68. Japón 2015. Trigésimo día de viaje. 28 de marzo, sábado. Tokio día 7.

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Camino del metro vamos por uno de esos pasillos larguísimos y como es sábado está casi vacío. ¡Mira que se han gastado y se gastan pasta en este país!


Hoy vamos a visitar el Palacio Imperial o mejor parte de los jardines que lo rodean pues el palacio no se visita excepto el 2 de enero (no sé porqué) y el 23 de diciembre día del cumpleaños del emperador: “mira si soy considerado con mis súbditos que les dejo visitar la casa donde vivo y que ellos pagan educadamente”. Imagino que pensará algo así. Y yo me pregunto que dada la idiosincrasia japonesa si habrá largas colas para ese visita o tendrán algún procedimiento menos doloroso para la selección. Por si te interesa te dejo el enlace pues se hacen unos recorridos a los que te puedes apuntar con tiempo.
La guía dice que la residencia del emperador ocupa el lugar donde estaba el castillo del shogun Tokugawa y que en su tiempo fue el más grande del mundo pero ya no queda nada excepto unos restos de murallas y del foso. El palacio actual fue reconstruido en 1968 después de que el original, de 1888, fuese destruido durante los bombardeos de la segunda guerra mundial. Ahora hay una campaña para reconstruir la torre del castillo para 2020. Lo promueve una NPO y de dejo el enlace por si te quieres apuntar. Solo he encontrado la web en japonés.
Pero sí se visitan los jardines del lado este que ocupan precisamente el lugar donde estaba el antiguo castillo
Antes de entrar la primera agradable sorpresa:
no está permitido ir en bicicleta (¡Jodidas bicicletas!, que dice un amigo), ni perros (¡Jodidos dueños de perros!, que digo yo), ni beber cerveza. Muy bien las tres.
Pero aunque el metro estaba medio vacío en la entrada del palacio ya se ve mucha gente. Unos voluntarios te entregan una hoja con las normas de comportamiento. Aquí, como en todas las partes de este país te encuentras voluntarios en multitud de tareas de ayuda.
Alrededor del castillo vemos a gente corriendo: la primera vez en Japón. Y también muchos grupos de turistas nacionales.


El palacio está en reparación y no se ve ni la silueta pero el foso es enorme. Además a diferencia de los castillos españoles el foso, como en Matsumoto está con agua.
Tienen un sistema muy curioso de controlar el acceso. Al entrar te dan una ficha de plástico que debes entregar a la salida. Gratis.
Los arboles como en todos los parques visitados son preciosos y algunos están totalmente vendados. No sé si habrán tenido las cuerdas como en Kanazawa y ya se las habrán quitado también. Y como allí me sorprende que el personal vaya con las maletas con ruedas porque aquí hay consignas por todos los lados, incluso en estaciones de metro.
Del castillo antiguo solo quedan algunas ruinas de la torre del homenaje y sobre todo de las murallas. Estas son impresionantes por el tamaño de las piedras y por lo bien trabajadas que están.


Vemos un “Prunus” blanco realmente imponente adonde todos acudimos como “a un panal de rica miel”. Creo que no he visto en mi vida un árbol con tantas flores. Una verdadera locura vegetal.


También hay media docena de naranjos medio enanos pero cubiertos cuidadosamente.


Hay un lugar donde se recuerda la historia famosa de “los 47 ronin” pues allí fue donde su señor atacó al funcionario del shogun, acción por la que acabó suicidándose. La historia es muy interesante y popular no solamente en Japón sino en todo el mundo.
A las 11 y media el personal sentado por el gran prado o debajo de los árboles saca sus cajitas y sus palillos y se ponen a comer. Al mediodía es la hora punta de la comida.


Y de esta manera, y sentados en sus plásticos, cuando acaban no dejan ni una bolsa, ni un papel, ni una lata (de sardinas), ni una botella. Que da gusto. Nosotros no hemos sido previsores y nos tenemos que conformar con un helado y un café con leche junto con otros japoneses en un recinto habilitado para ello con una máquina expendedora de bebidas.
Hemos visto a una pareja occidental mayor sentada comiendo con su hijo y su nuera japonesa. La pareja joven bien, pero los mayores con el mismo problema que nosotros con las piernas.
Y los árboles floridos siguen siendo espectaculares.


Dentro del recinto hay un extraño edificio que aunque singular no tiene nada que ver con el entorno, el “Tokagakudo Concert Hall”, pero que como fue construido en 1966 en el 60 cumpleaños de la emperatriz Kojun, en un momento auspicioso, pues está bien donde está.


Salimos del recinto a los jardines externos y oigo por primera vez una sirena en 28 días. Y dicen que Japón es el país más ruidoso del mundo. Y también veo por primera vez a tres macarras mayorcitos con monopatines. Occidentales, por supuesto. Y entonces me percato de que tampoco hemos visto japoneses luciendo músculo y si hemos visto alguno era occidental. ¿Estarán prohibidos los anabolizantes? Pero sí he visto a uno portando una cámara de dos objetivos. Hace quizás 40 años que no veía una por la calle.


Y como en todos los sitios públicos aquí también hay unos inmaculados servicios. Me he dado cuenta de que están sustituyendo los inodoros normales por otros sin asiento, imagino que más baratos y más fáciles de mantener. Pero como los usuarios no debemos tener muy claro como utilizarlos hay un gran cartel explicativo.


Lo gracioso es que el icono del “caganer” parece la de un motociclista en una carrera.
Enfrente de los jardines imperiales hay un barrio de grandes y preciosos rascacielos así como la estación de ferrocarril de Tokio que ahora está en obras, en el exterior por lo menos. Encontramos un parque urbano muy cuidado, el “Wadakura Fountain Park” y pasamos por el “Tokyo Palace Hotel”, y yo cuando veo uno de estos resplandecientes hoteles siempre me acuerdo de mi amigo Luis cuyo lema es más o menos “Nunca menos de un hotel de 4 estrellas y media”.


Paseamos por el barrio de Marunouchi y vemos un edificio de ladrillo con gente sentadas en terrazas que recuerdan alguna placita europea (hasta hay una escultura de Moore) y más tarde el “Tokyo International Forum”, un atrevido edificio de Rafael Viñol con gente elegante tomando copas y unos macizos de flores que me llenan de envidia. No solo por lo preciosos, también porque están en un lugar público y mañana seguirán allí.


Para acabar el día volvemos al parque de Ueno. Ya se ha hecho de noche y aquello es una maravilla. Está lleno de gente en los paseos, muchos sentados en el suelo comiendo y bebiendo y muchos paseando. Los árboles floridos forman un túnel por encima de nuestras cabezas y los farolillos encendidos acaban dándole un aspecto fantástico. Todo es alegría y admiración. La gente no para de hacer fotografías a aquellos árboles a pesar de que en estas condiciones suelen salir bastante regular. Y encima todo dentro de la mayor pulcritud y tranquilidad: no hay broncas y todos los desechos van a aparar a los grandes contenedores.


Acabamos nuestro turístico día en un restaurante coreano, es nuestra primera experiencia en esta cocina pero repetiremos: buenísima cena.
Ha sido un día completo y variado.

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