No sé si será por las plegarias budistas en esta casa pero he dormido como un tronco.
Antes de desayunar nos vamos a visitar un monasterio cercano, Tharpa Choling. El camino pasa por una especie de extrarradio de la ciudad. La distribución del agua es como en Darjeling o quizás más exagerado. Parece que cada casa que tiene agua la coge directamente de un tubo distribuidor gordo y la cañería recorre por la calle 100, 200 ó yo qué sé cuantos metros antes de llegar a esa vivienda. Así se ven un montón de tubos metálicos bajando por un lado de la calle. El disparate máximo es un edificio por delante de cuya fachada atraviesa una de esas cañerías gordas de distribución: el tubo pasa por delante de la puerta de la casa a un metro y medio de altura cruzándola de lado a lado y por delante de la puerta de una tienda a 1 metro, pues baja en pendiente.
Tharpa Choling es un monasterio de comienzos del siglo XX. El templo está cerrado pero enseguida aparece un joven monje con parálisis cerebral que nos lo enseña a gran velocidad. La pregunta típica: “¿Cuántos monjes hay?”. “Cincuenta”. “¿Cuántos estudiantes?”. “Treinta y cinco”. Son números redondos pero dado el gusto budista monacal por las decenas no me sorprende. Pero por lo menos no son los 200.
El exterior de la puerta con sus habituales cuatro guardianes, los “lokapalas”, está recién pintado pero muy bien hecho. Hay un señor allí que resulta ser el artista que lo pinta. Hablo con él, le digo que está muy bien y entonces me lleva a la planta superior donde tras coger una llave tras otra y pasar por otras tantas puertas cerradas llegamos a una habitación recién decorada y sin utilizar todavía. En una pared hay dos thangkas, uno es antiguo y el otro nuevo, ambos magníficos. Pues resulta que el nuevo lo ha hecho él y que la estancia está preparada para recibir el mes de diciembre al Dalai Lama. Hasta me enseña el cuarto de baño. Enorme para los estándares de los hoteles a los que voy, pero claro yo no soy tan excelsa figura.
Al salir veo un lecho delante de la puerta: “¿Aquí duerme el Dalai Lama?”. “No, su guardaespaldas”.
Así que he conocido a un verdadero artista de thangkas. “¿Y no vendes las obras?”. Entonces nos conduce a su casa que está cerca. La casa es normal, imagino, en el entorno en que se encuentra, pero el exterior es pobrísimo. Nos lleva a la sala de estar. En una repisa está la fotografía del Dalai Lama con Obama, además de otras del Dalai solo. Nos explica cómo se hacen los thangkas y nos enseña uno que está solamente dibujado y otro sin acabar. Se ve un trabajo de mucha calidad. Me habría gustado comprarle el que estaba solo perfilado y le pregunté el precio. Y me lo detalla: tanto la tela, tanto por los días de trabajo a tanto cada día y salen tantas rupias. Y es razonable pero caro. El problema es que yo no puedo regatear con un trabajador; no puedo decirle: ganas una mierda con tu trabajo pero te voy a pagar la mitad. Con un comerciante no me importa hacerlo pero no con aquel hombre, así que ni lo intento y me quedo sin thangka. Pero ha sido una experiencia muy interesante.
Me dijo que es tibetano pero del Tíbet (quiero decir que por estas tierras hay muchos tibetanos pero solo de origen, nacidos aquí) y que hablaba ese idioma, hindi y nepalí. “¿Y no hablas bengalí?”. “No, bengalí, no”. (Te recuerdo que estamos en Bengala Occidental).
Luego nos vamos a otro monasterio cercano, Thongsa. Este es un monasterio butanés. ¿En qué se nota? Pues en que los monjes son de ese país. No sé si aquí también esperan al Dalai Lama pero la iglesia la acaban de blanquear o algo parecido y están empezando a pintar todas las figuras de Buda y sus historias, incluida la de la señorita blanquita entre sus brazos azules. No creo que si su santidad llega aquí en diciembre esté acabado todo esto. (Por cierto cuando escribo estas notas en el ordenador, ya en casa, han salido las nuevas normas ortográficas y “papa” se escribe así con minúsculas. Por eso imagino que el tratamiento del Dalai también se escribirá así y se habrá apeado de la excelsitud de las mayúsculas).).
Oímos rezos en el piso superior y subimos. En un rincón hay dos monjes rezando en voz alta aunque cuando llegamos están en un receso y comiendo un pequeño bol de arroz y bebiendo té, pero siguen sentados en el suelo. Lo curioso es que a diferencia de todos los monjes, que van pelados al cero, éstos llevan el pelo largo, uno incluso con una coleta.
Aparecen un grupo de fieles, señoras como siempre, y le dan arroz y otras cosas a un monje, éste sí pelado, que haciendo extraños ritos va echando el arroz, las galletas y plátanos en un altar (donde se estropearán y lo tirarán a la basura). Y también dinero, que ése no se estropea.
Una de las señoras echa tres dados e imagino que el monje le explica el significado. Cuando acaba con el “horóscopo” aprovecho para preguntarle el porqué de la diferencia de los melenudos y él: “Sampa, pelo largo, yellong, corto”. O algo así. Porque ya te puedes imaginar lo que yo hablo de butanés.
También me dice que en este monasterio hay 80 monjes (otra vez las decenas budistas) pero que ahora casi todos están en Bután para la “puja”.
Damos una vuelta por el exterior y nos encontramos con el monje del pelo largo y me pongo a hablar con él. No consigo saber porqué no va rapado ni porqué está aquí y no en Bután como los demás. Nos invita a entrar en su celda que comparte con otro, imagino que con el de la coleta. Es espartana pero con todas las decoraciones budistas típicas. Veo una fotografía de un guapo joven e intentando ser simpático y parecer entendido le pregunto si es el karmapa de Rumtek. Planchazo: es el rey de Bután. Es como si un butanés llega a España y ve un retrato de su majestad, nuestro rey, y te pregunta si es Fray Justo Pérez de Urbel (ése fue el famoso que el de ahora solo lo conocen en los medios de extrema derecha católica), abad del valle de los Caídos –versión madrileña- o Josep M. Soler, abad de Montserrat –versión periférica-.
Sabía muy poquito inglés pero utiliza un ingenioso truco para decirme su edad: “twenty ten». O sea 30.
En cuanto nos despedimos de él nos “caza” una amable señora: que entremos en una habitación a tomar un té. Resulta que allí se reúne la colonia butanesa, no sé con qué frecuencia, para charlar y contarse las novedades. Entramos, nos sentamos con gran peligro de nuestras articulaciones en una especie de tarima a tres centímetros del suelo, nos ofrece un té con leche y mantequilla salada y un platillo de arroz dulce que hay que comerse con las manos. Menos mal que estábamos sentados apartados de los butaneses porque pusimos el suelo perdido con nuestra impericia para comer con las manos.
Tengo la mochila grande un poco averiada y la llevo a arreglar. El señor me dice que es nepalí sherpa y que hablo un inglés muy bueno. Tendré que volver todos los años a llevarle cosas para coser pues es la primera vez que me lo dicen.
Por la calle veo a uno que vende cosas pequeñas de barro, lo que sorprende es que uno de los objetos es una botella de butano de unos 20 cm de alto. Ni idea de para qué sirve. Marisa opina que para decoración pero no recuerdo haber visto nunca nada tan feo.
Buscamos alguna cosa budista para recuerdo y nos llevamos la sorpresa de que algunas las venden al peso y que la diferencia de unas tiendas a otras es enorme, más del 70%. Y no se trata de calidad pues todas son iguales.
Hoy llegamos a tiempo de entrar en internet pero en cuanto salimos a la calle se va la energía eléctrica y es de noche cerrada. Y mira que siempre que salgo de noche me cojo una linterna pero hoy hemos salido muy temprano y ayer la electricidad volvió cuando era todavía de día. Así que regresamos al hotel aprovechando la luz de los pocos coches que pasan o las linternas de los kalimpongueses más precavidos que nosotros. Paso los 15 minutos del camino maldiciendo mi imprevisión y este país que permite que una ciudad así se quede sin electricidad.
Al poco de llegar al hotel vuelve, regresamos al centro y podemos cenar y despedirnos de esta ciudad. En la mesa de al lado hay una pareja joven de enamorados cenando también. Él le da de comer a ella con el tenedor como si fuese un pajarito. Y encima debe estar inapetente porque se ha dejado casi todo el plato. Al final el chico llama al camarero y éste aparece a los cinco minutos con dos botellas de vino, una de ellas por la mitad; le quita el corcho y el joven la huele. Dado el conocimiento enológico de la India no sé qué aromas prefieren. Oigo el precio de la botella y cuesta 7 u 8 veces el precio de la cena de una persona pero la pide. Pienso que si se la beben ahora después de cenar, y más con la exigua cena, agarrarán una buena cogorza. Estoy dispuesto a esperar un rato para ver como beben y actúan pero el camarero se la trae envuelta en una tela. Se la beberán en el hotel. Se acabó el estudio antropológico sobre el comportamiento de la juventud enamorada y el alcohol.
Mañana nos vamos a NJP. Esto se acaba.
PS
Más orquídeas.
Kalimpong, además de por sus productos budistas es famoso por sus viveros de flores así que vamos a ver uno de orquídeas. Está en un hotel que es precioso, con jardines de película. El problema es lo lejos que está pero en la entrada hay un grupo de jeeps con sus chóferes: son el “personal de servicio” de un grupo de una veintena de occidentales de mediana edad que están por allí gozando de las delicias del lugar.
Pero para nosotros ha sido decepcionante pues las orquídeas no estaban en su mejor momento. Pero si vas con transporte propio es un lugar maravilloso para hospedarte.