26. Ammán, 2º de 2.

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El anfiteatro romano de Ammán.Sigo con lo de los taxistas.
En Ammán  hay dos clases de taxis, los normales que son amarillos  y que llevan taxímetro y los blancos que no lo llevan y que se llama ‘servis’. Estos son taxis compartidos con recorridos fijos aunque también se te pueden ofrecer para  llevarte a cualquier sitio pero con un precio fijo.
Los amarillos cuando pasan a tu lado si van libres suelen dar un pequeño pitido.
Cogemos un taxi cuando lo deja otro cliente y le digo que si lleva taxímetro. Sabía que lo llevaba porque es obligatorio pero quería decirle que lo pusiese. Me dice que sí y lo pone. O quizás no y deja que corra desde la anterior carrera. El primer y último taxi que cogimos fue cuando llegamos a esta ciudad  para ir desde el hotel a la estación de autobuses así que me hacía una idea de las distancias y los precios.  Llegamos al destino y me dice que 10 JD. Y fui tan idiota que le di uno. Que tenía que haberle dado cero acompañado de la frase ‘y una mierda te voy a dar’. O en inglés: “I am going to give you a shit. Bloody bastard!”. Pero lo dicho: soy un blando y un cristiano compasivo y le di un dinar. Y él no dijo nada. O no lo oí. Que seguro que lo dijo. Lo más suave podría ser: “este idiota no entiende los números en inglés”.
Otro día cogemos otro a la salida de la ciudadela. Uno normal, amarillo. Enfila cuesta abajo y le digo que ponga el taxímetro. Me dice que no. Le digo que pare. Me dice que le pague al final lo que quiera. Pues eso tenía que haber hecho: haberle pagado al final del viaje medio jidi. A ver que cara  ponía. Me dice que lleva mucho rato esperando  y que se dedicaba a hacer tours. Y yo que pare y él que no. Abro la puerta y para. Regreso cabreado a la parada que estaba en la puerta de entrada a la ciudadela y me dirijo a un “tourist police” que había allí explicándole lo que me había pasado. Mientras tanto el taxista cabrón ya había vuelto allí también.
A mí lo que me pedía el cuerpo es que hubiese sacado el arma reglamentaria  y le hubiese pegado un tiro en cada rodilla, pero por lo visto el poli no era “Harry el sucio” y encima tenía que convivir con ellos. Le pregunto por donde puedo volver andando porque no me fío de ningún taxista.   Y me dice que confíe en él. Pero así en plan sentimental y mirándome a los ojos. Llama a otro taxista y nos vamos a la mezquita que queríamos ir. Como se portó bien le contraté para que nos llevase del hotel al aeropuerto al día siguiente.
Otro punto negro de esta ciudad. Y éste es por mi culpable laicidad y mi firme creencia en la reciprocidad.  Llegamos a la mezquita del rey Abdullah. Según la guía es la única que admite la visita de no musulmanes. Es de 1989 y puede albergar a 7000 rezadores en su interior y 3000 en el patio interior. Y tiene un espacio reservado para 500 mujeres. O sea el 5% de los posibles fieles. No está mal. (Aunque según Mao sean la mitad del cielo, se ve que los musulmanes no creen mucho en el líder chino). La guía dice también que hay que pagar 2 JD y entrar cuando no hay rezos. Llegamos esperamos la hora ‘sin’ y entramos. Pasamos por la cabina que quizás fuese la de los tickets pero no hay nadie controlando la entrada. Dentro de la mezquita hay media docena de rezadores. Entonces uno con gorrito blanco, barbas y unas faldas ve a Marisa y se pone a gritar, o casi, que salga fuera. Nos deja un poco descolocados pues no sabemos si es por el hecho de ser mujer –mira que le tienen manía a las mujeres los islámicos- o porqué. Y nos percatamos que es porque lleva la cabeza descubierta. Me parece muy bien: una mujer no puede entrar en la mezquita con la cabeza descubierta pero cuando un buen musulmán como aquel sacristán se pasea por el Raval o por  Lavapiés  con una falda se le dice que eso en España es de travestis y que debe llevar pantalones.
Marisa se pone la capucha del chubasquero que lleva entonces por la lluvia  -que parece un pescador de bacalao de Terranova- pero no es suficiente. Me quito mi forro polar y se lo pone por la cabeza como si fuese un chador. Entonces llega otro sacristán y nos dice de malas maneras que ‘two dijis, two dijis’. Seguramente debería haber estado en la garita de controlar infieles cuando hemos llegado y no estaba y ahora se ha cabreado. Pues nos fuimos. Pero creo que hay que tratarles de la misma manera que nos tratan.
Al salir de la mezquita intentamos coger un taxi para ir al centro. Nos para uno de los ‘amarillos’ y que va ya cargado con una chica. Le digo donde queremos ir y nos dice que 4 dijis. Le contesto que sólo queremos ir al centro, no a Irbid. No sé si me entendió pero se largó. Y el colmo del despropósito, éste mío, es que uno de los ‘blancos’ que estaba parado me pregunta si queremos ir con él: le pregunto por el precio y resulta que va a Damasco, pues era la parada de los taxistas sirios. Y eso lo sabe todo el mundo menos yo.
Pues ese taxista junto con el dueño de una papelería nos ayudaron a coger un ‘servis’ que en cinco minutos nos dejó en el centro de la ciudad.
En resumen: todos los filadelfios menos tres taxistas  y  dos sacristanes se portaron de maravilla con nosotros.
Habibah: una institución en Ammán.  Nos la señaló Hélène pues está muy cerca de nuestro hotel. Una pastelería con dulces muy buenos aunque el que empleamos como estándar de medida no es tan bueno como el de Irbid.
También nos encontramos tiendas muy interesantes de especias. Nuestros amigos MIJE  nos hablaron de una hierba que había tomado con el té y que le daba un sabor muy especial. No, no era menta ni hierbabuena: es ‘maramiye’. La buscamos y la encontramos. Es salvia. Las tiendas que venden las hierbas están llenas de sorpresas. En una vendían conchas de sepias que también había visto  en algún mercado de Rangún: sirven para limpiar los dientes pero visto el aspecto que tenían me parece que el personal prefiere la pasta dentífrica.
Un consejo: quizás ves una bolsita de alguna hierba en tu país en plan bonito y cuando llegas a un país de éstos sigues pensando en el precio de allí. Pues ojo con lo que pides porque te puedes llevar una cantidad para un lustro.
Y encuentro una información curiosa: es mejor la menta para añadir al té en verano y la salvia en invierno. Ni idea de porqué.
Meteorología. Y ya lo he contado: de desfavorable a muy desfavorable. Desde mi último viaje a Japón acostumbro a mirar la previsión en internet en un sitio que suele acertar. Lo que pasa es que son un poco soberbios, o como decís los jóvenes ‘van crecidos’, y llegan a predecir las horas totales de lluvia por día e incluso el tiempo hora por hora. Y no es que no hayan acertado, es que Marisa que es menos científica que yo no se lo creía: “No te preocupes ‘habibi’, –aquí se dice mucho ‘habibi’-, que a las 14:00 va  a dejar de llover”.  Y claro no paraba. Que bastaría que dijesen lo mismo que en España: ‘lluvias y algún claro’.
Fútbol.
Aquí no te marean tanto como en el sudeste asiático pero les encantan los equipos españoles. Además creo que la mayoría son del Barcelona, así que los del Madrid son más militantes. Una noche estaba en la sala de estar que hay en la recepción del hotel y un abuelito jordano huésped les dijo: ‘jamalají, jamalajá, Valencia Atlético de Madrid’. Y se fué me imagino que a ver un partido. Me quedé de piedra. No sé si es que en ninguna de la 400 cadenas de la tele transmitían el partido –desde luego no se veía TVE pero había dos centenares de emisoras cuyo nombre empezaba por ‘Al’- o es que los del hotel preferían ver una peli de Bollywood  a las que son muy aficionados.
Siguiendo con el hotel. Un anoche aparece una jovencita francesa. Odile. Resulta que había estado  alojada allí cuando había llegado a Ammán camino de Petra  y ahora regresaba a Francia. Le daba un poco de miedo coger el autobús al aeropuerto a ella sola por la noche y pidió esperar allí hasta que llegase un taxi que era de su confianza. Entendí que trabajaba en una línea aérea pues había hecho un viaje de sólo un fin de semana. Y entre sus informaciones y las del dueño del hotel que resultó ser de Petra y tener otro hotel allí me enteré de lo que había pasado.
El último día que estuvimos allí fue el jueves. El viernes cuando regresamos a Ammán estuvo cerrado y también el sábado. El domingo abrieron que fue cuando lo visitó Odile. Se había ahogado un niño beduino, no sé si en alguna laguna que se formó o en  alguna cavidad de las rocas que se llenó de agua. Todas las tiendas estaban cerradas en señal de luto. Según el dueño del hotel hacía 15 años que no llovía tanto. Y debe ser terriblemente cruel que alguien se pueda ahogar en el desierto.
Este hotel, aunque la guía no lo pone muy bien y fue nuestra tercera opción, ha resultado tener la mejor cama de todo el viaje e incluso no me extrañaría que hubiésemos estrenado los muebles que por cierto son del color de las cajas de muerto. Al final ha sido una estancia agradable en la que solo hemos hecho una visita turística: la ciudadela.
NB
Cuando digo lo de “del color de las cajas de muerto” quiero decir de las de España, que ya sabéis que los musulmanes no los entierran con caja sino simplemente envueltos en tres sábanas blancas los hombres y cinco las mujeres. (Este detalle numérico no lo sabíais). Y directamente en tierra. Hace años un chófer musulmán que conocimos en un valle del norte de la India nos preguntó si en España a los muertos los enterraban o quemaban. Y dio un suspiro de alivio al enterarse de que la práctica era el enterramiento, porque debe ser una gran putada  que seas musulmán y te mueras en la India sin que lo sepan y te incineren. Y eso debe darles yuyu  a la gente que viaja por todo el país y se pueden morir en cualquier sitio.