33. Delhi.

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Especias en Khari Baoli, el mayor mercado de especias de Asia.¿Qué os voy a contar nuevo de esta ciudad? Te parece que ya lo sabes todo, que lo has contado todo y te pasa algo como lo del taxi cuando llegamos y entonces te percatas que siempre hay algo nuevo, que Delhi siempre te puede sorprender para lo bueno y para lo malo. Vuelvo a ver gente que hace un año que no veo y que en muchos casos me reconocen y creo que se alegran y en otros, por motivos mercantiles, simulan ambas cosas, la alegría y el reconocimiento. Porque en la parte final del viaje, los últimos días en Delhi, dejo de ser un turista y me convierto en un cliente: me dedico solo a comprar y a dar algún paseo por los mismos sitios de todos los años. También aprovecho para la lectura de algún periódico. Así me entero de que los vegetales sufren un fuerte aumento del precio desde el agricultor al consumidor. ¿Te suena? Por ejemplo, la espinaca el agricultor la vende a 3, el intermediario a 10 y el consumidor la paga a 40. Sin embargo la coliflor pasa de 3,3 en origen, casi como la espinaca, a 5 y al final a 25. Otra noticia más trágica: una mujer de 61 años que lleva 36 en “estado vegetativo” (eso dice el periódico, pero yo entiendo otra cosa por ese estado) quiere morir pero no la dejan. ¿También te suena? Pues ha conseguido que por lo menos un juez tome en cuenta su petición. Y la historia de su caso es una cabronada: trabajando de enfermera en un hospital un auxiliar del mismo la agredió sexualmente y como consecuencia de ello se quedó ciega, paralítica y sin habla. El personal de ese hospital la cuida y trata desde entonces. Al agresor le caen 7 años por intento de asesinato y robo de los pendientes (¡será miserable el hijo de puta!) pero nada por la violación. Ahora trabaja en otro hospital. Parece que no tienen en cuenta los antecedentes. Y otra noticia que no es de periódico: un señor quiere abrir un negocio. Tiene que pedir permisos a un montón de departamentos municipales. En todos ellos tiene que pagar sobornos, pero en uno de ellos el permiso cuesta 2 lakh, 200 mil rupias, y el funcionario le pide 2 millones para él. Vaya, no es que se los pida es que se los ha tenido que dar.
Una mañana en Paharganj vemos a una occidental de unos 40 andando y cargada con el equipaje llevando al lado a un indio joven que masculla algo así como “de acuerdo vamos a llamar a la policía”. Lo más curioso es la cara de la chica: muy, muy cabreada. Y es que las situaciones de enfado, que pueden ser abundantes, se llevan mucho peor cuando vas solo, porque cuando vas acompañado simplemente lo de decir “mira a aquel bastardo como ha intentado engañarnos (o nos ha engañado)” pues te desahoga bastante, pero cuando vas solo te tienes que comer tú el cabreo. Con patatas.
Este año, como todos, vamos a Khari Baoli, un lugar fascinante y que hasta ahora estaba al margen de los circuitos de los grupos de turistas. Pues se ha acabado. Eso es lo malo de decir de un lugar que es muy interesante. Vaya, no es mi caso porque según el editor de este blog los que más me leen son robots chinos y a esos, aunque les gustase, no creo que viajen mucho, y menos en grupo, pero sí que hay lugares de internet de mucha difusión y en alguno habrán hablado de este lugar. Así he visto a grupos de 30 turistas, generalmente muy blanquitos, visitando aquello. O mejor “pasando” por allí pues se lo liquidan en cinco minutos. De todas maneras sigo sin entender para qué necesitas a alguien para que te lleve hasta allí.
Y en Khari Baoli, como en Paharganj, te vuelves a encontrar vacas. Las vacas y sus excrementos. ¿Cómo puede progresar un país en el que en una ciudad como Delhi haya vacas sueltas por la calle? Este año además en Old Delhi hemos visto un trozo de acera convertido en aprisco de un pequeño rebaño de cabras. No estaba cercado pero tenían hasta un pesebre. Y por si fuera poco con las vacas y las cabras, también en Old Delhi, hay un lugar de venta de maíz para las palomas. Y de nuevo el contrasentido de grupos de mendigos haciendo cola delante de pequeños restaurantes esperando que alguien les pague algo de comida y otra gente alimentando a las palomas. Malditas palomas.
También en Old Delhi la figura de un joven esposado y encadenado a un par de policías que han decidido entrar a comprar en una tienda. Una situación que en Europa sería impensable pero que aquí debe ser algo tan habitual que el personal no le hace ni caso.
Hemos cogido el metro. Marisa todavía no lo conocía. El temor a un atentado es increíble. En los pasillos de acceso de una importante estación un policía está detrás de unos sacos terreros. ¿Servirían para algo en caso de un ataque en un lugar así? El día que se cansen se marcharán pero dejarán los sacos que se convertirán en mingitorios. ¿Te apuestas algo?
En los accesos de las estaciones del metro hay que pasar un control de policía con un arco magnético pero como todos llevamos algo siempre suena así que nos cachean a todos. Por supuesto a las mujeres una policía pero como ellas apenas viajan sucede al revés que en los lavabos. Luego pasas los bultos que llevas por un escáner. El colmo ha sido una vez que hemos cogido el metro en la estación que está a lado de la de ferrocarril de Nueva Delhi. Allí como no funcionaba el escáner miraban el interior de todos los bultos pero como era el de la estación de tren casi todos llevaban equipaje, una maleta o varias. A mí me ha costado 15 minutos de cola. ¿Puede funcionar así un servicio? Y en esa cola he vuelto a encontrar otro de los misterios de la idiosincrasia india: ¿por qué no se respetan las colas? Mejor, ¿por qué cuando no se respeta la cola nadie se queja? Me está pasando todos los días y en todas las circunstancias. Y no me vale la respuesta que me dan cuando le pregunto a alguien por esas cosas que no tienen sentido para un occidental: que son personas incultas o sin formación. Porque estás en una tienda y cuando vas a pagar en aquel momento llega otro y pone su factura delante de la tuya. En la cola de la estación, larga y bien formada –quizás porque había policía-, se mete un pasajero con maleta delante del que está delante de mí. Espero para ver si reacciona pero no dice nada. Entonces le digo yo aquello de que eso es una cola y que se vaya detrás. Pero lo curioso es eso, que nadie decía nada. Y esa pasividad es lo que me sorprende, no la actitud del vivo que quiere colarse.
Para compensar, en el metro hay un puesto que venden agua, 200 ml por 1 rupia. Y el metro es también un observatorio estupendo para ver el comportamiento humano, sobre todo teniendo en cuenta que mucha gente que lo coge, especialmente en la estación de la que he hablado arriba, la del ferrocarril, es la primera vez que se enfrenta a aparatos tan modernos como un torno de entrada, colas organizadas y sobre todo las escaleras mecánicas que a algunos les asusta tanto que deciden subir andando.
Otra observación antropológica y no solo de Delhi: la gente come con la mano derecha, pero además en muchas ocasiones la izquierda no la ponen ni encima de la mesa. Así cortan los chapatis, para ayudarse con la comida, solo con la diestra. Ya sabéis, la izquierda es impura. Una de mis visitas habituales es al mercado de Palika. Es un bazar subterráneo en el centro de Connaught Place lleno de pequeñas tiendas y con multitud de vendedores en la puerta ofreciéndote sus productos. Esta vez uno me ofrece DVD y como ve mi poco interés en la filmografía india se aproxima más y me susurra en el oído: “porno movies”. Me hizo mucha gracia.
En algunos, pocos, restaurantes sirven alcohol, pero casi todos los clientes indios beben agua del grifo (tratada); los camareros dan por supuesto que tú tienes que beber cerveza o vino, o por lo menos coca-cola, y cuando pides que te pongan lo mismo que a las otras mesas entonces te das cuenta que bajas un montón de puntos para ellos y que te miran con un cierto desprecio. Así lo que ven natural para sus connacionales lo ven degradante para ti.
Y ves que siguen igual los intentos para que no llegues a la oficina de turismo de la India, la célebre Jan Path 4, ni a la oficina de venta de billetes de tren para extranjeros en la estación de ferrocarril de Nueva Delhi. Pero me siguen sorprendiendo los métodos. El último ha sido en la estación: vamos allí a coger el metro. Lo han hecho tan bien pensado que solo hay estación de metro en uno de los lados de la del ferrocarril, que es precisamente la que no va a Paharganj. Ten en cuenta que no hay ningún paso que te permita ir de un lado a otro excepto pasando por la estación. Entonces si quieres cogerlo debes entrar en la estación y pasar por uno de los puentes que la atraviesan hasta el otro lado. Y eso no es ninguna tontería pues según el tráfico humano que te encuentres puedes tardar más de 10 minutos en hacerlo. Entonces cuando buscas el lugar para entrar en la estación uno te pregunta de forma un tanto brusca, como si fuese el empleado encargado de controlar la entrada: “¿El billete, dónde está el billete?”. Y si tú eres un despistado que va a sacarlo le dices que no lo tienes que vas a comprarlo a la oficina de venta anticipada y él te lleva amablemente a “su oficina”.
Estas y otras muchas cosas más vemos y nos suceden en Delhi. Y cuando ya estamos agotados de comprar nos vamos al aeropuerto.

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