33. Japón 2016. 20 de marzo, domingo. Vigésimo día de viaje. Sapporo. Otaru. Segunda parte.

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Dejamos la “Otaru Offices the Nippon Yusen Co. Ltd” y volvemos al canal y a los fotogénicos tinglados que lo flanquean por el lado del mar y el día es frío, frío.


Y no sé si es por los turistas o porque aquí son más marranos (me inclino por lo primero) que veo la primera botella de cerveza en el suelo, una Heineken, y luego un lata de café.


Un barco amarrado en el canal tiene el curioso nombre de “Heming wey”, que viéndolo así parece hasta japonés.


Cerca de él un par de barcos, lo más destartalados de la costa japonesa. Uno está tan oxidado que a Marisa, a la que le encanta esta estética, le dedica una sesión fotográfica. El otro tiene una casamata de madera situada en la popa que no sé cómo podrán navegar así.


Volvemos a encontrarnos con las palmípedas y nueva sesión fotográfica.


Vamos a un restaurante que recomienda la guía y en el camino encontramos otro donde en la pared encima de un asidero han escrito: “Aparcamiento para perros”. ¡Qué forma más elegante de decirle al dueño del can que no se admiten en su interior y que debe atarlo allí! Claro que es el país con menos perros que he visto porque sino no sé cómo solucionarán lo de atar a varios allí. Quizás por eso esté escrito “Dog parking” y no “Dogs parking”. También vemos en una calle un tractor quitanieves con las cadenas puestas en las cuatro ruedas. Aquí no se deben fiar hasta el último momento.
El restaurante es famoso entre otras cosas porque ha sido el lugar donde se desarrollan varias novelas japonesas y realmente es un sitio encantador, tiene una preciosa música y la comida es estupenda. Al salir vemos que tienen un libro que se titula “Antonio Gades”. ¡Al fin un “Antonio” que no es Gaudí, ni Tapies! Resulta que una joven del establecimiento es una enamorada del flamenco: nos cita a Paco de Lucía y a Sara Baras, aunque a esta me ha costado reconocerla bajo el japonés “Sala Balas”. Al salir casi le da un abrazo a Marisa. Y digo “casi” porque esta gente no se toca nunca. Mucha inclinación, pero nada de tocarse.


Una particularidad de su cocina es que por primera vez comimos patatas rebozadas y que el huevo frito lo hacen de manera que consiguen que la yema sea como una estructura de bulto redondo.


Volvemos a la dura vida de turista que hoy es realmente dura porque el frío no ceja.
En la calle un grupo escultórico con dos niños con poca ropa que solo de verlos me dan escalofríos.


Y de repente me percato de que me he dejado en el restaurante la mochila que siempre llevo con el material fotográfico y esta gente cierra muy temprano. Vuelvo a la carrera y efectivamente cierran a las dos de la tarde pero afortunadamente estaban comiendo ellos. ¡Vaya susto! Es igual a aquella frase de que “ahora se muere gente que no se había muerto antes”. A mí me pasan cosas que no me habían sucedido antes. Y precisamente la columna de hoy en El País de mi admirado Manuel Vicent está dedicada al envejecimiento y a los que envejecemos.

Acabamos nuestra visita turística por “la calle de las tiendas”. Una calle donde está el mayor número de viviendas y almacenes de la época de esplendor de esta ciudad y ahora transformadas todas en tiendas y restaurantes. En una de ellas tienen un tiovivo donde lo que cuelgan y giran son arenques: 600 ¥ cada uno, unos 5€.


Porque el personal viene a Otaru a hacerse una foto en el canal y luego a ver las tiendas en Salkaimachi dori. Y aquí lo que compran son pescado o marisco variedad “atrapaturistas”, cosas de vidrio, chocolate (maravillosos bombones) y cajas de música.

Porque aquí está el (falso) Museo de las Cajas de Música, “Music Box Museum” o “Otaru Orgel Doh”. Era la antigua sede de la empresa Kyosey, prósperos comerciantes de arroz a finales del siglo XIX. Este edificio en lugar de hacerlo de piedra como otros importantes de esta calle lo construyeron de ladrillo con una estructura de madera. Yo te diría que aunque las cajas de música no te digan nada, sí deberías entrar para ver su estructura interior. Además se puede acceder libremente hasta el piso tercero.


Realmente es una tienda preciosa con su interior de madera y lleno de cajas de música horribles a buen precio. Y que la gente compra con fruición. Claro que hay alguna piezas notables que no suenan como una lata de sardinas pero tienes que empezar a gastarte por encima de los 400€ aunque hay una pieza que cuesta 21.600.000¥. ¿Hay alguien que se gasta 180.000€ en una caja de música?


Detalle curioso: la estructura de madera está hecha de una muy especial (por lo menos para mí): zelkova. Otra curiosidad: ese nombre deriva del georgiano “dzelkva” pues “dzel” significa “barra, viga” o “travesaño” y “kva” “roca”.


Total, que la zelkova ha permitido hacer techos de 9 metros de alto.
En el exterior delante de la fachada un curioso reloj de vapor. Mide 5 metros y medio de alto y pesa una tonelada y media y aunque se llama “de vapor” y parece que funciona así, lo hace realmente de forma eléctrica y es manejado por un ordenador que controla la caldera que produce el vapor de agua. El reloj suena cada hora y el vapor produce una melodía cada 15 minutos. Y ya te puedes imaginar que el personal se retrata abundantemente delate del extraño artilugio.
Marisa estaba muy interesada en el tema caja musical pero de todas maneras nos tuvimos que refugiar allí por la nevada que empezó a caer.
En esa calle principal aprovechando una máquina de bebidas hay un letrero que dice que a tres metros de allí, a la vuelta de la esquina, hay un escape para los tsunamis. Pues que no venga hoy porque hay tanta nieve que allí nos quedaríamos todos.

Cuando llegamos a la estación de Sapporo hay un montón de gente haciendo fotografías de un letrero luminoso que anuncia los trenes.


Yo, por si las flais, hago también un par y tengo suerte de que al primero que le pregunto habla inglés, aunque me advierte que “a little”. Pues era realmente “a little” pero lo suficiente para entendernos: todos fotografían aquel letrero porque anuncia el último tren (imagino que de esa clase) que sale de Sapporo pues luego lo sustituirán por un tren tipo AVE, un shinkansen.


Llegamos al hotel de nuevo con nevada.
Mañana fin de Hokkaido.

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