9. Sri Lanka 2014. Séptimo día de viaje. 1 de octubre, miércoles mañana. De Mannar a Jaffna.

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Por algo este hotel de Mannar tenía opiniones muy desfavorables. Ayer pedimos el desayuno para las 7 de la mañana  así que madrugamos y a esa hora nos dice el dueño que estará a las 8. Parece que el empleado al que se lo dijimos no se lo comunicó pero en lugar de un “no se preocupen que lo tendrán en 10 minutos”, se queda tan pancho.  También se había olvidado del acuerdo de precio al que llegamos  y encima, aunque no sea culpa suya, esta madrugada unos piadosos musulmanes han tomado el relevo a las ranas cuando éstas se callaron.

Hoy cogemos un autobús del gobierno como los de ayer. Un consejo: en estos autobuses te dan un papelito muy endeble como billete. No lo tires pues puede pasar un inspector controlándolos como nos sucedió ayer.  En los buses privados que hemos cogido hasta ahora te cobran pero no te dan ningún justificante.

Salimos a las 7:45 y nos dicen que el viaje durará 4 horas. Mucho me parece para unos 100 km pero así ha sido. Otro detalle: hasta ahora todos los autobuses han salido puntuales. Ni un minuto de retraso.

La carretera de Mannar a Jaffna va pegada a la costa y aunque no se ve el mar si se huele a veces por las pequeñas industrias de salazón de pescado  que debe haber en los pueblecitos de pescadores, como el de ayer. Y el paisaje también es parecido, bancos de arena, marismas y acacias. De vez en cuando algunas vacas famélicas pero ya no se ven burros, que es un “endemismo” de Mannar.

Mannar. Burritos salvajes. Wild donkeys.

A nuestro lado viajan unas señoras con un niño pequeño y para protegerse del sol, pues no hay cortinas, han abierto un paraguas dentro del autobús. Una estampa muy graciosa. Nosotros vigilamos el este y el oeste en los viajes para evitarnos esos problemas.

Una parada de 10 minutos que aprovechamos para pipí y un té aunque el personal más diligente se toma un gran plato de arroz.

En el recorrido hay controles fijos de policía pero sin controlarnos nada. Verán que somos gente de paz. Y es que esta zona estaba “fuera de límites” para los extranjeros hasta no hace mucho.

El distrito de Jaffna es una península y han abierto una carretera en el istmo, parecida a las de Mannar, aunque  ésta sí es una isla. Espero que aquí no haya nunca mala mar porque estás a un metro del agua por ambos lados.

La estación de autobuses de Jaffna te sorprende por la poca presión que hay hacia los extranjeros. A nosotros solo se nos acerca un taxista pero sin forzarnos.

Llegamos al alojamiento previsto y hay una sola habitación disponible pero aunque no está mal gestiono con el recepcionista cambiarnos a una mejor mañana.

PD.

Antes de ir a Mannar estuve buscando en la web información sobre un hotel de esta ciudad y me encontré  con este comentario de un “Senior Reviewer” de Viena: “Except the old Fort lots of birds and the funny Baobab tree (looks like wider than tall) in town and mangy wild donkeys there is absolutely nothing of interest here! Beaches could be nice but you can see and feel the closeness to India because all of them look like a plastic dump – absolutely horrible!”

La única palabra que desconocía no podía ser peor: “Mangy: sarnoso”.

NB.

El pescado que tienen puesto a secar a veces lo ponen directamente al sol sin ninguna protección y a veces lo cubren con una red que parece que es para evitar que se lo coman las aves.  Incluso vimos a un gato que parecía que estaba vigilando para tal eventualidad. Imagino que los gatos de ese entorno están hartos de pescado seco y que prefieren una buena gaviota.

Mannar

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