46. La India 2013. 21 de octubre. De Tezpur a Guwahati. Segunda parte.

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Llegamos a Guwahati, devolvemos el coche y nos vamos a pagar lo que teníamos pendiente por la prolongación de cuatro días a Ziro.  Marisa me ha pedido que no me queje de una vez en la que el chófer intentó engañarnos en Tawang y de alguna otra cosilla más y así lo hago. Pero al darle el dinero a la empleada de la agencia me dice que le cambie un billete de 500 rupias porque tiene un pequeñito agujero en medio.  Hay que explicar que en este país un billete puede tener un agujero como una moneda de 20 duros (un euro para los modernos) y se acepta normalmente, otra cosa es si tiene un pequeño desgarro en cualquier lado, que lo rechazan habitualmente. Además Marisa siempre me dice que nuestro dinero es bueno y de calidad pero que el servicio que nos dan en algunas ocasiones no es ni lo uno ni lo otro. Y aquí vino la bronca: “¿Tú me dices que este billete no está en condiciones después de haberme alquilado un coche con unos neumáticos en pésimo estado, con los que hemos pinchado cuatro veces y con el que llegamos ayer a Tezpur de noche con la rueda delantera que se podía haber reventado por el mal estado en que estaba?”

Pues más o menos eso le dije bastante enfadado, porque yo no me había quejado de nada, había pagado religiosamente y va y me sale con lo del billete. Vaya, que me lo puso a huevo.

Para compensar nos vamos a uno de los mejores restaurantes que recomienda la guía: su descripción no puede ser más atractiva: “¿Quieres una muestra deliciosa de las cocinas del nordeste de la India todo en un solo lugar? Prueba  un surtido de platos regionales en este estupendo restaurante  y siéntete como si te hubieses entrado en un universo paralelo culinario”. ¿Lo ves?

 

Pues hemos comido de maravilla y sin picante. Marisa se ha atrevido con un plato de cerdo que estaba de miedo y “mustard green”, una especie de espinacas buenísimas (“lai shak” en algún idioma de estos estados). Además el ambiente y la decoración estupendos. Un acierto, aunque para llegar hasta allí he tenido que preguntar unas cien veces. Y así he vuelto a encontrar la cara amable de este país: tan perdido estaba que entro en un hotel a preguntar por ese restaurante; no lo conocían pero como en la guía estaba el teléfono llaman allí, les explican dónde está y me lo apuntan todo.

De esta búsqueda una lección y un consejo que me había olvidado: cuando preguntes por un lugar llévalo apuntado en un papel pero donde solo esté escrito el nombre y todo lo más la calle porque si enseñas, como yo, el nombre en la guía el personal se pone a leer todo: los precios, los platos recomendados, si es o no es “smart”,… y cuando llevan tres  o cuatro minutos leyendo te dicen que no lo saben.  Es gracioso la primera vez pero cuando tienes que preguntar un montón de veces…Vaya, que les quito la guía de las manos les digo que gracias y busco a otro con cara de saberlo. Y es peor todavía si, como me ha pasado en alguna ocasión, lo escribo en un papel con letra grande y clara antes de salir del hotel pero donde he apuntado los nombres de varios sitios a donde quiero ir, pues no son capaces de limitarse a contestar a mi concisa pregunta: ¿dónde está el templo tal? Leen el nombre del templo, el del restaurante, el de una tienda donde quiero comprar una libreta, el de…vaya, todas y el lío que se hacen es monumental.

De vuelta al hotel  pasamos de nuevo por el barrio que está al lado de la estación y atravesamos el paso elevado sobre las vías.  Las calles de ese barrio siguen siendo un hervidero de gente así como una “booking office” donde compran los billetes de tren. No sé porqué no lo hacen en otra oficina grande y moderna donde fuimos nosotros.

Como se ha acabado la “Durga Puja” están empezando  a desarmar algunos “pandals”.


En la calle principal una casa en construcción con un enorme andamio hecho con bambú.

Al lado de la estación un señor está pelando unos enormes calabacines; después se sienta en un banco, coloca un gran cuchillo curvo entre las piernas y los va cortando en rodajas, no sé con qué fin, pero su figura con ese cuchillo saliéndole como de la bragueta es curiosa.

Como estamos en Asam quiero comprar té de este estado y pregunto a los dos jóvenes y encantadores recepcionistas de hotel: me recomiendan una tienda que está en el Fancy Bazar y además uno de ellos se presta a llevarme a otra que conoce él. Marisa se queda en el hotel y me voy con él en su moto. Es un chico  amable y tranquilo y conduce como tal porque en Guwahati ir en una moto de paquete te puede dar mucho miedo aunque con el embotellamiento continuo tampoco se puede correr mucho.

En la tiendecita de té solo tienen CTC, que es el habitual en la India, y compro siguiendo sus recomendaciones. De regreso al hotel me lleva a su casa y me presenta a sus padres con quienes vive. Cada día una sorpresa. O dos. Charlo con ellos, me ofrecen un té, que se transforma en un cena ligera y aunque es muy interesante yo estoy intranquilo pensando en Marisa que quizás estará preocupada por mi tardanza, sobre todo sabiendo que me he ido en moto, pero ya le han llamado al hotel explicándole mi retraso.

Ha sido muy interesante y además espero que el té sea bueno pues es el mismo que toman ellos en su casa.

Mañana Guwahati turística.

Sobre los billetes de banco.

Ahora es menos frecuente pero antes los billetes a partir de 50 rupias acostumbraban a tener grandes agujeros en el lateral del papel, en ese lugar donde suele haber un círculo blanco que mirado a trasluz permite ver la cara de algún líder, muchas veces de Gandhi.  ¿Por qué? Pues porque cogían los billetes para formar tacos con ellos con unas grandes grapas que iban de lado a lado del paquete. Para separarlos no quitaban primero las grapas con las máquinas que hay para tal fin o con un cuchillo o similar: arrancaban un trozo del taco del otro con un fuerte estirón. Esto hacía que como el tiempo todos los billetes tuviesen en medio un agujero que en algunos casos era considerable. Pues bien ese deterioro era considerado normal y nadie te rechazaba un billete por esa causa, pero que no se te ocurriese intentar “pasar” un billete con un corte por pequeño que fuese. Imposible. Siempre lo rechazaban. Y no te digo nada si le faltaba un trocito aunque fuese una punta diminuta de una esquina. Condenación eterna.

La solución: rechazar cualquier billete que creas que te puede dar problemas a ti.

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