18. Bali y Lombok 2015. 18 de septiembre, viernes. Undécimo día de viaje. Sembalun Lawang. Primera parte.

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Normalmente escribo por la noche después de cenar pero hoy hemos acabado pronto la visita turística y me puedo sentar en el porche de este bungaló a escribir mientras va cayendo la tarde. Lo único malo es que el sonido de la naturaleza se ha cambiado por el del cepillo eléctrico y la radial pues están construyendo unos alojamientos al lado del nuestro. Incluso me ofrecieron cambiar la habitación pero es que además del engorro de volver a empaquetar todo por una sola noche me temo que el sonido penetrante de estas herramientas llegue a todas partes.


Así que aquí sentado como un turista colonial de comienzos de siglo (del XX, por supuesto) al que solo le faltaría una taza de té, pero acabamos de tomarlo en el restaurante. Vaya, he cambiado mi habitual té por un café estilo Lombok: el café más negro que hayas visto en tu vida y con una especie de poso de barro negro, pero especiado con clavo, canela y “lemon grass”. Creo que en una cata a ciegas sería difícil adivinar que estás bebiendo.
Hoy hemos cambiado el despertador del gallo de Gili Air por el despertador coránico. Quizás sea debido a que es viernes o a que estamos en tierra muy piadosa pero desde las 6 de la mañana no han parado de cantar desde alguna de las mezquitas del contorno. Luego han vuelto a hacerlo varias veces a lo largo del día, pero ha sido algo cortito.
El desayuno es sorprendentemente escueto para el precio de la habitación. Ya nos lo dijo el informador del RIC que aquí todo es más caro pero visto el cariz que está tomando esto creo que irá a peor.
Para compensar vemos el volcán, al que no subiremos.


Y además conocemos a un fotógrafo profesional. Vaya, realmente no es “profesional” pero le gusta mucho la fotografía, especialmente la submarina. Ha sido una charla larga, larga y muy interesante. Es un “jubilado prematuro” que trabajaba en una compañía petrolífera y que debido a la crisis (¿pero no era culpa del Sr. Zapatero?) perdió su trabajo. Como lo que más le gusta es el buceo y no puede dedicarse a ello sin tener ingresos, ha decidido montar una empresa de turismo de este tipo en el sur de esta isla que imagino paradisíaco pues solo se puede acceder a él por barco.
Tiene un nombre extraño para el país: “Johannes”. Idiota de mí le digo que ese nombre no es musulmán: “como que soy católico”. O algo así me ha contestado pensando seguramente que era memo. He aprovechado la circunstancia para preguntarle si están discriminados en Indonesia. Pues no. Lo único que no puede ser un católico es presidente del país: hay que ser musulmán. Pero me confiesa entre risas que tampoco está dentro de sus objetivos. Porque es un tío que se ríe mucho y francamente. He estado a punto de decirle que se ríe como los chinos, pero es que es de origen chino. Me ha enseñado su DNI y allí aparece la religión, lo que no sé si será óbice para algún tipo de trabajo o de acceso social. Me he olvidado preguntarle si se puede poner “sin religión” pero imagino que no, porque en el islam eso es lo peor que se puede ser.
Cuando hemos hablado del precio del hotel y de la relación con la calidad le he explicado que además la ducha no funcionaba y alguno del hotel lo ha debido oír porque nos han cambiado la alcachofa pero no han comprobado que lo que no funcionaba era el grifo. Es que son la leche.
Le he preguntado que porqué no hay transporte público en este país y me ha confirmado lo que ya me habían contado: hay una política de que las motocicletas sean muy baratas y así al personal le sale más a cuenta comprarse una a plazos que coger el autobús. Así el parque de las motos ha ido creciendo y los transportes públicos desapareciendo.
Se va con su flamante todoterreno después de repetirme muchas veces que mañana estará en Mataran, la capital de la isla, y que si vamos allí y necesitamos algo que lo llamemos.
Cuando en estos países me encuentro con alguien que insiste en que le llame si me ocurre algo no sé si lo dicen por compromiso o porque es una fórmula social en su país o si realmente creen que si los necesito los llamaré.
Hoy vamos a hacer el segundo recorrido que nos recomendó el muchacho del RIC: llegar hasta un “puente del amor”, llamado así porque muchos jóvenes van a festejar allí. O por lo menos a achucharse. Esta última suposición es mía.
La indicación era clara pero por si acaso voy a verlo para confirmar los datos: el joven ha ido a la capital y el que lo sustituye no tiene el menor interés en explicarme nada. Así que si hubiésemos llegado hoy en lugar de hacerlo ayer no sé cómo nos hubiésemos movido por el territorio. Al poco de salir nos adelanta un pollero motorizado que va cantando la mercancía. Lleva una motocicleta con dos grandes cestos a cada lado llenos de pollos desplumados y descabezados y entre los dos y detrás del asiento tiene el “mostrador”: una balanza y una tabla para el despiece. Cuando alguien lo llama para el negocio delante del peticionario, saca la pieza, la pesa y la despieza a gusto del cliente. Todo muy rápido y eficaz y nada higiénico, aunque después de un par de horas aireándose, aquellos cadáveres de pollos puede que tengan la carne mejor todavía.


Hemos tenido la dicha de que ha parado una vez delante de nosotros y hemos podido ver todo el proceso.
Y como cada día tiene su afán hemos hecho una hora de carretera en vano; resulta que el camino a tomar estaba tan cerca del pueblo que lo hemos pasado por alto, así que cuando llevábamos más de media hora de camino he preguntado por el famoso puente (cosa que al personal le resulta muy divertido) y nos han sacado del error. Así que para evitar de nuevo la confusión he preguntado por el dichoso puente, “Jimbatan Cinta”, a cada uno que me he encontrado: unas 40 personas.
En el recorrido muchas flores de pascua de un par de metros de altura en los límites de los campos.
A la última persona que le pregunto es a una joven con un gran balde en la cabeza y que yo imagino que irá a lavar debajo del puente.
Gran desilusión, porque si te hablan del “puente de los enamorados” tú esperas que quizás no será como el de Rialto, ni como el de Alma, pero por lo menos como el de Campuan en Ubud. Aquello es una plataforma de cemento que cruza un cauce seco.
¿De verdad que los jóvenes se van a declarar su amor a tan horrible lugar? No me lo puedo creer.


A cambio hemos visto donde la joven iba a lavar la ropa que era en una acequia cercana y hemos ido allí comprobando que lavaba con los pies, actividad mucho más descansada que hacerlo agachada con las manos. Sesión fotográfica.

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