24. Japón 2016. 14 de marzo, lunes. Decimocuarto día de viaje. De Kushiro a Abashiri.

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Hoy lo previsto era ir de Kushiro a Abashiri pero antes visitar un mercado y un mirador desde donde contemplar el Parque Nacional de Kushiro Shitsugen. Cambio de planes: nos despertamos con todo cubierto de nieve. Y me refiero a las partes donde ayer no la había pues esta ciudad ya estaba totalmente ocupada por ella excepto en las calzadas y la mayoría de las aceras.
Como el mirador previsto implicaba ir por una pista -o eso me parece- por el campo durante una hora no me atrevo a hacerlo si está todo cubierto de nieve, así que a la carrera nos preparamos y nos vamos con un tren que sale a las 9 de la mañana. Es un tren local, lo que quiere decir sin reserva de asientos, pero a cambio tiene un nombre precioso: “Rapid Shiretoko”. En la Renfe de los 50 los “rápidos” eran trenes más “rápidos” que los correos pero no mucho más. La diferencia, creo recordar, es que los “correos”, seguramente por su función de transportar las sacas de correos, paraban en todas las estaciones y apeaderos. En mi pueblo había un tren al que llamaban el “rapidillo”. Me habría gustado saber el porqué.
Pues bien este de hoy era un tren de un solo vagón y más del tipo “rapidillo”. Supe que era de un solo vagón antes de que lo situasen en el andén porque al llegar allí había una sola cola para acceder a él. Y como estamos en Kushiro las grullas aparecen hasta en la tapicería de los asientos.


Para en todas las estaciones y si es pequeña y no hay personal el propio conductor hace de cobrador cuando los viajeros bajan ordenadamente y pasan por delante de él.


La cabina de conducción era del tipo “Brazil”. Los que conocéis la peli ya sabéis a qué estética tecnológica me refiero. Y el conductor, como los que venden los billetes, muy joven.


El camino, como es habitual, todo nevado y en algún bosque algunos ciervos.


Caminamos hacia el mar pero antes de llegar a él dejamos a la derecha la península de Shirekoto-kanto donde está el parque nacional del mismo nombre declarado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. El nombre significa en ainu “el fin del mundo” y ahora está casi igual pues solo hay dos carreteras que llegan solamente hasta mitad del territorio. O sea que es un lugar para andar pero no en esta época. Una advertencia por si te decides a visitarlo: los osos. Hay unos 600 osos pardos. Estos se diferencian de los negros que están en Honshu en que los de aquí son más grandes y más agresivos. Los japoneses que andan por estos territorios llevan unos “cascabeles antiosos”. Por si los tienes que comprar: kuma-yoke. La teoría es que los osos te oyen antes de que tú llegues y se van. En la información que he visto no dice nada de reclamaciones en el caso de que no se vayan si tus cascabeles no solo no los espantan sino que los atraen.
Así llegamos al mar de Okhotsk y vemos trozos de hielo flotando en él, pero muy diseminados. Sí los hay en cantidad en algunos tramos de la costa que están como varados.
Llegamos a Abashiri, vamos al hotel que está enfrente de la estación y dejamos el equipaje. Recuerda que en Japón –al menos en “nuestra” cadena- no se puede ocupar la habitación hasta las 4 de la tarde. Nosotros por ser clientes habituales a las 3.
Vamos a la oficina de turismo donde un simpática señora mayor (y con un toque de excéntrica) nos da una información que nos trastoca todos los planes. Resulta que hemos venido aquí esencialmente para ver el “drift ice”, pues hay un pequeño barco rompehielos que hace una excursión turística por ese mar de Ojotsk y este año no hay hielo. No sé si es que es demasiado tarde y lo ha habido antes, pero creo que no pues nos dicen que es debido a las corrientes marinas.
Así que este año los vientos no han sido favorables y aunque el barco, el Aurora, sigue saliendo lo hace como las “golondrinas” del puerto de Barcelona, dando un paseo. Gran decepción, pero hay que buscar alternativas para esta tarde y mañana.
La señora de turismo nos dice que podemos ir al cercano lago de Tofutsu para ver unos cisnes y si tenemos suerte una gran águila de pico amarillo.


Se va con el tren de la estación de Abashiri hasta la de Kitahami y desde allí unos 15 minutos andando hasta el lago. “¿Y comer?”. “La estación de Kitahami es ahora un restaurante”. Eso me contesta aunque entiendo que me quiere decir que allí había un restaurante. Pues no: el pequeño edificio de la estación lo han convertido en un restaurante y con mucho encanto y donde hemos comido muy bien. (De casualidad, visto el menú).


Otra particularidad de esa estación es que todo el personal que pasa por allí (muy pocos, la verdad) se fotografían delante de ella. Incluso hay viajeros que en la breve parada se bajan del tren, se hacen la fotografía y suben de nuevo a toda prisa. Imagino que por alguna razón debe ser famosa en el país. Creo que la señora de turismo me dijo que era la que estaba situada más al este de todo Japón. O eso entendí y estos nipones deben ser muy mitómanos de los accidentes geográficos. No he oído algo semejante en España.
Otra particularidad es que en la pequeña sala de espera las paredes y techos están cubiertos de papelitos. Misterio.


Salimos de allí y gracias a pequeño esquema que me hizo la señora de turismo podemos llegar a lago Tofutsu, pues no encontramos ninguna indicación por el camino. Allí hay un centro de interpretación pero hoy lunes estaba cerrado. Un pequeño mirador permite acercarte al lago que en esa parte, quizás por ser la de la corriente que desemboca en el mar, es lo única que no está congelada. Unas gaviotas, algunos patos y un par de parejas de cisnes andan por allí. Marisa logra fotografiar una de esas águilas que nos dijeron. Son muy grandes pero están tan lejos que no merece la pena.


Y no hay forma de acceder a ningún sitio más pues está todo cubierto de nieve. Vemos un par de barcas varadas en la orilla y nos acercamos pero hay tanta nieve que desistimos de recorrer algún otro lugar de llago.


El lugar es realmente precioso cerrado al fondo con unas grandes montañas pero las limitaciones son las que mandan. Las geográficas, las meteorológicas y las nuestras.


Regresamos a Abashiri, visItamos de nuevo a la señora de turismo para el plan de mañana y después al hotel que el tiempo está fresquito.
En el hotel echo una ojeada al periódico: en Japón hay 2,23 millones de extranjeros residentes permanentes y de “largo término”. No sé cómo califican a estos últimos. La mayor proporción son chinos, el 30%, 665.847, después los surcoreanos, 457.3222 y los terceros los filipinos, 229.595. Y también que el año pasado hubo 19,73 millones de visitantes extranjeros.

A propósito de los coreanos.
Cuando bajamos en la estación de Kitahami solo lo hace un joven con mochila. Doy por supuesto que si se apea allí es que también va al lago Tofutsu pues allí no hay nada ni nadie más. Le pregunto por la dirección del lago. “Soy surcoreano. Pregúntele a ese que debe ser japonés”. Un poco borde. Luego me di cuenta que sí, que tenía la cara de coreano (del sur o del norte ya no sé), pero dada la poca simpatía que se tienen no creo que le hiciese ninguna gracia la confusión. Debe ser como eso de que “todos los blancos creen que los negros somos iguales”. Así que me dirigí al japonés pero no hablaba una palabra de inglés.
NB
Estos días hay mucha información en los periódicos sobre le aniversario del terremoto del 11 de marzo que ahora cumple 5 años.
PD
Le pregunté a la joven de la recepción del hotel el porqué de que todos los empleados son jóvenes: “el trabajo es duro, son 24 horas seguidas y no se compensa con el salario”.

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