2. Bali y Lombok 2015. 8 de septiembre, martes. Primer día de viaje. De Madrid a Denpasar. Parte primera.

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Hoy rompiendo la costumbre no nos lleva nuestro hijo al aeropuerto. La verdad es que en Madrid hay un servicio estupendo de transporte público para acceder a él. El problema es que desde nuestra casa tenemos que coger un tren, luego otro y finalmente el metro. Y cuantos más pasos hay más incertidumbres. O sea más posibilidades tienes de que falle algo, cosa que hoy no debería suceder. El primer tren lleva mucho retraso y teniendo en cuenta de que es (o era) la línea con mayor frecuencia de convoyes de toda Europa, 20 minutos supone algo fuera de lo normal, comparado con los 3 a 6 que es lo habitual. Pero el resto ha sido coser y cantar.
Conclusión: siempre hay que ir con más tiempo del recomendable y además tener al lado una compañera optimista providencialista:
Yo: “¿Y si se retrasa?”
Marisa: “No se puede retrasar”.
Llegamos a Barajas y casi nos perdemos. Creo que la T2 es la terminal más complicada, por lo menos desde el metro. Y luego cuando llegas a la zona propiamente de aeropuerto aquello parece de un país pobre sobre todo si lo comparas con la T4 o con el aeropuerto de Estambul, por ejemplo. Para compensar el control de equipajes me parece menos estricto que el de otros accesos. A lo mejor es que saben que los viajeros de la T2 somos gente honrada y pacífica. Por ejemplo, en otros controles si no llevas todas las botellitas en una bolsa trasparente se vuelven locos, aquí las jóvenes chinas iban cargadas de perfumes en sus mochilas y el controlador, pacientemente, tras ponerse un guante -¡solo uno!- bastante cochambroso ha comprobado que todas las botellas eran de menos de 100 ml.
El aspecto de la terminal es lamentable pero los precios siguen siendo de aeropuerto lujoso: una comida de un solo plato y postre de 13 a 20€. Y ese plato no era de solomillo de buey de Kobe, sino un plato de pasta. Claro que Mahou tenía un bar propio: una caña de medio litro 3,4€.
Este viaje es el que tengo menos preparado desde hace muchos años. O quizás desde siempre. Y es que la guía que utilizo me tiene bastante despistado en cuanto a su información. Parece que aquí el personal solo viene a bucear y a hacer surf.
El recorrido será el siguiente: de Madrid a Ámsterdam y de allí a Denpasar haciendo una escala en Singapur.
De Madrid a Ámsterdam el vuelo son dos horas y media. Echo una ojeada a la guía para saber hacia donde nos podemos dirigir después de llegar a Denpasar. En el apartado de “Normas de la aduana” (“Customs regulations”) dice que los surfistas que lleven más de dos tablas o tres tablas puede que tengan que pagar, pues quizás crean que es para venderlas. ¿Es realmente un deporte tan adictivo que alguien puede viajar con más de una tabla encima? En nuestro viaje por Sri Lanka el pasado otoño, vi a un par que llevaban una tabla y aquello ya me pareció un gran disparate, pero ¿dos o tres tablas? ¿Cómo se moverán en su recorrido turístico?
En el apartado de acceso a internet veo que parece que Indonesia pide a los proveedores de contenidos que bloqueen los sitios pornográficos. Parece que no son muy estrictos ni muy consecuentes con las prohibiciones, pero de todas las maneras te recomienda la guía que evites las búsquedas con palabras como “gay” o “breast”.
Despegamos y tenemos debajo de nosotros una España seca, ocre y amarilla y llena de sol.
Cuando llegamos a Ámsterdam nos encontramos con un país verde, llano y completamente nublado.

Durante el vuelo nos han ofrecido un bocadillo. Para beber he pedido vino tinto, como una despedida, pues imagino que seré abstemio durante el próximo mes. No lo volveré a hacer: todo el vino está en mis pantalones. Si cuando lleguemos a Denpasar hay perros olisqueadores como los que me olfatearon en Japón una vez y son perros de dueños musulmanes se van a volver locos conmigo. Creerán que soy un contrabandista de licor como los de Chicago cuando la ley seca.
El bocadillo, de esos triangulares, primorosamente presentado en una cajita de cartón, tiene en la parte interior de esa caja una leyenda muy graciosa: te informa que los productos de pollo y huevo (juraría que aquellos triángulos no los tenían, pero nunca se sabe) son de la casa Rondeel la cual se preocupa mucho por sus pollos. ¡No se van a preocupar si son su negocio! “Los pollos tienen acceso a barrios de noche, “night quarters”, barrios de día, “day quarters”, y a un área arbolada, “wooded area”. ¡Toma ya, mejor que muchos de nuestros abuelos! Menos mal que he leído esto después de haberme comido los “productos Rondeel”, porque si lo leo antes no sé si hubiese podido comerme tanta felicidad sin sentirme culpable.
En el aeropuerto de Amsterdam tenemos mucho tiempo para el cambio de avión pero no lo hemos podido aprovechar para nada pues hemos tenido que recorrer medio país –Holanda es pequeña— para llegar a la sala de embarque. En el camino hemos coincidido con una joven pareja de Granada en viaje de novios, felices y despistados camino de Bali. En Denpasar les espera un guía pues tienen todo organizado: “no nos defendemos en inglés”. Yo añadiría que tampoco se defiende en los viajes en avión, ni en los aeropuertos.
En el vuelo de Ámsterdam a Denpasar nos toca al lado de Geneviève . ¡Qué suerte! Francesa de origen caribeño, que vive en Bali y habla español.
En la web de KLM leí que en este vuelo solo proporcionaban una comida. ¡Una comida en 16 horas! Casi tan espartanos como Iberia. Al entrar le pregunto a una azafata y se sorprende de mi consulta, accede a la hoja de ruta y me la enseña. Pues no: hay un “snack” (cacahuetes o altramuces o similares), cena, desayuno y comida. ¡Y Marisa cargada de bocadillos de jamón! Espero que no haya un zelote en la aduana indonesia y nos haga tirar todo.
Como creo que ya he escrito en alguna otra ocasión: estoy hecho para vivir viajando. Las comidas de los aviones las encuentro cojonudas en contra del parecer de todos aquéllos que ponen cara de asco al enfrentarse a una bandeja en el vuelo. El pollo de la cena no sería tan feliz como el de la merienda, o al menos no alardean de eso en la información proporcionada pero es una de los mejores platos de pollo que recuerdo haber comido. El postre exquisito y además por partida doble pues me he comido también el de Marisa. Para acabar un vasito de “cognac”. ¿Se puede pedir algo más cuando estás sentado atravesando el mar Negro camino de Singapur a más de 9 mil metros de altitud volando a 1007 km/h y con una temperatura exterior de -47ºC? Pues sí, que a ningún gilipollas de los extraños países que vamos a atravesar en el recorrido se le ocurra disparar un misil tierra-aire sobre esta aeronave. Que me jodería no poder desayunar aquí vista la cena servida. El único punto negro de la restauración, además de no tener a dos cocineros a bordo como en las líneas aéreas turcas, es la botella de vino que es de 187 ml. ¿Pero qué medida es esa? En las web de vinos te hablan de ”jeroboam”, que, como sabéis, además de un rey de Israel , es una botella de 3 litros, que es algo especial, pero ¿de 187 ml? Debe ser algo de herejes porque el vino es de Sudáfrica. Porque además si lo multiplicas por 2 te da 374 que tampoco es nada, y por 3 da 561. Si no es algo de la cábala o de los números primos no lo entiendo. Será eso: 187 es múltiplo de 11 y de 17, ambos números primos (“cousin numbers”). Si fuese un multimillonario americano daría un premio de un millón de dólares a quien descifrase ese misterio y lo llamaría “la paradoja de Angel”, “Angel’s paradox”. (Pongo expresiones en inglés porque según el editor de este blog solo me leen los robots chinos y así les será más fácil hacer la traducción del inglés al mandarín).
Pero no todo iba ser felicidad. La dura vida del turista también implica sacrificios e incomodidades: los asientos de este aeroplano son los más estrechos y con el menor espacio para las piernas de los que recuerdo en largas distancias. No sé cómo lo solucionarán algunos morlacos que van en este viaje. Pero lo peor ha sido que el respaldo se inclina mucho menos que en otros trayectos. A lo mejor tiene alguna ventaja pero nosotros no se la hemos visto y ha sido bastante incómodo.

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