37. Bali y Lombok 2015. 28 de septiembre, lunes. Vigésimo primer día de viaje. Munduk y sus cascadas.

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Primer día después del susto catalán: ¡Cataluña bien!
La primera noticia del día es un mensaje de whatsapp de nuestra amiga Marisa con los resultados. Y en Munduk la vida sigue como todos los días aunque quizás el Sr. Más no haya dormido en toda la noche y al líder de la CUP lo hayan puesto en el potro de tortura y el Sr. Iglesias (¡vaya nombre para un líder radical!) se haya percatado que no se puede ser tibio. Si hubiese ido con los Padres Escolapios conocería la frase del Apocalipsis: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.
Como el camino hacia la independencia no parará espero que tampoco lo hagan los posts al respecto como los del editor de este blog antes de la “consulta catalana” y que sensatos e inteligentes pensadores escriban al respecto. Yo que no soy tan sensato ni inteligente tengo dos cuestiones previas a la petición de independencia:
1. ¿Dónde acaba el límite territorial del hecho independentista? Porque el Sr. Más lo limita a la región, pero ¿por qué no a la provincia, comarca, municipio o barrio? La región por mucho que crean los regionalistas es una convención y por tanto solo hay un argumento ontológico como el de San Anselmo (¿lo recordáis, viejos bachilleres?) para demostrar su existencia per se.
2. ¿Por qué una zona geográfica o humana que no quiera cambiar tiene que hacerlo?
Imagínate que dos comarcas de Tarragona, un barrio de Barcelona y un pueblo de Lérida no quieren dejar de ser españolas y pertenecer a la Unión Europea. ¿Dejarán que no se integren en la nueva república catalana?
Encima estos días escribe Hawking sobre el único futuro posible: buscar otro plantea para colonizarlo. ¿También habrá que construir allí una república catalana si alguno de los repobladores lo es?
Pero estamos en Munduk y al único que encontré ayer interesado en España y sus problemas fue a un empleado de un restaurante que era un seguidor de Márquez y que este se había caído en una carrera de motocicletas que daba la casualidad que se celebraba en mi pueblo. Extraña la especie humana: ¿cómo puede haber alguien en un pueblecito de Indonesia que pueda ser seguidor de un motociclista español? Y digo “español” y quizás ese “Márquez” sea catalán, a pesar de su apellido, y haya votado (por correo) a favor del Sr. Más.
Hoy vamos a dedicarlo a hacer una excursión a las cascadas de este pueblo que son uno de sus atractivos turísticos. A nosotros, en principio, ese accidente geográfico no nos interesa demasiado a no ser que sean espectaculares y de esas hemos visto pocas, pero muchas veces el entorno en el que se encuentran merece la pena el esfuerzo de llegar hasta allí. Porque aquí se trata de eso, de esfuerzo: en Munduk ninguna excursión es sencilla.
En el hotel nos muestran en el mapa que nos proporcionaron el primer día el camino para llegar a la primera cascada y desde allí a la segunda para regresar de nuevo al pueblo.
Si se te ocurre hacer este recorrido mi consejo es que vayas primero a la llamada “Tanah Braak”, “Coral rojo”, que es la que está más lejos y desde allí a la segunda llamada “Melanting”, que es lo que hemos hecho.
Lo peor es ir durante dos kilómetros cuesta arriba por la carretera que atraviesa Munduk. Pasamos al lado de la escuela y los niños van vestidos con el traje tradicional balinés. Por cierto que solo hemos visto niños.
Pregunto en el hotel y me explican que es porque hoy es luna llena y todos los meses en ese día se visten así. Aprovecho para prestarle esta información al Sr. Más par que enfatice el carácter regional de sus escolares con una medida semejante que tendría como resultado aumentar el hecho diferencial.
En la carretera encuentras un letrero de la cascada, lo sigues y en cada bifurcación del camino hay indicadores. No te puedes perder aunque quieras. Encontramos a bastantes extranjeros que van o vienen, muchos de ellos con guía y los mayores siempre con él.
Es una pronunciada cuesta abajo que se baja con alegría. Veo a un occidental con una gran barriga y pienso que cómo subirá con ella hasta el coche que debe estar esperándole en el cruce de la carretera.
Y aunque sea un fenómeno natural hay un quiosco donde debes pagar una entrada.
La cascada sin ser espectacular por su tamaño sí lo es por el entorno donde se encuentra. Realmente merece la pena el esfuerzo llegar hasta ella. No sé si pensará lo mismo el occidental barrigón.


Un letrero te advierte en inglés e indonesio que no caces ni cojas pájaros. Y es que hemos visto en pueblecitos a bastantes chicos con escopetas de aire comprimido. Por cierto que a la frase en inglés le han añadido un bonito toque de diseño.


Una joven occidental se queda en traje de baño, se mete en el agua y sale rápidamente. Quizás sea un rito de yoga o de alguna otra disciplina oriental. Ha sido una bonita escena, pero no he entendido su significado.


Cuando salimos de allí nos encontramos con Elliot, un indonesio de origen chino que vive en Singapur. El “flechazo” ha sido por la fotografía: levaba una estupenda cámara y le ha encantado que lo reconociera como fotógrafo. Allí hemos tenido nuestra primera charla. Luego nos hemos vuelto a encontrar y nueva conversación. Yo creo que los guías –como el que acompañaba este grupo-me odian porque les alargo los viajes. Y este ha sido de los que califico como “feliz encuentro”. Ha llegado hasta ofrecernos que probásemos su magnífico objetivo, un 35 mm 1:1.4. A cambio le he proporcionado algún sabio (?) consejo.


El camino entre la primera y  la segunda cascada discurre entre bosques de árboles de clavo (Syzygium aromaticum) y arbustos de café, también llamados cafetos en castellano. Este café, la planta, tiene importancia sentimental en nuestras vidas, pues fue uno de los primeros regalos que le hice a Marisa cuando empezamos a salir: en los jardines de mi facultad había un ejemplar de dicha planta y cogí unas cuantas bayas pues para mí era algo notable que el grano negro del café procediese de una roja.
Total que hoy Marisa ha podido hacer bonitas fotos de algunas de estas drupas.


También hemos encontrado bastantes escaleras de las que emplean para recolectar el clavo; algunas larguísimas, de hasta 12 metros. Y el personal subiéndose por ellas sin ninguna medida de seguridad.


En un campo vemos un montón de sacos llenos. Investigo y son de cáscaras del café: separan el grano de la cáscara en un mortero golpeándolo con una gran “mano” de madera. Estas cáscaras las emplean para hacer compost.
También estos días hemos visto como ponían a secar los restos herbáceos que quedan de sacar el clavo de su inflorescencia. Los emplean cuando están secos para mezclarlos con tabaco en las factorías de cigarrillos.
En el recorrido de una cascada a la otra por los campos y bosques nos topamos con una familia pero que no es una familia cualquiera. Lo primero es porqué él lleva una gorra roja con un gran “Spain” en la visera: “¿Eres español?”. Pues no, que es australiano aunque su cara sea totalmente mediterránea. Llevaba su “Spain” porque se la había comprado en Bali. La segunda cosa diferencial es que la pareja iba con 4 niños de unos 6 a 10 años. Y la tercera, y más diferencial todavía, es que el joven padre caminaba con una muleta.

Pero es que hay que ver las cuestas que había en los caminejos de una a otra cascada. Y pienso que llevarán algún coche porque no me puedo imaginar a aquella familia con los 4 niños andando por estas carreteras.
Así nos topamos con la segunda cascada, la de Melanting.

Se llega tras un vertiginoso descenso por unas escaleras que para las rodillas de Marisa son una gran putada. Allí nos volvemos a encontrar a los chinos indonesios de Singapur y charlamos de nuevo.


La nueva cascada es como la anterior: el sitio espectacular y el esfuerzo para llegar hasta ella también, lo que hace que la valoremos más.
Nos despedimos de los chinos y nos encontramos con una pareja de Pontevedra, Irene y Guille, con los que intentamos compartir viaje mañana hacia el sur, pero las condiciones de su chófer lo hacen inviable.
A esta segunda cascada por su mayor dificultad de acceso viene mucha menos gente y aquí todos han sido jóvenes. Y sigo preguntándome que cómo habrá llegado el australiano de la muleta.


Síntomas de la dejadez del personal: unas “toilets” en lastimoso estado y un árbol que se cayó encima de un puentecillo rompiendo parte de él y que allí sigue esperando que los insectos xilófagos hagan la labor que la incuria humana no es capaz de hacer.


Desde la segunda cascada regresamos a Munduk. Me he perdido dos veces hasta que he encontrado a alguien para poder preguntarle. Y es que no hay ninguna indicación y además el mapa que nos proporcionó el hotel no tenía ninguna escala: como un mapa del metro.
Ha sido así una vuelta un poco extenuante. Pero al final hemos llegado al pueblo.
Comida, casi a la hora de la cena, en una bonita terraza y descanso.
En la cena conocemos a una pareja de Bilbao en luna de miel y charla con ellos. Lástima que ya tienen el viaje organizado al sur con unos alemanes, pues seguimos buscando transporte. Después de algún intento más al final lo contratamos a través del hotel. Así que mañana a Bingin.


Como si no existiera el problema catalán.

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