, que quizás sea la última de la isla de Hokkaido y además de los fotógrafos hay unos niños que nos saludan detrás de una pancarta y los pasajeros les devuelven el saludo. Y al llegar a Shin Aomori, ya en la isla de Honshu, se vuelve a repetir el fenómeno de los fotógrafos y de los viajeros que también queremos fotografiar ese último tren.


Y allí ya entramos en territorio shinkansen: tren amplio y rápido de pasajeros más silenciosos todavía. Por cierto que en una de las estaciones he visto al gordo más gordo de Japón. De verdad que era algo increíble y no mediría más de 1,61 m, pero Marisa no me deja fotografiar a gordos ni gordas.


Y así llegamos a Ueno, que como no sabéis los que no me habéis leído en el viaje del año pasado es uno de los centros de transporte más importantes de Tokio, de donde sale por ejemplo una de las líneas que va a Narita, además de la parada de metro del mismo nombre y lugar donde está el maravilloso parque de Ueno Y el Museo Nacional.
Y como en todas las estaciones donde hay shinkansen y trenes normales hay controles de entrada y salida para cada una de ellas o sea que debes salir de la alta velocidad japonesa y entrar en la normal. Estamos mirando los letreros luminosos buscando nuestro tren a Mito y se nos acerca un joven: “¿les puedo ayudar?”. Ahora ya me muevo bien en los transportes japoneses pero no te imaginas lo que se debe agradecer eso si acabas de llegar. Y la segunda sorpresa: habla español. Es que ha vivido doce años entre Panamá y Méjico pero “aquí no tengo la posibilidad de hablarlo”. Pues nos acompaña hasta el andén de nuestro tren. Gracias, Kenta o Kento, que no le he entendido bien.
Nuestro convoy ya está situado en el andén pero una amable ferroviaria nos dice que debemos esperar para acceder. Como ya me sé la lección me voy a la cola de mi vagón: es que la brigadilla de sesentones está acabando de limpiar el tren. Aquí el personal es muy limpio pero es que además el que repasa nuestro vagón mira bandeja por bandeja del respaldo de los asientos y si hace falta pasa la bayeta (“balleta” en Madrid).
Cuando acaban salen todos, dicen unas palabras de agradecimiento a los viajeros que estamos esperando del tipo “Gracias señores clientes por viajar en este tren y permitir de esta manera que tengamos trabajo. Por favor, ensucien un poquito para que lo podamos seguir manteniendo”. Si hubiesen sido de un partido de izquierdas o de Podemos la charleta habría sido más larga por el tema del género: “Gracias señoras clientas y señores clientes…”. Y eso que todavía no se ha empezado con la lucha gramatical del transgénero y de los neutros.


Este tren ha resultado ser el tren más moderno que hemos cogido en Japón a pesar de que no es un shinkansen. Los asientos comodísimos y amplísimos y con novedades tecnológicas importantes. Por ejemplo, este tren no tiene vagones con todos sus asientos sin reservar (como es habitual en la alta velocidad japonesa) con lo que los viajeros que no tienen esa reserva deben sentarse en uno que esté libre. ¿Y cómo lo saben? Hay un piloto encima de cada asiento que indica “reservado” (verde), “el pasajero llegará pronto” (amarillo) o “libre” (rojo). De esta manera si un pasajero se baja del tren y no sube nadie ese asiento pasa de verde a rojo.


Otro avance: en Japón casi todos (quizás todos, excepto los llamados trenes “locales”) tienen toma de corriente en la parte inferior debajo de las ventanas, ¿Y qué pasa si el que quiere conectar el PC está en el asiento exterior? Pues aquí la toma está en los reposabrazos. Por supuesto que entre las advertencias que hay en el respaldo hay una que dice que la corriente es de 100 V, 2A y 60 Hz y que puede “caerse” y fluctuar.


En esos respaldos de los asientos tienes un detallado mapa del convoy con una descripción de donde están situados las papeleras, desfibrilador, cuartos de baño y cuáles de ellos disponen de dispositivos para cambiar a los bebés, dónde hay accesos para sillas de ruedas y dónde asientos para esos pasajeros…¡Madre, que quiero ser pasajero de la Renfe japonesa!
Llegamos a Mito y allí en su moderna estación tengo la primera sorpresa agradable de esta ciudad: una tienda de Zara. Es lo que tiene ser accionista de Inditex: por 100€ compras 3 acciones de esa compañía y ya te puedes dar una alegría cuando viajes por el mundo y te encuentras una de “tus” tiendas.


En otras ciudades nada más salir de la estación ya vemos el letrero de nuestro hotel pero aquí está un poquito más lejos, a 5 minutos en lugar de los 3 habituales y además la estación está rodeada de grandes edificios con lo que no tenemos visión lejana, y encima a la hora que hemos llegado la oficina de información turística (si la hay) estaba cerrada. Así que salimos al exterior y con un mapita en japonés de la situación del hotel me acerco a un joven para preguntarle el camino. Y va el tío y me hace un gesto como que me fuera. Yo, un señor mayor con una maleta en una mano y un mapa en la otra, que me aproximo pidiendo ayuda y aquel cretino me hace un gesto de “no me cuentes nada y vete a tomar por…”. Me puse bastante enfadado. Le dije que era un idiota y un cabrón y que si estaba tonto. Claro que en castellano, porque los insultos en extranjero, que los he probado en alguna ocasión, me salen fatal. Eso fue el karma para compensar la ayuda de Kenta en Ueno. Pero debe ser cosa de la ciudad: delante de la estación hay una bonita plaza y letreros de prohibido los patinetes. Pues por allí hay media docena de macarras con ellos.


Para compensar en la misma plaza hay uno con pinta de cantautor interpretando bonitas melodías cantando y con una guitarra, pero nadie le hace ni puñetero caso.


Pero encontramos el hotel.

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