23. Bali y Lombok 2015. 19 de septiembre, sábado. Duodécimo día de viaje. Senggigi.

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Peresean

Peresean.
La primera vez que me topé con esa palabra fue en la lectura inicial de la guía de viaje. Lo definía como “un arte marcial típico de Lombok, en la que los contendientes desnudos de la cintura para arriba, pelean con palos y con escudos de cuero. El ganador es el primero que le hace sangre al otro”. También dice que esos combates se celebran en diciembre y en otro lugar recomienda ese mes para viajar a Lombok precisamente por estos combates.
Más tarde cuando relaciona los festivales y ceremonias sasak (pueblo original de esta isla y que sería motivo de otro post adicional) relaciona esta lucha con la creencia de que cuanta más sangre se derrame en la tierra mejor será la lluvia en la estación húmeda.
Otra vez buscando información de Lombok en la red vi unos vídeos de esta lucha y me pareció una especie de sardana en plan rápido. Me debí equivocar visto lo que vi luego.
Se hace en un recinto abierto, por lo menos la de Senggigi. En ese parque había unas lonas en el suelo haciendo un ring de unos 150 ó 200 metros cuadrados.
Los asistentes se sientan en el suelo con las piernas cruzadas y, aunque hay algunas mujeres y niños, la mayoría del público es masculino adulto.


Los que no sabemos sentarnos así y lo que llegan tarde se quedan de pie detrás de los sentados. En el que vimos nosotros había además media docena de sillas de plástico ocupadas tres de ellas por occidentales.


Hay también una pequeña banda de música que toca con ahínco cuando se desarrolla el combate.


Además había un pequeño grupo de media docena de personas con mascarillas higiénica: ¡el equipo médico! Nada hacía imaginar quienes eran aquellos señores hasta que tuvieron que atender a uno de los contendientes. Lo de la mascarilla higiénica creo que forma parte del atrezo pues solo la llevaban ellos. Mucho más práctico que la bata blanca o el fonendoscopio que suelen llevar colgados los médicos en los centros de salud para distinguirse de las limpiadoras y celadores. Porque ¿has visto a algún médico que lo utilice en un pasillo? ¿Por qué entonces pasean con ellos colgados?


Y por supuesto, como en todas competiciones, hay un árbitro que aquí lleva un pito.


La diferencia con otras es que hay no hay contendientes previstos. Lo que hay son un par de “paladines” –no sé cómo llamarlos- en la segunda acepción del DRAE: “defensor denodado de alguien o algo”. Estos serían de la subespecie de “paladines reclutadores”.
Lo explico.
Ese par de sujetos van recorriendo el círculo y animado a los jóvenes sentados en las primeras filas a que salgan a competir. Y ¿por qué saldría un muchacho a que le partieran la cabeza? Pues leí en un papel en Senggigi que el peresean “es un test de valor para un hombre y un símbolo de masculinidad”. Vaya, lo de siempre.
Quizás ya lo haya contado antes: cuando era adolescente formaba parte de un grupo de amigos donde había dos que eran los más arrojados (ahora los dos fallecidos) de todos nosotros y quizás de todo el pueblo. Cualquier acción insensata que se le ocurriera realizar a uno de ellos la teníamos que hacer todos los demás a riesgo de ser calificados como gallinas y cobardes en caso contrario. Todos menos dos, que eran los “gallinas” oficiales. A esos nadie les reclamaba una prueba de valentía. Afortunadamente nunca nos ocurrió nada, pero fue un milagro dadas las “proezas” que hacíamos para no ser menos que los “valientes”.
Pues algo así les debe ocurrir a los “pereseanos”. Estás sentado con un grupo de amigos, ante los que has alardeado que cualquier día voy a saltar al ruedo y tal y cual y ahora un “paladín reclutador” está delante de todos vosotros diciendo lo de “¿es que no hay huevos para salir a demostrar que eres un hombre?”. Y claro, pues sales a demostrarlo.
Antes de empezar el torneo hay un par de escudos con otras tantas varas colocadas en el centro. Esas serán las armas de ataque y defensa.


Así que los reclutadores empiezan a pedir al personal que salga a luchar. A veces salen rápido y a veces tienen que insistir, ayudados en muchos casos por los amigos del contendiente que le empujan a hacerlo.


Y así salen uno por cada lado, les dan el escudo y el palo y cuando dice el árbitro se empiezan a dar leña. Pero leña, leña. Sin contemplaciones, protegiéndose como pueden con el pequeño escudo. Parece que no se pueden dar por debajo de la cintura pero la cabeza no la llevan protegida excepto un pañuelo tipo pirata que les da un aspecto más fiero pero que no creo que proteja mucho.
A veces uno de los paladines consigue un candidato enseguida y el otro se desespera buscando el suyo.


Al fin cada uno tiene el suyo, le dan el escudo y el palo y se coloca detrás del luchador y le dice cosas que imagino serán sabios consejos del tipo “ese que tienes enfrente es un mierda y no vale nada” o “ten cuidado porque ese pequeño mono es muy rápido y si no le sacudes enseguida te va a zurrar”. Porque a veces parece que los dos contendientes tienen complexiones parejas pero a veces uno es poderoso y el otro escuchimizado. Pero generalmente son jóvenes fuertes y atléticos.
Y ya los tienes uno enfrente del otro. Generalmente el más chulo de los dos o ambos realizan unos cuantos movimientos tipo danza burlona. No sé si es un ritual como el del sumo o bien es para demostrar que estás en forma y que no temes al adversario. Estos saltitos se repiten a lo largo de todo el combate pues el árbitro los debe separar continuamente.
Y ya empieza la lucha. Sus gestos faciales son duros y los zurriagazos que dan y reciben más todavía.


Los moratones se ven en los costados y la espalda.


Parece que tiendes a ponerte al lado del más débil. En la tarde en que lo vimos sólo hubo una pareja en la que había uno más joven y delgadito y el otro más fortachón. Pero el delgado se movía mucho más rápido y encima cuando paraban no cesaba de bailar; no sé si era para disimular el dolor de los golpes o para hundir moralmente al adversario.
Y al final acaba el combate. No supe el porqué. Las normas que leí era que finalizaba cuando uno se rendía (¡qué vergüenza!), cosa que no sucedió aquí o cuando uno sangra profusamente, cosa que tampoco ocurrió. Tampoco entendí si había un ganador o lo eran ambos. Sí que se saludan al final e incluso algunos lo hacían efusivamente.
No vi que hubiese apuestas pero sí que alguno dio dinero que luego repartían entre los contendientes y no sé si también los paladines y el árbitro .


Además de todo el personal descrito anteriormente también apareció un ayudante de paladín del que desconozco su ocupación pero que se pavoneaba por el cuadrilátero. Este personaje llevaba los dedos más anillados que he visto en mi vida. Imagino que serían pura bisutería, porque si no en algunos países la mano le iba a durar menos que un empate de votos en la CUP.


El único incidente digno de mención fue que en uno de los rifirrafes los combatientes fueron a dar encima del grupito de extranjeros que estaban sentados en las sillas de plástico, con tan mala fortuna que cayeron al suelo: dos jóvenes y una señora mayor. La sorpresa fue que la señora mayor tenía una pierna menos. Vaya que solo tenía una.


Luego viendo las fotografías me he dado cuenta de ello. Y hace falta ser arrojada para pasearse por este país en esas condiciones. Hay gente muy valiente y no solo los luchadores de peresean.
Acaba el espectáculo y hay un gran revuelo. Hay un grupo enfadado y discutiendo con los que parecen los organizadores; van vestidos de negro y pertenecen al “Dewan Kesenian Dan Kebudayaan Lombok Barat”. Así vestidos imagino que son como una secta de luchadores de kárate. Un misterio.
Luego pregunté su significado a uno de los montañeros del Rinjani con el que sigo teniendo relación y ese letrero de su espalda significa: “Comité de las artes y cultura del oeste de Lombok”. ¡Qué desilusión!


Así pues un espectáculo muy interesante, un poco bestia, e inesperado.

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