3. Japón 2015. Segundo día de viaje. 28 de febrero, sábado. De Madrid a Tokio (pasando por Estambul). Segunda parte.

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Hablo con una japonesa en la cola de embarque de Estambul a Tokio: su marido ha estado en Barcelona y le ha fascinado. ¿Qué tendrá esa ciudad y sobre todo sus iconos artísticos, Gaudí y Miró, que los vuelve locos? La próxima vez que me pregunten por ellos les diré que la obra que tienen que buscar es la de Tapies, que ese sí vuelve locos a los de la cultura oficial catalana.

Subo al avión con la aprensión de que nos toque un asiento con ventanilla ciega. Es que en este viaje si la climatología acompaña quizás pasemos por encima de Siberia y el paisaje es algo espectacular. Tenemos suerte: ventanilla con “ventanilla”.

¿Por qué decimos “subir” a un avión cuando se entra desde el “finger” a la misma altura? (El verbo subir tiene 21 acepciones en el diccionario de la RAE y la 5ª dice: “Entrar en un vehículo”.)
Y ya empezamos el verdadero viaje: con Turquía la diferencia horaria era solo de una hora pero con Japón son 8 con España y estamos a 9006 km de distancia. Llegaremos a Tokio a las 9 de la mañana. Así que saliendo a las 14:15 y con el desfase horario debería costarnos un poco menos de 12 horas el recorrido. Y este trayecto cuando aparece el mapa en la pantallita enfrente del asiento acojona un poco: salimos de Estambul y atravesando el mar Negro pasamos un poquito por debajo de Simferópol y por encima justo de la región ucraniana donde se están matando estos días los prorrusos y los proucranianos. Hombre, ya sé que a los aviones de pasajeros los respetan pero es que ya se han cargado a uno.

Afortunadamente conforme va pasando el tiempo el mapa indica que el avión ha ido por la costa turca del mar Negro y en lugar de meterse por donde indicaba el mapa primero (problema de las proyecciones cartográficas) hemos aparecido en Batumi (una especie de Benidorm georgiano) y desde allí a Tiflis donde estuvimos hace un año. ¡Lástima que esté nublado y no se vea nada! Pero aparece Grozni en el mapa, lugar nada recomendable. Os recuerdo a los jóvenes: la capital de la República de Chechenia.

Para compensar en este avión tenemos dos cocineros. ¡Un lujo! Aunque por ahora solo se prodigan por la clase “business”.

Otra deferencia es que aquí el menú está en turco, inglés y japonés. Y con el tríptico me despejan la duda: habrá comida y desayuno pero no cena. También nos entregan el formulario de la entrada en Japón, donde debes firmar que no llevas nada que no debas llevar. Por si eres un potentado: el límite para declarar son un millón de yenes: 7.360€. O como diría un famoso corrupto: “un millón doscientas mil pelas”.
Y si eres fumador o bebedor también tienes que declarar el número de cigarrillos o de botellas si el valor excede de 10.000 yenes: 75€. Eso ya parece más cercano a la realidad. Así que cuidadito.
De repente se van las nubes y aparecen a la izquierda las grandes montañas nevadas del Cáucaso, las que separan Georgia de los estados del norte. ¿Por qué mitificamos nuestras pequeñas cosas? ¿Cuántos Gredos, Montserrat, Sierra Nevada…caben en esta cordillera?

Atravesamos el mar Caspio y hay un ocaso maravilloso. En el mapa del recorrido del avión no hay nada al oriente de este lago; ni una ciudad, ni siquiera relieve. Es algo tan extraño que me han entrado muchas ganas de visitar esa región. No se lo comento a Marisa para poder seguir tranquilo este placentero viaje.
Y llega la noche y el sueño.
Antes de amanecer compruebo en el mapa del recorrido que no hemos ido por Siberia como marcaba la ruta inicial sino que hemos atravesado China. Así ahora el terreno está lleno de ciudades y luces, y en el horizonte se ve algo como una gran llamarada. Podría ser el amanecer pero también una gran ciudad, quizás Pequín. Luego salimos de China y cruzamos Corea de oeste a este. También me gustaría visitar ese país.
Con la llegada del día nos sirven un estupendo desayuno que no ha entusiasmado a Marisa. Y después de 11 horas llegamos a Japón. Salimos a las 14:30 de Estambul y llegamos a Narita a las 8:30. Un pequeño retraso en la salida y un adelanto en la llegada que han dejado el trayecto en unas 11 horas. Cuando le contamos el viaje a una amiga nos dice por las horas de vuelo: “Yo no puedo, me moriría”. Bueno, uno se muere de hambre, de frío (muchos), de calor (unos pocos), de enfermedades mil, de accidentes, de las malditas guerras, incluso de amor o de soledad, pero nadie se muere por estar 11 horas en un avión. Cuando el personal se queja de la dureza de la vida moderna yo siempre pienso en los pobres campesinos que he visto plantando arroz en el sudeste asiático, e incluso trasvasando el agua de una acequia más baja a una más alta con la sola ayuda tecnológica de un balde. ¡Eso sí es duro!
Cuando estamos a punto de aterrizar las azafatas se apresuran a arreglar las últimas cosas y veo como tiran por el lavabo el contenido de las botellas de vino abiertas de clase preferente. No sé si lo hacen en todos los aeropuertos o es que aquí son especialmente estrictos. Con los de la clase turista no tienen ese problema: nos bebemos hasta la última gota de nuestras botellitas de 15 ml o algo así.
En este viaje las azafatas y los dos cocineros varones atendían (iba a decir “servían” pero quizás no parezca demasiado amable este verbo a la clase azafatil) a los pasajeros de la clase preferente y los azafatos a los de la económica. Y me pregunto si aquí cobrarán lo mismo atiendas a una clase o a otra y si habrá discriminación salarial por sexo. De todas maneras lo de llevar cocineros es una ganga: estos se pasan el tiempo preparando la comida y metiendo las bandejitas en los hornos. No sé si será una mejora de calidad con respecto a la atención de los clientes o una mejora en las cuenta de resultados de la compañía pues tienen a dos pinches de cocina trabajando como cuatro azafatas y seguramente cobrando como tales pinches.


Y ya estamos en el aeropuerto de Narita, grande, espacioso y tranquilo. ¡Y con los carritos de equipaje gratis!
El paso de control de pasaportes es rápido. La única diferencia con otros es que tienes que poner los dos dedos índices en un aparato que imagino que los registrará de manera que cuando cometas alguna maldad en suelo nipón no ocurrirá como en las series americanas donde los que tienen las huellas registradas en el AFIS no son nunca los culpables y los que lo son nunca están en el AFIS. Aquí si has entrado por Narita te cazan a la primera.
Consejo: si piensas delinquir en Japón no utilices los dedos índices. Aunque es muy difícil abrir una caja fuerte así o robar una cartera.
La cinta de recogida de equipajes ya es totalmente japonesa: hay una línea marcada en el suelo a un metro y medio de la elipse que forma esa cinta donde dice que no pongas allí el carrito del equipaje. Pues todos, excepto dos o tres europeos, estamos fuera de esa marca. De esta manera cuando llega tu maleta no tienes que andar dando codazos para acercarte ni maletazos para alejarte. Quizás lo hayan hecho sobre todo por esta última razón pues los japoneses, pequeñitos llevan unas maletas enormes y al cogerlas normalmente les vence el peso y se tambalean con la maleta hasta que consiguen que su centro de gravedad caiga dentro de su perímetro personal. A nuestro lado había una anciana japonesa de unos 170 años y de 1,40 metros de estatura a quien acompañaba su marido (estos eran marido y mujer, seguro) en una silla de ruedas y con una bolsa enorme como equipaje de mano. A la pareja les ayudaba una empleada del aeropuerto. Cuando llegaron sus maletas casi me caigo del susto: dos maletas grandes, pero grandes, grandes y un gran bolso de viaje. Lástima que se fueron antes que nosotros pues me hubiese gustado ver como se desenvolvían al salir de allí.
Pasamos la aduana, esta vez sin perros olisqueadores y ya estás en territorio turista: ¡Japón te espera!

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