
Como no tenemos fotografías de esta parte del viaje, ilustraré esta crónica con algunas de las tomadas hoy en Pettah.
El coche en que vamos al aeropuerto es un Prius pero con la información de la pantalla en japonés. El vehículo es nuevo pero parecen que los traen aquí directamente de Japón sin ninguna modificación pues allí también conducen por la izquierda. El conductor me dice que también importan de allí coches de segunda mano, sobre todo furgonetas pues muchas se ven con los letreros originales en japonés. Este chófer es el más tranquilo que he conocido en mi vida a pesar de ser joven. No se inmuta por nada ni ha tocado el claxon ni una vez a pesar de lo mal que conducen en general en este país. Un consejo: si tienes que ir al aeropuerto merece la pena que vayas por la autopista y pagues el peaje pues por la carretera normal hay unos embotellamientos terribles.
Llegas al aeropuerto y nada más entrar tienes el primer control personal a cargo de unos militares. Imagino que solo comprueban que no llevas un kalashnikov porque el control cabrón, ese de hacerte quitar los zapatos y el cinturón, viene más tarde.
Nuestro verdadero problema ha sido el visado. Resulta que te lo dan por 30 días y hoy hace el día 32. Vamos a pasar por el control de emigración y no sé si habré cometido un error al decirle a la funcionaria que me había despistado. “Síganme”. Nos lleva a un despacho donde hay dos funcionarios, uno de unos 60 años y otro de 40 que por el tamaño de la mesa debe ser el jefe. La funcionaria del control les explica la situación pero solo atiende el mayor. El otro no se digna ni levantar la mirada y por supuesto no ha contestado al “buenas tardes” nuestro. Debía estar enfrascado en asuntos más serios. Luego hablan entre ellos y me dicen que tenemos que pagar 10.600 rupias. El visado nos costó 40€ el de los dos, o sea unas 6.600 rupias al cambio de hoy. Sé que he infringido las normas y digo que bien, que voy a pagar pero solo tengo 2.000 rupias y que tengo que ir a cambiar. Entonces le dicen a un mozo que está allí que me acompañe. O eso había entendido yo. Cuando intento irme me dicen que no, tengo que quedarme con Marisa en la oficina y el ordenanza irá a cambiar solo. “¿Cuánto dinero tengo que darle?”. Y allí empieza una situación un tanto tensa. Marisa me dice que me pare, que no tenga una bronca, porque lo que queremos es salir, pero no se aclaran. Es que no me dicen cuántos euros. Bueno, ellos estaban empeñados en que fueran dólares pero les he dicho varias veces que somos europeos y que solo teníamos euros, moneda totalmente aceptada en los cambios en este país. La situación se ha puesto bastante difícil. Porque además el jefe, siempre con la cara muy seria como si le estuvieses jodiendo la tarde, no hablaba con nosotros sino con el funcionario mayor que a su vez nos explicaba lo que quería, pero obviamente sí que hablaba inglés el primero. Al final no saben qué hacer y nos dicen que nos marchemos. Yo no me lo creo y les pregunto si nos marchamos sin más. “Que sí, que se vayan”. Como me parece imposible se los vuelvo a preguntar. Casi se cabrean. Vaya, se cabrean más de lo que ya estaban que ya era bastante. Creo que me han dicho algo así como que me fuera y que no me querían volver a ver. No he entendido nada. Pienso que lo que debe pasar, aunque sea bastante increíble, es que el personal viene aquí de vacaciones 10 ó 12 días y nadie pasa de los 30 del visado o si lo hacen son gente que está aquí una larga temporada, varios meses, no creo que como turistas, y renuevan el visado.
Debería ser más interesante para este país que alguien se quede como turista 32 días que 10. Total que hemos salido bien librados y me ha sorprendido que no tuviesen establecido un procedimiento claro para extender el visado en la salida, aunque fuese con multa.
Así que me quedan 2000 rupias que gasto en té y en pastillas para la garganta, porque en este aeropuerto no hay una farmacia como en Nueva Delhi para gastarte hasta la última rupia como hago allí.
Encontramos un detalle muy curioso: una especie de sala VIP abierta “Reserved for clergy”. Imagínate, allí en medio de una sala cuatro grandes butacones blancos con una mesita en medio, rodeado todo por un cordón blanco.
Me hubiese gustado ver qué tipo de religiosos utilizan ese privilegio y como deben demostrar su condición si no llevan el uniforme correspondiente.



