23. Japón 2016. 13 de marzo, domingo. Decimotercer día de viaje. Kushiro.

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En este hotel me han dado un cuestionario para el turismo de Hokkaido. Lo relleno y me encuentro con unas preguntas que no sé si es que son típicamente japonesas pero que no creo que se incluyan en ningún formulario semejante en España. Pregunta información detallada de cuanto te ha costado el billete de avión, cuanto vas a gastarte en hoteles, en transporte, en restaurantes, en regalos…Si es que no vienes en un viaje organizado o lo tienes todo muy bien planificado el gasto por el que te preguntan, no creo que muchas personas puedan responderlo. Me sorprende que pidan que marques la nacionalidad y de las 10 posibles no hay ninguna europea, así que debes irte a “otras”. Una buena dosis de humildad, aunque seas alemán o británico.
Ha amanecido un día estupendo, quizás el mejor desde que estamos en Japón lo cual es maravilloso dado que vamos a estar al aire libre por lo menos toda la mañana y desconocemos las posibilidades de cobijo en caso de mal tiempo.
Tenemos dos opciones con la misma línea de autobús que vamos a coger y aunque los de turismo me recomendaron la primera creo que lo hicieron porque era la más accesible no porque fuese la mejor.
En la cola del autobús veo a un señor de mediana edad con cámara fotográfica y tras preguntarle si habla inglés y a pesar de que no me contesta le interpelo: “¿A dónde va?”. Pues va al segundo lugar. “¿Es mejor?”. Pues parece que no conocía la primera posibilidad. Al fin me dice: “First time”. Y yo que pensaba que era un experto en ese parque nacional.
Así que me decido en función de los horarios de los autobuses y nos bajamos en el primer punto, Tsurumidai, gracias a que se lo había repetido al conductor media docena de veces. Y es un lugar realmente fácil de acceder: está pegado a la carretera, lo que quiere decir que todos los coches y autobuses paran allí. Hay una valla y detrás a unos 50 ó 60 metros están las grullas. ¡Qué sencillo!
Un letrero informativo dice que el “tancho” ha sido reconocido como un ave de buen augurio y respetado por el pueblo ainú (recuerda que estamos en Hokkaido) como Sarurunkami, el dios de los pantanos. Y allí tenemos a los tres “tanchos” picoteando y moviéndose tranquilos.


Veo a un señor fotógrafo con un trípode y con una cámara como la de Marisa y un estupendo teleobjetivo. “Dou you speak English?”. Pues no, y además con pocas ganas de comunicarse.


El hombre tenía el objetivo dirigido a las aves y apenas veía a una hacer alguna gracia disparaba una ráfaga. Vienen más grullas y Marisa echa en falta un objetivo más potente pues en aquel entorno eran algo fantástico sus movimientos.


Se nos acercan una pareja que se dedica al turismo de naturaleza y me dicen que si puedo rellenar un cuestionario. Pues no era el mismo que el del hotel pero se le parecía mucho así que a pesar de tener preguntas de presupuesto un poco complicadas se lo rellené en un momento. Aprovecho para preguntarles por el segundo puesto de observación y efectivamente creían que era mejor que éste. El problema es que con el horario de autobuses si ibas al segundo podrías estar solo 20 minutos o quedarte tres horas. Al poco nos dicen que ellos van hacia allí y que nos llevan.
El segundo lugar, “Itoh Tancho Sanctuary” está a unos 10 minutos andando desde la carretera donde te deja el autobús, aunque se accede hasta allí en coche, como ahora nosotros.


En este lugar había media docena de fotógrafos con cámaras profesionales y unos teleobjetivos de los que te quitan el hipo. Y encima con más grullas que en el primero. Ambos son los lugares donde les dan la comida y lo ideal es estar en ese momento pues parece que entonces se pueden ver en alguna ocasión luchas entre las grullas de temible pico y algunas rapaces que no sé si compiten por la comida o es que son sus depredadores. O ambas cosas.


Había uno de los fotógrafos que llevaba un traje de “anticamuflaje”. Se supone que cuando fotografías vida salvaje debes ir mimetizado con el medio. Este hombre, en aquel paisaje nevado llevaba un chaquetón amarillo con manchas naranjas y una mochila azul. Vaya, no es que no fuese camuflado para esta ocasión, un campo totalmente blanco, es que no hay ningún lugar en la naturaleza donde pudiese pasar desapercibido sino era en una tienda de Benetton en rebajas o en una de Desigual.


Era muy interesante observar el comportamiento de los profesionales: estaban más o menos como que no hacían caso, pero si una pareja de grullas hacía un movimiento especial o aterrizaba o despegaba un grupo de 3 ó 4 se oían como varias ráfagas de ametralladoras: tac-tac-tac-tac.


Y de repente todas ellas deciden marcharse. Y a nosotros se nos hace la hora del autobús y también nos vamos.


En el camino hacia la parada en la carretera pasamos al lado de unos contenedores de basura “disfrazados” para no romper el entorno y con una lista exhaustiva de adonde deben ir a parar los objetos que allí se depositen.


En el camino de regreso a Kushiro pasamos por un campo con un centenar de cisnes. Imposible parar para verlos.
Marisa se percata de que el suelo del autobús está caliente y eso que es bastante antiguo.
Llegamos a Kushiro y vamos a un centro comercial que hay al lado del rio en un punto cercano a donde desemboca en el mar donde antes debían estar los almacenes de los pescadores.
Hay un invernadero llamado EGG y que realmente tiene un poco la forma de un huevo pero es que son las iniciales de “Ever Green Garden”. Sorprende al entrar allí el contraste con el frío exterior pero a pesar de lo bien que se está dentro solo hay una señora sentada en un banco.


Al lado está el MOO, “Marine Our Oasis”, que parece un intento de urbanizar un antiguo muelle de pescadores con un centro cívico y comercial. No parece tener mucha vida pero acertamos con la comida: un pescado relleno de arroz y cocinado a la brasa y unas sardinas crujientes exquisitas. Le pregunto el nombre del plato a la señora y me escribe así en mayúsculas “SANMANMA”, que no sé si es el nombre del plato, el del restaurante o el de su cuñado.


Allí en aquel centro hay un pequeño mercado de pescado que parece dirigido a los turistas aunque me temo que aquí no vienen mucho, por lo menos en invierno. Bueno, creo que ninguno excepto Marisa y yo y nosotros no vamos a comprar un bicharraco de esos, además que pagar 70€ por un cangrejo vivo…
Unos jóvenes están jugando con una máquina tragaperras que tiene unas pinzas y que habitualmente cogen (o por lo menos lo intentan) tontadas que no sirven para nada excepto para obsequiar a su acompañante femenina. Lo curioso es aquí lo que pueden coger son cangrejos y la sorpresa viene cuando cogen uno y sale por la trampilla y cae al suelo vivo: lo miran con un poco de miedo pero ninguno le echa el guante.


Como estamos al lado del mar y el día sigue siendo precioso nos acercamos a ver unos barcos de pesca.


Ha sido una bonita excursión porque además puedes acceder a lugares donde ahora no puedes hacerlo en España. Quizás porque aquí no hay vandalismo y tienen el material de pesca al alcance de cualquiera. Antes también pasaba eso por lo menos en los puertos pesqueros del Mediterráneo pero ahora suelen ser de acceso restringido.


Al final del muelle un par de guardacostas.


Un detalle que a mí me parece japonés aunque quizás sea universal: los noráis tienen unos circulitos reflectantes encastrados en ellos.


Imagino que será para que los coches los vean por la noche y no se rompan los bajos.


Ha sido un agradable paseo que además ha permitido a Marisa sacarse la espina de la falta de fotos de la mañana pues este muelle ha resultado ser muy fotogénico.


En el hotel voy al lavabo de la recepción y no tengo claro cual es la llamada de alarma y cual la descarga de la cisterna. Al salir veo a un joven que por la vestimenta deduzco que debe ser empleado del establecimiento y le pregunto en plan Tarzán: “You hotel?”. No me ha entendido pero le he cogido del brazo, le he llevado hasta allí y le he explicado mi problema. Pues parece que era fácil entenderlo, pero no debía serlo tanto pues he vuelto a encontrar el mismo artilugio en otro hotel y encima del botón adecuado habían colocado una pegatina que decía “Flash”. Imagino que querían decir “Flush”, pero por si acaso era un “flash” no lo he tocado.


Ojeo “The Japan Times” en la recepción y dice que ha habido un gran incremento de turismo y que los turistas “agotamos” (imagino que en el sentido de que compramos como locos) desde cosméticos a preservativos. ¿Dónde habrán realizado esos estudios estadísticos? ¿Quién contestará en una encuesta que cuando viene a Japón compra condones?
Mañana nos vamos a Abashiri al medio día, así que tendremos tiempo por la mañana de ir a un mirador desde donde dicen que hay una bonita vista del parque nacional.

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