40. Tokio, primera parte.

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Hoy voy a aprovechar mi último día del Japan Rail Pass y me iré a Tokio para volver a dormir a Nagoya. La idea es ir a Tokio especialmente de “business” y si es posible ver algo de la floración de los cerezos que sí pude ver el año pasado y es un espectáculo precioso. Lo malo es que la previsión meteorológica anuncia lluvias, no en gran cantidad, pero unas 9 horas durante el día y 10 durante la noche. O sea todo el día.

Camino de la estación me regalan, como a todos los que por allí pasamos, una botellita con un folleto: es de “Oronamin C Time for Businessman”. Esas son las únicas palabras en caracteres latinos porque el folleto tiene 8 páginas de letra pequeñita con mucha información. Tendré que preguntar a alguien antes de bebérmela, pero no sé a quien porque a las de recepción de mi hotel…

Por la calle raudales de gente que van o vienen de la estación. Al entrar allí es como una peli de ciencia ficción: miles de personas en aquel gran hall que lo ocupan todo. Me pregunto cómo harían en cualquier gran estación de ferrocarril española para manejar aquel flujo.

Nagoya

Y todos van vestidos con colores oscuros. Ellos con traje y corbata;  ningún tipo de dibujo textil, ni americanas deportivas: todo negro o casi negro. Menos mal que llevo mi chubasquero azul marino y la mochila pequeña (que estreno en este viaje) es de color gris oscuro porque con el polo naranja que he llevado hasta ahora hubiese parecido un marciano.

Ellas se permiten algún color más suave, pero poco. La diferencia es que hay alguna jovencita con alguna minifalda increíble.

Y todos con paraguas, ninguno plegable, que va a llover.

El tren como siempre increíblemente limpio y rápido. Además es la primera vez que cojo un tren que lleva más de un 50% ocupado, quizás por la hora pues en las otras ocasiones no he madrugado o porque había muchas combinaciones.

Salgo de Nagoya y no para de haber casas, fábricas, población hasta Tokio. Dicen que el conjunto Tokio-Kawasaki-Yokohama forma la conurbación más grande del mundo. Pero eso está más cerca de Tokio, y Nagoya está a más de 300 kilómetros.

De vez en cuando un campo pero con casas y alguna mancha verde de cañas de bambú. Y alguna pequeña plantación de té tan perfectamente recortada que no te lo puedes creer.

En el mar veo un “torii” que me recuerda al de Miyajima, pero éste es más humilde.

La camarera que pasa como siempre con el carrito ofreciendo té, café, pastas y cosas parecidas al salir del vagón hace una profunda reverencia y cuando ya está en el descansillo que separa un vagón del otro levanta el brazo derecho y señala al techo en dos o tres sitios diferentes.

Por cierto que a las azafatas las deben de elegir con un criterio muy restrictivo porque son todas iguales.

En una parada sube una madre con dos niños pequeños de unos 2 y 4 años y la abuela. Es algo sorprendente porque nunca se ven niños en los trenes.

Llego a Tokio a la estación de ferrocarril que se llama así precisamente, Tokio, y que es del mismo arquitecto que el Banco de Japón de Otaru. Pues a pesar de lo importante que es no tiene oficina de información turística. Entonces hay que ir a Yurakucho que es otra estación de metro. Y es que como no pensaba pasar por aquí no me traje ninguno de los planos que guardo del año pasado y necesito además un par de informaciones y un plano de metro pues no estoy seguro de que allí lo tengan con caracteres latinos. Porque lo normal es que llegues a Japón por Tokio por el aeropuerto de Narita y allí ya te suministran todo lo necesario. Una información útil por si te pasa como a mí: la oficina de turismo de Yurakucho (se pronuncia “YURAK-CHOO”) está en un piso de un edifico de oficinas al lado de la estación de metro. Porque siempre pensamos que están en el nivel calle.

Allí me atiende una simpática jovencita, me da los planos, me indica donde está una calle que me interesaba y luego me dice que si no me importa que me haga un cuestionario.

Ilusa. El cuestionario se lo hice yo. Resulta que hablaba español pues su padre había estado trabajando en España y luego ella había regresado otra vez para trabajar un tiempo. Y pensé que “ésta es la mía” para resolver todas las dudas que tengo atascadas en mi mente (y en mi libreta) sobre el proceder japonés.

Primera: ¿cómo se llama el aguardiente de patata? Lo descubrí en la visita a la “Sapporo Beer”. Pues aquí ya tuvo que pedir ayuda a una veterana. Y allí empezó una conversación a tres voces y a tres idiomas muy interesante y divertida.

“¿A los japoneses los entierran de pie o solo ponen las cenizas?”. Para hacerlo más difícil confundí “ash”, ceniza, con “trash”, basura, y claro pregunté si los enterraban “con la basura” o “como una basura”. Al final me entendieron sobre todo porque les debía parecer una excentricidad que alguien pensase que los enterraban de pie.

Cementerio en el Templo de Anraku-ji.

“¿Y el estrecho del cabo Soya como se llama en japonés?”  “Pues estrecho de Soya”.

“¿Pero no se llama estrecho de La Perouse como pone allí una lápida?”.

La verdad es que para lo del estrecho tuvieron que acudir a un atlas pues no lo sabían, lo cual me parece normal y no es una crítica, pues en España todo el mundo conoce el estrecho de Gibraltar pero es que no tenemos otro. De todas maneras lo de La Perouse las dejó bastante confundidas.

“¿Y lo de echarse el sake los unos a los otros como vi en un restaurante de Takayama?”. Y esto fue todavía más complicado pues primero tuve que explicarle a la joven en castellano qué es el “baño maría” pues aunque hablaba muy bien no conocía ese término culinario y yo no sabía cómo se dice en inglés. Vuelta a consultar con la veterana, que después de cada pregunta y contestación se alejaba como no queriendo saber nada de mí. (A lo peor se molestó por lo de las “trashes” de sus antepasados).

Pues parece que es una forma de educación, pero no logro enterarme. O mejor no logré explicarme, si también era una fórmula de cortejo. Aunque fuese con tu pareja habitual. Que hay que seguir “cortejando” toda la vida. Si no estás perdido.

No quise preguntar por lo de los Alpes Japoneses   porque ya tuve una larga conversación vía chat con mi amigo Hiro y no logré entender porqué en Japón echan mano de topónimos extranjeros para un accidente geográfico de su país. Es como si a Coslada lo llamasen “Bucarest Madrileño” por la cantidad de rumanos que tiene. Tendré que investigar más pero no en esta oficina.

“¿Los estudiantes tienen clases los sábados?” “No, solo de lunes a viernes”. Así que no logro saber qué hacían tantos estudiantes de uniforme los sábados. Quizás actividades extraescolares. O quizás catequesis sintoísta. O quizás deportes “limpios” en que no tienen que ir con chándal, seguro que “curling”, que se puede practicar hasta con ropa talar.

Lo de los cuchillos tampoco lo sabían así que no sé si puedo llevar el machete en la cintura o no puedo sacarlo de la mochila.

“Y la última pregunta: ¿cómo se llama la hierba que cubre la mitad de Japón?”. Ni idea: Y fue una frustración. Porque se las detallé perfectamente. Como si fuese Linneo. Altura, color, distribución, forma de las hojas,…Pues nada. Que si no tenía una foto. Pues no. Pero cubre todo el país allí donde no hay casas, edificios o terrenos cultivados. Les dije que el año que viene volveré con una foto. No sé si me dejarán entrar en la oficina.

Al final la simpática jovencita hispano hablante se quedó sin encuesta.

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