8. Japón 2016. 3 de marzo, miércoles. Tercer día de viaje. Kioto. Himeji. Parte tercera.

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Al salir al jardín vemos a un par de jardineros podando un pino: quitan casi de aguja en aguja. Es que no te lo puedes creer.


Y como no puede ser de otra manera muchos jóvenes autorretratándose. Que hasta Marisa ha visto un letrero en algún sitio que decía que estaba prohibido el uso de los dichosos palos. Y yo me pregunto que si fotografías el castillo de Himeji para tener un recuerdo o para ensenárselo a tus seres queridos ¿para qué querrás que la mitad de la fotografía este ocupada por tu careto? (Hoy he visto a uno que la cara la tenía tan grande que casi no le cabía en la cabeza. A ese no le quedará espacio para nada más). ¿Será que no se creerán que has estado allí si tú no estás en la foto? ¿O será que tú no te lo puedes creer y es para convencerte a ti mismo? Un misterio.


Y en este castillo empieza la ceremonia de los sellos de goma pues en Japón hay una verdadera pasión por registrar mediante estos tampones el lugar que has visitado. Los hay en los monumentos importantes, pero también en las estaciones de tren. Y yo sigo la moda japonesa: estampo en mi libreta de viaje ese recuerdo. Y esa es otra cosa que solo podría suceder aquí. O mejor, que no podría ocurrir en España.

Imagínate que dejas un tampón, o dos, o tres de madera o en algún caso de metacrilato sin ninguna vigilancia, ¿cuánto crees que durarían en nuestro país? ¿Un día? ¿Unas horas? ¿Nada?

La próxima visita son los jardines de Koko-en, que están situados al lado del foso del castillo en lo que fue el barrio samurái. No los recuerdo de mi primera vista a Himeji, pero veo en este blog que sí los visité pues fueron abiertos en 1992. Tienen 3 hectáreas y utilizan el modelo de la época Edo (1600-1860). Nada más entrar te encuentras una preciosa colección de bonsáis algunos de ellos, dada la época, floridos. Una verdadera maravilla. Yo cuando pienso en estos arbolitos siempre me viene a la cabeza la colección que tenía el Sr. González en la Moncloa y no sé qué habrá sido de ellos. Desde luego que no veo al Sr. Aznar en plan zen ocupándose de ellos. Quizás hizo un montoncito de leña y los quemó en la chimenea del palacio una fría tarde de otoño mientras repetía el mantra de “¡Váyase, señor González!”.


Y los jardines son también una maravilla aunque estemos todo el rato quejándonos de que lo que serán dentro de unos días con los cerezos floridos. Esto es algo que me temo que vamos a hacer continuamente hasta que llegue la sakura. En el recorrido encontramos a una señora mayor pero “fashionista”: va toda de morado menos una bolsa de costado. A veces nos dice algo que por supuesto no entendemos y le contestamos con una sonrisa.


En una casita de té que hay dentro del recinto un letrero advierte que no aceptan tarjetas de crédito, solamente yenes. Lo curioso es que esa información está solo en inglés (los nacionales ya lo deben saber desde la escuela) pero utiliza además de las palabras el signo de prohibición que tanto gusta a los nipones: una cruz de san Andrés. A veces para decir no o que está prohibido cruzan los brazos, como el año pasado cuando nos metimos en la salida de los coches de un ferry en Sakurajima, y a veces los dos índices de las manos y a veces esa cruz en un letrero al lado de “credit card”. Cuando alguno de vosotros me pregunta por la forma de llevar el dinero usaís la coletilla de “claro, pagas con tarjeta”. La sociedad japonesa esta mucho menos “tarjetacreditizada” que la española y el personal paga con dinero habitualmente, o por lo menos esas cosas pequeñas.


Marisa me lanza lo de “¿tomamos un té aquí?”. Además del precio, recuerdo con un cierto miedo lo del té en una casa feudal en Kagoshima: eso de sentarte en el suelo y no conocer las reglas…
Total, que recomiendo la visita esos jardines.


De regreso a la estación paramos a comer en el mismo restaurante en donde lo hice en el 2008. Solamente hay “udon” y la pasta la hacen ellos mismos y la cortan a mano. Eso no es bueno ni malo. No soy un fanático de los “handmade”, ni siquiera de los “manmade”. Aquí la diferencia es que son irregulares y algunos de un tamaño enorme. Una comida estupenda, especialmente la mía que tenía láminas de atún seco por encima. Lo curioso es que nos ha costado encontrar el restaurante a pesar de estar referenciado en la guía pues el nombre y toda la información exterior estaba en japonés. He tenido que preguntar en la calle cuando estábamos enfrente de él si lo que ponía en la puerta era el nombre que buscaba. Nos ocurrió el año pasado y nos volverá a pasar.

NB
Al pasar el borrador al ordenador mucho más tarde he descubierto en una visita al Jardín Botánico de Madrid que lo del Sr. Aznar era un mal pensamiento mío. Los bonsáis están allí y se pueden visitar. Y merecen la pena.

Poliorcética.

El DRAE la define como “Arte de atacar y defender las plazas fuertes”,


pero en la Wikipedia encuentro un sentido más amplio como “La disciplina que se encarga de construir fortalezas, bastiones, baluartes o fortificaciones”.
A mí lo que más me gusta de esta palabra, además de su fonética es su etimología: viene de Demetrio de Macedonia quien recibió el nombre de “poliorcetes” por su habilidad en esa técnica.

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