85. Japón 2015. Final IV. Final final.

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Los viajes de otros.
Decía Isabel Allende:
“Debo aclarar que no pertenezco a ese extraño grupo de personas que viaja a lugares remotos, sobrevive a la bacteria y luego publica libros para convencer a los incautos de que sigan sus pasos. Viajar es un esfuerzo desproporcionado, y más aún a lugares donde no hay servicio de habitaciones. Mis vacaciones ideales son en una silla bajo un quitasol en mi patio, leyendo libros sobre aventureros viajes que jamás haría a menos que fuera escapando de algo. Vengo del llamado Tercer Mundo (¿cuál es el segundo?) y tuve que atrapar un marido para vivir legalmente en el primero; no tengo intención de regresar al subdesarrollo sin una buena razón. Sin embargo, y muy a pesar mío, he deambulado por cinco continentes y además me ha tocado ser autoexiliada e inmigrante”.


Desde luego este viaje a Japón no ha sido de bacterias, ni estas crónicas un intento de seducirte si eres un incauto: es un intento de seducirte seas o no un incauto. Y en Japón no hay bacterias (aparte de los millones que tenemos todos), pero tampoco hay servicio de habitaciones, por lo menos en los hoteles y ryokanes en los que nosotros nos alojamos. Pero me parece maravilloso “viajar leyendo los viajes de otros”. Lo que me pasa es que luego quiero repetir personalmente esos viajes. A veces los puedo hacer, si son lecturas de guías actuales, y a veces suspiro porque es algo imposible para mí, bien por la problemática del viaje, véase Afganistán o el Sahara argelino, bien por mis menguados recursos personales, casi todos los que implican esfuerzos físicos.


Pero seguiré haciendo lo que pueda. Lo que podamos. Que somos dos.
El polvo japonés.
Cuando estuvimos en el barrio de Dogenzaka de Tokio escribí en mi crónica de ese día sobre los precios de los hoteles y de su tarifa en función de la ocupación horaria.


Me sorprendió en que en uno de ellos además de un escandallo de la tarifa de 60, 90 y 120 minutos (¡qué exagerados 120 minutos!) hubiese al final y en letra pequeñita un precio para los 30 minutos y que además este caso tuviese una información adicional en japonés.
Consultado mi amigo Hiro me responde: “On the left side of “30 min”, Japanese word says “extension””. Y ya sabes que “extension” significa además “prórroga”.
Hago un estudio aritmético y compruebo que los 30 minutos son cada vez más caros. Tienen una progresión casi exponencial o sea que al propietario del hotel le interesa que te vayas cuanto antes.

He leído que “las funciones inversas de las exponenciales se denominan logarítmicas. Éstas varían muy lentamente, lo que las hace adecuadas para describir fenómenos naturales que implican números muy grandes, tales como la intensidad del sonido o los movimientos sísmicos.”. O sea que mientras el precio de la habitación aumenta de forma geométrica tus posibilidades lo hacen de forma logarítmica: lentamente y de forma natural y aunque sea lo más parecido de la naturaleza a un seísmo, en este caso no implica números muy grandes.
Sobre el dormir y actividades relacionadas.
Leo un artículo con consejos para el buen dormir y hay dos que me llamaron especialmente la atención.
“2. Elija un pijama ligero. Lo recomienda el Centro de Prevención y Control de Enfermedades de EE UU (CDC, en sus siglas en inglés). Si prefiere dormir desnudo también puede hacerlo. Es cuestión de gustos. Aunque un estudio de la Asociación de Algodoneros Estadounidenses Cotton USA que hizo en Reino Unido, concluyó que el 57% de las personas que duermen desnudas son más felices en su relación de pareja”.
Pero…


“4. Duerma solo. Es la mejor para mantenerse fresco, hacerlo con alguien aumenta el calor corporal y hace que la ropa de cama se quede pegajosa, según explica dormir.org.es, web dedicada a los problemas del sueño. Hacerlo, además, a ras del suelo, hará que esté aún más fresco ya que el calor tiende a desplazarse hacia arriba.”
De acuerdo en lo de dormir desnudo y totalmente en desacuerdo en lo de dormir solo.


Nieve.

De “Nieve”, “Neige”, un precioso librito de M. Fermine que habla de una historia de amor y de escritura que me encantó y que se desarrolla en Japón:
“Las estaciones se desgranaron en la clepsidra del tiempo”.


Lo curioso es que en el original, siendo bonito, no lo es tanto: “Les saisons s’égrenèrent dans le sablier du temps”.


NB
Para los “no franceses”: “sablier” es un reloj de arena.
Para los “no griegos”: “clepsidra” es un reloj de agua.
Final.
Y cuando se están publicando estas crónicas hemos regresado de nuestro último viaje a Bali y Lombok que he empezado a preparar.


Hasta entonces.

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