2.2 De Madrid a Calcuta. Segunda parte.

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Desembarcamos en Doha y el “transit” es agobiante. Es que este aeropuerto se diferencia del resto que conozco, en que de un vuelo con un avión enorme menos del 10% pasan la inmigración, todos los demás vamos de “tránsito”. Y ahora hemos coincidido tres aviones. Por más que varios empleados se desgañitan diciendo que los que se quedaban en Doha fuesen por un sitio vacío y cómodo allí no iba ni Dios. Que aquellas solicitudes parecían las de las tentaciones de San Antonio, famoso santo porque fue tentado por bellas señoritas y él prefería un mendrugo de pan que le llevaba un cuervo. Y nada de amor, que los cuervos son muy reservados. (Si no es así es muy parecido). Pues a pesar del gentío que estábamos en el tropel del “transit”  nadie quería ir a Doha.  Y cuando ya estábamos a mitad aparece otra muchedumbre de personal pequeñito y asiático. Y los empleados del aeropuerto lo mismo: “A Doha, a Doha”. Pero ellos ni caso: al follón.

Al final logramos pasar a la zona de embarque.

El aeropuerto es de lujo pero los lavabos ya son asiáticos. Y es que en los países donde la gente se limpia el culo con agua (y la mano) serán muy higiénicos pero es muy difícil que no manchen el suelo.

Cuando llega nuestra hora nos vamos a la fila de embarque y un empleado nos cambia el ticket.

Yo suelo comprar los billetes con bastante antelación y así elijo los asientos también con mucho tiempo. Alguna vez me ha ocurrido que al embarcar me dicen que ha habido un problema y que tengo otros asientos, generalmente peores. Así que hoy me pongo en “prevengan”, que decían en la mili y por el que a los soldados nos preparaban para la batalla. Imagino, porque los términos militares suelen ser bastante absurdos para los que tenemos alma civil.

-¿Por qué me cambian el  asiento?     

-Porque les damos clase “business” pero con servicio de “economy”.

Que se lo hice repetir tres veces porque no lo entendía.

Así que pasamos de la fila 15 a la 5.

Detrás de nosotros subieron dos jovencitas rubias y un punto famélicas que les había pasado lo mismo y que al entrar y ver sus asientos se pusieron a dar saltos y grititos. Hasta se hicieron fotografías. Yo me presté a hacerles una para que pudiesen salir juntas  pero como en la clase preferente hay tanto espacio para moverse no me percaté que la altura del avión era la misma que en la de turista y me pequé un viaje con la cabeza en la puerta del compartimento de equipajes,  lo que fue muy celebrado por el resto de viajeros. Vaya, que se les escapó la risa.

Parece ser que en estos aviones hay tres compartimentos: el que está al lado de la cabina de los pilotos con cuatro filas de 2+2+2 asientos, luego otro de cinco filas también de 2+2+2  y luego desde la fila  10 -que es la de los papás con niños pequeños, no te pidas la 11, forastero- hasta la cola. Así que en nuestro vuelo de la 5ª a la 9ª la habían llenado de advenedizos: comprobé por el “service” de cena que todos de esa clase veníamos de la de los “económicos”.

Lo peor de ese viaje es que solo duraba un poco menos de 4 horas porque el asiento era increíble. ¡Mira que viven bien los ricos! Nosotros habíamos volado en primera de Paris a Bangkok en una ocasión por un problema de Iberia y como lo hicimos en Air France nos pusimos ciegos de “foie” y “champagne” pero los asientos no eran así, y es que ahora deben ser más modernos, que el panel de mandos tiene más botones que la taza de un retrete japonés. : aprietas un botón y se convierte en una cama. (No, el retrete no, el asiento del avión). Hasta había  dos que te daban masajes; lo malo es que los descubrí al final porque si no llego al destino nuevecito.

Ahora entiendo porqué una amiga mía me dijo que ella los viajes largos los hace en clase preferente o no los hace. Claro que ella se puede permitir esa chulería.

Y es que hasta el lavabo era más grande. Vaya, como el de un piso antiguo.

Llegamos a Delhi a las  00:00 de España, que eran las 01:00 de Doha y las  3:30 de Delhi. O sea un lío.

Hace tiempo coincidí en un viaje de esos largos con una niña palestina cristiana ortodoxa que iba a Chile, muy inteligente, y me pregunto por la hora. Le dije que qué hora quería saber si la de Bangkok, que llevaba en el reloj, si la de Ammán donde habíamos hecho escala o la de Madrid hacia donde íbamos. “No, no, la hora de aquí”.  Creyó que era un idiota cuando le expliqué que no había una hora “de aquí”.  Ý yo pensé que ella tendría que haber viajado con Heráclito.