39. De Sapporo a Nagoya, segunda parte.

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Desde Sapporo viajan en mi vagón una pareja de ancianitos occidentales.  Bueno, son grandotes pero muy mayores.  Ella habla por teléfono celular bastante alto y es la primera vez que veo hablar a alguien y eso que al comienzo del viaje, y solo lo he oído en ese tren, han advertido por megafonía que si tienes que hablar te vayas al descansillo que hay entre los vagones. Pero para mí que el personal lo apaga porque no se oye ninguna llamada. Nada que ver con las dianas floreadas que llevan todos los macarras patrios en sus teléfonos como música de llamada.

El tren se para en una estación pequeña y parece que tiene algún problema porque no es una parada oficial de las que anuncian por megafonía y además hace pequeños movimientos como si fuese a arrancar y no pudiese. Esto en España antes siempre tenía un culpable: la catenaria. Pasase lo que pasase siempre decían lo de la catenaria.  Pero a mí me preocupa pues entre este tren y el próximo, que además es el más crítico, solo tengo 12 minutos y allí hemos estado parados 20. Le pregunto al “conductor” –os recuerdo algo que siempre explico en mis viajes por la India, que “conductor” (con acento tónico en la “u”) es el revisor  del ferrocarril o el cobrador de los autobuses- y me dice que no cree que lleguemos a tiempo de hacer el trasbordo, pero que en Aimori cambia de revisor y que le pregunte al nuevo.

En Aimori cambia la dirección del tren y ha dado la casualidad de que además los viajeros de nuestro vagón se han bajado todos. He tenido que advertir a los abuelitos que seguíamos en el mismo tren porque ellos ya se bajaban. Suben un montón de nuevos viajeros pues en esta ciudad se concentran muchas líneas del norte de Honshu.

Llega el nuevo “conductor” y nos dirige una palabras que todos seguimos con mucha atención. Imagino que explicará lo del retraso porque si fuese algo ritual como lo de los chalecos salvavidas de los aviones no creo que le hubiésemos seguido con tanto interés. Cuando pasa por mi lado le pregunto si podré hacer la conexión: que sí.

Hay una pareja de japoneses que siguen con mucha atención mi pregunta y deduzco que ellos tienen también el mismo problema y que van a coger el mismo tren así que aprovecho para preguntarles el andén: el 12. Decido que cuando bajemos me pegaré a ellos. Después voy a ver a los abuelos y les comunico las últimas noticias.  Son australianos aunque ella es de Sudáfrica y trabajó una temporada en Londres. A ella la entiendo bastante bien pero a él casi nada. Han hecho un viaje de 18 días visitando Kioto, otra ciudad y Tokio y llegaron hasta Sapporo por los baños. Mañana regresan a casa a través de Filipinas.  El había estado en La Alhambra y ella en Barcelona en el año 64 de camping cuando vivía en Londres. Me hubiese gustado preguntarle si ligó mucho pues por aquellos años en Barcelona, las inglesas tenían fama de ligar fácilmente.  Pero no me he atrevido porque mi inglés no da para esas sutilezas y a lo peor le preguntaba por alguna inconveniencia de su vida íntima.

Y el tren va, con retraso, de Aimori a Hachinohe como una bala. (Aunque no lo era).

Y así como en otras ocasiones en Japón el personal no se empieza a mover hasta que el tren está casi parado hoy estaban todos como motos y yo con ellos.

En cuanto ha parado me he pegado a los que había controlado y les he seguido. Afortunadamente la señora era un poco patosa con la maleta y no se me han escapado porque yo ya empiezo a ir sobrecargado.

Tal era la premura que como pasábamos de tren normal a shinkansen había que atravesar un control dentro de la misma estación pero allí había un empleado para que pasásemos y otro con un megáfono imagino que animándonos a seguir corriendo. Porque aquello era una carrera. Me he vuelto para ver si venían los australianos pero para mí que no lo han cogido. Encima cuando he llegado al tren he confundido el número del vagón con el del asiento y como con tanto equipaje no andaba bien he salido y he vuelto a entrar en el mío. Total que me siento y arranca el tren.  Ha salido con dos minutos de retraso.

Y yo que pensaba que esas cosas no pasaban en Japón.

Claro que si hubiese sabido japonés quizás podría haber pedido una compensación por el retraso y que me diesen de comer porque hoy mi alimento ha sido un par de raciones de supervivencia de turrón de Alicante y una bandeja que me compré ayer en previsión de lo que pudiese pasar; bandeja de algo que podría ser o una patata dulce, o un boniato no dulce, o una remolacha, o plátano o yo qué sé. Eran como unas patatas fritas de las alargadas pero recubiertas de algo pegajoso. Ayer cuando las compré en Sapporo recién hecha y calentitas estaba buenas pero hoy…

El nuevo tren nos lleva de Hachinohe a Tokio en tres horas y 10 minutos. No está mal para 631,9 kilómetros. Y eso que para en 6 estaciones.

Aprovecho el sol, la tranquilidad, el que ya he preparado el plan para mañana en Tokio y decido tomarme un reposo. Me pongo la música y vuelvo a oír como en todos los años en mis viajes a Pablo Guerrero y su “A Cántaros” ¡Qué jóvenes éramos entonces! ¡Y durante cuánto tiempo seguimos siendo jóvenes!  ¡Y qué pocos LP teníamos!  Así que me acuerdo de casi todas las portadas y en concreto de la de éste. Y me pregunto que habrá sido de Patxi Andion del que oigo “Una, dos y tres” (me respondo rápido: por ejemplo escribe en “Estrelladigital.es). Y oigo “Háblame del mar marinero”  cantada por Marisol en el 76 cuando todavía no era  Pepa Flores. Y luego Moustaki, que tampoco es mala compañía. Ni ahora, ni lo fue “de cuando entonces”.  Oigo su “Je ne sais pas où tu commences”   y cuando dice que “no sé donde tu empiezas y tú no sabes donde yo acabo”, pienso que eso es una canción de amor muy bonita. Por eso he quitado del reproductor a Adamo y su ratonero “Tus manos en mi cintura” y he dejado a Moustaki.

En el campo veo un grupo de cerezos en todo su esplendor, pero a estas velocidades no se puede gozar realmente del paisaje.

Cuando estamos bastante lejos todavía de Tokio aparecen las casas y te das cuenta de que aquello es enorme.

Al llegar a la estación miro a ver si aparecen los australianos pero claramente se han debido quedar en Hachinohe aunque ellos tenían menos problemas porque solo iban hasta Tokio y pensaban quedarse a dormir cerca del aeropuerto.

Esta parada es en la que tengo más tiempo para el cambio y, aunque están relativamente cerca unos andenes de otros, tengo que pasar como a otra sección dentro de la misma estación. De todas maneras cuando llega el tren como es fin y principio de trayecto bajan los pasajeros y suben unas señoras a limpiarlo que van como locomotoras: en 15 minutos lo dejan como nuevo. Bueno, a eso ayuda que el personal sea tan cuidadoso con los desechos.

Y al coger el tren a Nagoya la alegría de que ya no tendré que volver a coger el equipaje hasta el día en que me vaya. Solo me quedará desde la estación del tren hasta el hotel que está a cinco minutos.

De nuevo en un tren superrápido y en una hora y 48 minutos ya estoy en mi destino final.

Como voy a un hotel de la misma cadena y son todos iguales parece que no me haya movido desde hace muchos días. Lo que sí ha cambiado radicalmente ha sido la temperatura y el ambiente general.

Estación de ferrocarril. JR Nagoya.
La salida de la estación creo que aún es más espectacular que la de Tokio y el ver tanta gente de repente en la calle me parece mentira después de las soledades de Hokkaido.

En la estación un grupo de jóvenes empleados todos vestidos de ejecutivo-oficinista hablan animadamente cuando van a coger el tren.

Y encima hace calorcito. Parece otro país. Realmente es otro país.

Y es bastante tarde para los patrones japoneses, cerca de las 10 de la noche, pero las calles alrededor del hotel están animadísimas.  Muchos bares y restaurantes pero en éstos todos los precios y menús están solo en japonés así que decido ir a la estación que siempre tienen un conjunto de restaurantes parecidos y ya me conozco la marcha. En el que entro me advierten que cierran a las 10 y media y que ya son las 10. No problema, cenaré rápido. Cuando estoy a mitad viene una guapa camarera, muy sonriente y me dice algo. Me lo repite tres veces pero como si fuesen trescientas.  Entonces viene un camarero, parece el jefe, con un trípode.  Imagino que me habrán dicho que si me quiero hacer una foto de recuerdo. O yo qué sé.  Pero seguro que es algo relacionado con la fotografía. O alguien ha olvidado ese trípode y dan por supuesto que es mío.  Y es como una premonición porque he estado mirando trípodes en Sapporo. Algo milagroso. Al final lo que me intentaba decir es que si quería algo más porque no admitían más pedidos.  El trípode era el que sujetaba el menú de la carta en la puerta del establecimiento y lo llevaba en la mano porque lo acababa de retirar de allí.

Me vuelvo al hotel y sigue habiendo el mismo ambiente. Me cruzo con grupos de “ejecutivos”que van hacia la estación. Alguno me da la impresión de que va algo cocido y en general bastantes más contentos de lo que había visto hasta ahora.

Y al lado del hotel descubro el… ¡”Bar España”! Una gran bandera española colgando de la entrada y un precioso felpudo en la puerta con los colores de la bandera patria y el nombre del garito.

Bar España.

Como está en un bajo no sé que aspecto tiene, pero igual lo intento otra noche. Ya contaré.

En la recepción del hotel hay un letrero en el lugar donde debería estar la prensa. Aprovecho para preguntarle a la recepcionista si es por ser lunes o si eso ocurre una vez al año.

Me van a odiar porque ha tenido que salir una de ellas a ver que es lo que les pregunto. Ve el letrero y me contesta en un fluido y claro japonés. Así que nasty de plasta.

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