45. La India 2013. 21 de octubre. De Tezpur a Guwahati. Primera parte.

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Este país sigue sorprendiéndome todos los días, y generalmente con sorpresas agradables. Al final será para eso, para sorprenderme, para lo que vengo a la India: tengo amigos que me preguntan que porqué regreso otra vez si sigo encontrando el país caótico y lleno de problemas para viajar.  Pues quizás sea para eso, para encontrarme con nuevas sorpresas, nuevos acontecimientos, nuevas gentes, nuevas experiencias al fin.  Y también con alguna bronca y algún desencuentro.

Hoy nos ha despertado “nuestro lagarto” a las 5 de la mañana aunque la verdad es que ni lo he visto.

Hemos decidido romper con la monotonía de la tortilla francesa (la alternativa es el “puri bhaji”) e ir a desayunar a la pastelería donde estuvimos ayer.

Son poco más de las siete de la mañana en una ciudad de tamaño pequeño (la guía le adjudica 105.000 habitantes) con casi nadie por el centro y con las calles recién barridas. Marisa me  dice: “Esta es la India que me gusta: hace fresco, está tranquila y está limpia”. Luego veremos como una vaca le pega un viaje a una bolsa de basura que está amontonada junto a otras a la espera de ser recogida, la revienta y esparce todo el contenido por la calle principal, la “Main Road”. Y por supuesto esta vaca no se limita solo desparramar la basura y a comer. Ya me entiendes.

En este establecimiento que tanto nos gusta tienen una placa de metacrilato en cada mesa con los tés y sus precios y veo un detalle que va contra todas las reglas de marketing: un té de 60 ml cuesta 6 rupias; el mismo de 100 ml 12 rupias. O sea si te pides dos de 60 ml te cuesta lo mismo que uno de 100 y recibes un 20% más de producto,  además de haber utilizado dos recipientes.  Tendría que haberles preguntado la razón. También es la primera pastelería que tienen un gran surtido de duces y pastas “sugar free” y “egg free”. Detrás de esto estará que el dueño es diabético o tienen un hijo alérgico a los huevos.

El desayuno ha sido delicioso y a pesar de la hora ya tienen bastantes clientes.

Cerca del hotel una pintada en una pared representado una virgen con niño, lo que es bastante chocante pues ya estamos en tierra hindúes.

Salimos a las 8 y media de la que será  nuestra última etapa de vida regalada y transporte cómodo pero más peligroso que ninguno.

Ayer fuimos  la estación de ferrocarril para ver si había venta anticipada de billetes y como nos dijeron que sí y que abrían  a las 8, allí nos hemos ido.

La estación de la “Indian Railways” no es la típica estación india: esta parece de otro país, igual es que no pasa casi ningún tren pues está con los andenes vacíos y las vías con bastante hierba. Pero sí se debe utilizar para la venta anticipada pues delante del “counter” encontramos  el típico “montón de hombres haciendo la ‘cola india’ para sacar un billete”. Veo que aquí no podré sacar nuestros billetes en la vida así que entro en el andén de la estación y la única puerta abierta con un señor sentado al fondo tienen un gran letrero que dice “NO ADMITTANCE”, así con mayúsculas. Entro y le cuento al señor mis cuitas: “soy ‘senior citizen”, ¿hay alguna ventanilla especial para mí como es habitual en las estaciones indias de tren?”.  Respuesta: que como tal persona mayor y como extranjero que me vaya a la ventanilla general y que me pase a todos. Primero consigo el famoso “Reservation/Cancellation Requisition Form”. Lo relleno y allí me dirijo.  Intento decir algo como “jóvenes soy una persona mayor y me voy a colar”.  De esta manera alcanzo una abertura a la altura del mostrador y donde viene justo para meter el dinero y donde tienes que meter primero la boca para que te entiendan y luego la oreja para entenderles a ellos. Y eso ha resultado imposible pues piensa que además tenía  detrás de mí a 15 ó 20 hombres empujando porque también quería meter su “Form” y su dinero por la misma abertura que ahora tenía yo monopolizada.  Así que después de una infructuosa conversación, el que ha resultado ser el jefe de las ventanillas nos ha hecho pasar a su despacho. Allí he aprendido cosas que no sabía ni entendía del funcionamiento de la burocracia del ferrocarril indio, pero que gracias a la amabilidad de Pulakesh Das, que así se llama el joven, hemos salido con los billetes de Guwahati a Delhi y de Delhi a Dehradun. La experiencia la explicaré en otro post para que sirva de ayuda los atribulados viajeros españoles por la India que me lean.

Un detalle curioso: el jefe tenía escrito en un papel clavado en la pared: “Rail Minister Mallika Arjun Fharcay”.  Eso se le llama ser precavido, porque aquí no debe ser como en España que todos conocemos el careto de todos los ministros y además tienen nombres sencillos como Montoro o fáciles de recordar como Wert. Parece que a este lo han cambiado hace poco y no se lo sabía de memoria y no me extraña con ese nombre. Aunque tampoco creo que venga mucho por esta estación.   Luego compruebo que realmente su nombre es Mallikarjun Kharge.

Y así partimos para Guwahati a las 9 y media de la mañana.  Al atravesar la ciudad una estampa que podría haber sucedido en cualquier lugar de España: una madre con su hijo camino del colegio y la mamá con la mochila del niño a sus espaldas. La gran diferencia es que en nuestro país la iglesia del Divino Socorro que hubiese servido de telón de fondo no tendría el colorido del “Sree Gaudiya Math” tezpureño.

La carretera es buena lo que supone ir a 80 ó 90 km por hora. Y pasar bastante miedo. De nuevo todo lo de los otros días y de nuevo una de las cosas más inútiles, peligrosas y fáciles de resolver en la circulación pero que aquí a nadie le preocupa: la policía en la entrada y salida de los pueblos y ciudades, el ejército en las cercanías de sus cuarteles y ambos en alguna otra ocasión, establecen puestos de control. Estos consisten habitualmente en tres grandes barreras metálicas sujetas con grandes pedruscos que ocupan la mitad de la calzada, dos a un lado y el tercero en el otro. Pero no hay controles nunca. O sea que los colocan, controlan una vez, imagino, y los dejan para siempre. Así los avezados conductores lo saben y pasan todo lo rápido que pueden pues los dos carriles se han trasformado en uno y si van despacio, vaya, como iríamos tú o yo, entonces  se les cuelan los que vienen de frente y aquí nadie quiere perder esa batalla.

¿Has oído hablar de la prueba del alce que tantos problemas causaron a la Mercedes en el lanzamiento de la clase A?  Pues parecido;  aquí esa prueba es constante y con todo tipo de vehículos y además la superamos con éxito y muchas veces.

Así que muy peligroso pero allí siguen los hierros y las piedras. Y entonces llegas a la carretera “casi autopista”: doble carril en ambas direcciones con una gran mediana separándolas, por lo que crees que ya es seguro y que por tanto el coche puede ir a más de cien por hora.  Error. Cada uno o dos kilómetros hay trozos sin mediana para que los coches puedan cambiar de dirección, pero ¿puede un conductor indio retroceder 400 ó 500 metros para hacer esa maniobra si accede a esa autopista en el sentido contrario al que quiere ir? Por supuesto que no. La solución. Circular por el carril de adelantamiento, el central, en dirección contraria hasta que encuentra un paso al otro lado de la mediana. Así que si tu vas en “tu coche”  (no conduces tú, no es “tu coche”, pero piensas como si lo fuese), adelantando a 90 por hora a un camión y entonces aparece por ese carril de adelantamiento  en dirección contraria a la tuya (lo que en navegación marítima se llama “rumbo de colisión”) una bicicleta, una moto o un coche. ¡Y eso es normal! Y luego habla la guía de carreteras de montaña peligrosas… ¡Esto sí es peligroso!

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