Un consejo matutino: si en tu hotel vas a tomarte un desayuno japonés levántate con tiempo, porque no es lo mismo engullirte un cruasán o un bocadillo de chóped de pavo que comer de 8 platitos y tener que coger la alubias de uno de ellos de una en una con los palillos.
El desayuno de este hotelito estaba muy bien. Lo que pasaba es que algunas de las cosas eran nuevas para mí y no había nadie a quien mirar para copiarle. Así había una cajita separada del resto en la que había unas lentejas pegajosas. Cuando cogías dos o tres con los palillos se formaban como unos hilillos de pegamento que iban del plato hasta tu boca. O como una tela de araña.
Y luego había un huevo. El año pasado ya descubrí con un buen chasco que los huevos no tienen porque ser duros. Vaya, que pueden ser crudos. Y este de hoy era también así: crudo. Primero pensé dejarlo porque una salmonelosis a mitad de viaje no es lo más interesante pero como ya estaba abierto –único medio de saber si era crudo o cocido- me supo mal y me lo he comido. Lo que no sé es como lo hacen ellos.
Ayer cuando llegué aquí y hablé con la señora de la oficina de turismo pensé que el autobús al cabo Soya sería como uno de esos turísticos y que sale solo cuando hace buen tiempo pero ha resultado ser uno urbano normal que llega hasta allí con muchas paradas intermedias a lo largo de la costa en pequeños grupos de casas. Así hasta el cabo solo hemos llegado otra turista japonesa y yo.
El cabo Soya es el punto más septentrional del país. Sería un lugar totalmente inhóspito y desértico si no fuese por unas pocas casas y unas barcas de pesca que hay allí pero imagino que en verano habrá excursiones frecuentes hasta aquí.
Lo malo es que tenía solo 30 minutos, pero estando allí y con ese tiempo no sé como hubiese podido aguantar seis horas, la otra alternativa hasta el siguiente autobús. Porque estábamos a cero grados y con viento.

Hay varios monumentos al lado del mar. Uno de ellos tiene música y en su lápida conmemorativa también hay grabada una canción. Imagino que lo que suena es lo que está escrito. Se llama “Soya Misaki Ongakuhi”. También hay una estatua de bronce con un samurai donde todos los que llegamos hasta aquí nos hacemos una foto. (Sí, ya sé que solo hemos llegado dos, y ese “todos” parece un poco enfático, pero luego ha venido un coche, otra pareja de jóvenes y al final un autobús del Inserso).
Finalmente se puede subir a una colina en cuya cima hay una antigua torre de vigilancia de la marina imperial japonesa y varios monumentos más y una casa a lo lejos con un molino de viento que parece a los de Holanda. Uno de estos monumentos está dedicado a la paz, “Memorial Peace”, porque el 11 de octubre de 1943 la marina japonesa hundió en este lugar al submarino USA “Wahoo SS238”, que venía de andar dando caña y hundiendo a los barcos japoneses. Pues a pesar de eso le han puesto un monumento aunque parece que es de ambos países.

Además hay otro dedicado a Jean-François de Galaup, conde de La Perouse, que el 11 de agosto de 1787 pasó por aquí y que, según la lápida, desde entonces lleva su nombre: “estrecho de La Perouse”. No lo he visto en ningún mapa pero igual es verdad.
¿Y por qué he llegado hasta aquí? Pues hombre, estos sitios tan remotos siempre tienen el encanto de esos puntos donde no puedes ir más allá. Además a la izquierda del cabo está el mar de Japón y a la derecha el mar de Okhotsk y ¿quién no ha pensado alguna vez en su vida ver el mar de Okhotsk?
Y también he visto a lo lejos, pero las he visto y cubiertas de nieve, las islas de Sakhalind, hasta donde se puede llegar en ferry desde Wakkanai, pero parece que tienes que ir con un grupo de turistas japoneses, lo cual podría ser muy divertido, pero me tengo que conformar con verlas de lejos.
Y también he venido por el rayo verde. Lo descubrí en una película de Rohmer. Allí supe que había una novela de Verne, que desconocía a pesar de mi fiebre adolescente por ese autor. Y desde entonces lo he perseguido sin éxito. La guía decía que quizás se podría ver en el cabo Noshappu, pero con este tiempo me temo que no será posible.
Y quizás yo sea lo que la guía define como los “coleccionistas de ‘must’”, y este lugar no lo tenía en la colección.
La verdad es que cuando comprobé que venía demasiado pronto a Hokkaido ya pensé que me podía olvidar de lo del rayo verde pero luego cuando estos días pasados cuando pronosticaban vientos de 80 km/h pensé que la atmósfera estará muy limpia y quizás fuese posible. Pues ni grandes vientos ni cielo perfecto.

PD
Para los que os quejáis de la traducción de algunos títulos de filmes extranjeros al castellano, pensad que no es una exclusiva nuestra: “Le rayon vert” de Rohmer, que aquí se tradujo como “El rayo verde”, en el mercado anglosajón se tituló, “Summer”.
Durante bastantes años utilicé como guía de viaje la “Guide du Routard”. Una de las cosas que no me gustaba de ella era su patriotismo, aunque tenía un toque progre que lo disimulaba. Pero el chovinismo francés tiene la sombra muy alargada.
En un remoto lugar de la India te decía que era importante porque una vez había pasado por allí tal escritor o tal general. Franceses, por supuesto.
Seguro que en la de Japón habla del cabo Soya porque allí estuvo La Perouse.