Decidimos dedicar la segunda parte del día a una excursión que nos va a llevar a algún punto del que se pueden tomar fotografías casi cenitales del Tesoro.
Se sube primero por unas escaleras de las que algunas son recientes y otras de la época nabatea. Sorprende que teniéndolas que hacer excavadas en las rocas tengan más de tres metros de ancho. Claro que siendo nabateas y después de ver lo que hacían no iban a ponerse a excavar una escalera y hacerla de un metro.
Tres jóvenes nos pasan -lo que no es difícil- en la subida.
Al final se llega a una meseta donde hay varios lugares destinados antaño al sacrificio. Y un beduino en una especie de cueva con un burro. En cuanto te ve te ofrece té. Y es que está allí solo esperando a que algún extranjero diga que sí. Luego comprobé que había utilizado la misma técnica que en los caminos que hay por encima de la plaza del Monasterio: de repente en lo que te parece el camino natural te encuentras una serie de piedras cortándolo y señalándote otra dirección para que de esa manera te vayas a otro puesto de baratijas y té. Y además como ya no estás en el camino le tienes que preguntar a él. Y es que no hemos encontrado a nadie para saber si vamos en la buena dirección.
Seguimos pero con la duda y entonces un grupo de tres nos grita desde lejos. Todavía me quedo más mosca. ¿Nos habremos equivocado? Afortunadamente aparecen los tres que nos habían adelantado en la subida y nos dicen que vamos bien y dónde está el mirador. Me hubiese ayudado mucho saber el significado de la palabra ‘ravine’ que entonces desconocía: barranco. Así llegamos a unos salientes que están enfrente del Tesoro. Y te encuentras a unos 200 metros por encima de la plaza con una preciosa vista del monumento y otra en picado sobre el personal que lo contempla. Imagino que también hay vistas sobre el Siq pero no llegamos a investigarlo pues a lo lejos, pero acercándose, se ven unas nubes negras, negras. Cuando empezamos el regreso llegan los tres que nos habían gritado: son dos chicos y una chica franceses que se habían perdido. Y yo que creía que el perdido era yo. Nos preguntan si conocemos el camino para ir desde allí directamente a la salida de Petra. No llevaban ninguna guía, ni mapa, ni creo que brújula y no demasiada ropa. Les muestro dos posibles opciones que están marcadas en mi guía, pero que no me parecen muy claras. Una de ellas parece que llega al Siq, pero no la he visto cuando he pasado por allí y la otra llega al túnel de los nabateos, al comienzo del Siq donde dice que es peligroso pasar sin un guía. Y uno de ellos quiere volver por donde han venido. Así que con buen criterio hacen así. Eso me tranquiliza pues la guía dice que con lluvia algunos de esos caminos pueden ser peligrosos. Les vemos alejarse pero en algún momento han debido encontrar el camino que buscaban y desaparecen. Visto lo que luego nos pasó estuve preocupado por su suerte.
Cuando estamos cerca del refugio del beduino lo veo que se aleja montado en su burro. Esta tarde hemos pasado por allí 8 turistas y no creo que haya hecho demasiado negocio y encima los negros nubarrones que se ven anuncian que no tendrá más visitantes. Llegamos a las escaleras y regresamos hacia el valle.
Al llegar a las tumbas reales ya está lloviendo bastante. Nos refugiamos en una cueva pequeña pero como aquello no para sino que parece que va a más decidimos seguir.
Antes de entrar en el Siq exterior, el desfiladero que une la zona del teatro con la plaza del Tesoro, nos volvemos a refugiar en una tienda abandonada. Vaya, abandonada por su dueño que había dejado todo sin recoger. Era un negocio de los que venden botellitas de vidrio llenas de arenas de colores, una de las especialidades turísticas de Petra. Estaban todas por los suelos y caídas por los estantes debido al fuerte viento. Y aquello iba empeorando. Aparece un joven se presenta como empleado del gobierno y nos dice que pasemos a otra tienda cercana donde han concentrado a otros turistas porque no se puede pasar por el Siq y que nos vendrán a recoger con coches y nos llevarán a nuestro hotel.
Menos mal que aquello parecía estar controlado.
Explicación arquitectónica: las tiendas eran un paralelepípedo abierto por delante por el lado más largo y teniendo como soporte de la estructura la parte trasera que era la pared de la roca y dos vigas clavadas en el suelo de arena que aguantaban una lona que cubría el techo y dos laterales que cubrían los lados. Creo que está claro. En definitiva lo que hubieses hecho tú si te dan una lona y dos maderos.
En la nueva tienda que era bastante grande estábamos unos 40 extranjeros y dos o tres jordanos del ’comité de recepción’. Si aparecía alguno andando le decían que se refugiase allí y que estaba prohibido seguir hacia el Tesoro. Llegó uno todo preocupado: su mujer estaba al otro lado del Siq exterior esperándole. Pues se tuvo que quedar. Otro le dice al encargado de la evacuación: ‘Que nos vamos porque estamos empapados y empieza a hacer frío’. Que no, que está prohibido seguir. Y no sé si lo dijo y si lo hizo no lo entendí pero también quería decir que a este paso íbamos a coger una neumonía.
Pues allí seguíamos con la lluvia y el viento, que una vez estuvo a punto de levantar toda la tienda y solo logró levantar media. Aquello se ponía feo y aunque eran algo más de las cuatro estaba todo muy, muy oscuro.
Y así llegó el primer vehículo de rescate: un pick-up con la caja abierta. Ocurrió entonces todo según el guión previsto: se llenó la cabina con todos los que pudieron entrar allí, y alguno más, y luego la caja con el personal de pie al descubierto. Y llovía a mares. El coche se fue por donde vino, en dirección contraria a la salida del Siq pues debía haber una entrada. Al rato aparece un camión también con la caja descubierta. De nuevo se repite la escena: carreras para coger plaza en la cabina y se llena la caja con el personal de pie, que no sé como se agarrarían los del medio. Y aquella pobre gente poniéndose como una sopa. Y encima por alguna razón a los 100 metros se paran y se quedan así durante 15 minutos. Y seguía diluviando. O eso parecía pues aunque había disminuido la intensidad de la lluvia el ruido era enorme.
Llegó otro coche todo terreno que recogió al resto. Y nos quedamos Marisa y yo con dos o tres que eran el personal de la evacuación. Y así esperamos un buen rato en la tienda por la que parecía que había pasado una guerra pues el suelo estaba lleno de objetos que antes estaban colgados o en estanterías. Cuando estábamos todos pasé un buen rato vigilando no estar debajo de alguna pieza de cerámica pues hubiese sido una putada morir en Petra por culpa de un botijo.
Y al fin llegó un todo terreno para nosotros solos. Pero en lugar de salir por donde los coches anteriores éste fue hacia arriba, hacia el Tesoro pasando por el Siq exterior. Y esto sí que acojonaba: el suelo lleno de grandes piedras, cuando se veía, porque bajaba como un río. Yo pensaba que nos íbamos a quedar allí clavados por el agua, las piedras y la forma de conducir aquel jordano que parecía que el coche no era suyo. (Quizás era del gobierno y él votante del partido de la oposición). Pensé que nos vendría a salvar el camión.
Llegamos al Tesoro donde quedaba un pequeño grupo de personas y recogió a una joven pareja de italianos, muy puestos ellos. Y siguió hacia la salida por el Siq. Por aquí había menos agua pero el suelo estaba lleno de piedras y el conductor iba por allí como si hubiese ido por una carretera normal, incluso nos cruzamos con un par de coches que iban a las últimas recogidas de gente, y, por supuesto, hablando todo el segundo trayecto por el teléfono celular. Todo muy emocionante.
Salimos del Siq y nos pregunta a qué hotel vamos. Y van los italianos y dicen que al “Crowne Plaza”, que solo faltaba que lo hubiesen dicho con el nombre completo: “Crowne Plaza Resort Petra Hotel”, así en negrita, que fue lo que más me jodió, porque lo dijeron como diciendo: ‘¿en cuál si no?’ Según mi guía es el más caro de aquí. Si haces la reserva a través de internet cuesta unos 210€ la habitación. Claro que si eres miembro del gobierno canadiense te hacen precio especial.
Fue una aventura con un buen final. De ésas que contaré a mis nietos: ‘¿Sabéis ésa de cuando a vuestros abuelitos les rescataron de la ciudad nabatea de Petra?’. Solo nos quedó la preocupación de qué les habría pasado a los tres jóvenes franceses. Y si habrían llegado a tiempo al final del sendero antes de la tormenta.
También nos acordamos de los cuatro españoles que se habían ido por la mañana y querían ir a dormir al desierto, a Wadi Rum.
Cena en el pueblo, un poquito de internet y al hotel. La temperatura había descendido notablemente y no sabíamos como estaría mañana el tiempo pero ya se había acabado nuestra Petra.