29. De Hakodate a Wakkanai, segunda parte.

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Cabo Soya. La salida de la estación de Sapporo es tan fea como la de todas las grandes ciudades pero la diferencia con el resto del mundo es que aquí no hay ni un papel, ni una lata, ni un plástico, ¡ni una pintada! Sí se ven grandes, pero grandes, montones de nieve que han debido limpiar de otros sitios y ya empiezan a ponerse negros. Pero no se deshacen: imagínate porqué.

En mi vagón oigo a un niño de unos dos años y me doy cuenta de que no había visto a ninguno hasta ahora viajando excepto al pequeño Nicolás francés, o sea Nicolas. (He comprobado que cuando nombran al presidente francés lo escriben así, sin acento, y mi “petit Nicolas” no iba a ser menos).

Conforme vamos hacia el norte hay cada vez más nieve. Si sigue esta progresión no sé si podré salir de la estación de Wakkanai, a no ser que el hotel esté al lado. La cantidad de nieve ya me empieza a acojonar pues todo lo que quiero hacer en el norte es de naturaleza. Así que tengo el hotel reservado para dos noches pero quizás me vuelva mañana.  Miro la altitud pensando que quizás sea porque estemos a 2000 metros y que como Wakkanai está a nivel del mar allí será diferente: ¡estamos a 100 metros!

Escribo los borradores que tenía atrasados y luego me pongo música. Vuelvo a oír a Angel González. ¡Qué gran poeta! ¡Y qué pena que haya muerto!

Viendo estas extensiones de nieve y de bosques caducifolios he recordado a Dersu Uzala y me han dado ganas de verla de nuevo. Pensad que aunque la acción se desarrolla en Siberia el director fue un japonés. (Mi inculto “word” se empeña en cambiarme “Siberia” por “Liberia”).  Y que aunque Siberia debe ser como esto pero a lo bestia, es que yo no había visto tanta nieve en mi vida. Sí el año pasado volviendo en avión desde Japón pero eso no cuenta. Y eso que estamos en abril, hoy es Martes Santo.

A pesar de la desolación como estamos en Japón, de vez en cuando se ve algún pueblecito.

Por eso será que casi todas las cosas que se pueden ver en esta isla son a partir de junio.

El tren se para varias veces, cosa inaudita en mis viajes por Japón.  Cada vez dicen algo por la megafonía. Tanta nieve y tanta parada empiezan a preocuparme. No por la supervivencia, porque llevo mi ración de turrón de Alicante, sino porque no sé si podré comunicarme con alguien. Para compensar elijo un valor seguro: John Coltrane.

El cielo está cada vez más negro y efectivamente al final llueve un poco.

De vez en cuando se ven grupos de ciervos alejándose por la nieve.

El tren se para en un sitio despoblado y hay carreras arriba y abajo del revisor. Si estuviésemos en la India sería para ponerse a rezar pero estamos en Japón. (¿Cuál será el santo patrón de los ferroviarios japoneses?  En España como era una profesión que no tenía una antigüedad medieval se inventaron un patrón que servía para cualquier profesión manual: San José Artesano, llamado también San José Obrero, el 1 de mayo. ¡Que casualidad!).

Cada vez que para lo hace con un brusco frenazo. A la quinta vez me lanzo a preguntarle a un grupo de tres treintañeros vestidos de ejecutivos. “¿Habláis inglés?”. Uno dice que sí. Un tío muy majo y simpático pero que no debió acabar ni el primer curso. De todas maneras logro entender que el tren ha golpeado a un animal salvaje. El japonés me dice que lo ha matado. Deben ser los ciervos pero imagino que más que matarlo ha debido parar para no cogerlo porque si cada vez que ha parado se ha cargado a alguno mañana habrá carne de ciervo en abundancia en Wakkanai.

Y después de toda la negrura del viaje al final aparece el sol ligeramente entre la nubes. ¿Será verdad que mañana hará un día estupendo como decía la previsión meteorológica?

Pasamos por un pueblecito donde veo una granja de avestruces pero estabuladas. Deben estar desorientadas con este clima.

Cerca de Wakkanai ya hay campos sin nieve pero encharcados.

Llegamos pasadas las seis de la tarde y es noche cerrada. Le pregunto al taquillero de la estación los medios para ir al cabo Soya y aunque es muy amable no puede comunicarse conmigo.

Cabo Soya.

Llama a una señora que resulta ser la empleada de turismo que ya está cerrando la puerta de la oficina. Pero ha sido un ángel de bondad y ha vuelto a abrirla. Me ha explicado los horarios para ir a los dos cabos más interesantes e incluso, ante mi insistencia, me ha marcado en un mapa el camino para ir al más cercano andando, aunque no me lo ha aconsejado. Y dónde está mi hotel.

Resulta que para ir al cabo Soya hay un autobús a las 8:10 de la mañana. Llega a las 8:56 y regresa a las 9:33. Me parece muy poco media hora después de haber venido hasta aquí especialmente por eso, pero el siguiente es a las tres de la tarde y estar seis horas si es un lugar inhóspito y hace este tiempo puede ser una putada: la gran putada del viaje.  La señora, que aunque habla poco inglés lo suple con su interés y amabilidad, me da entender que me vuelva con el de las nueve y media y que luego me vaya al cabo Noshappu en autobús.

Así que entonces decido cambiar el viaje y en lugar de estar dos noches aquí, hacer todas las visitas por la mañana y volver mañana por la tarde a Sapporo.

Salgo a la calle y no hay ni un alma. A pesar de que el hotel está muy cerca me pierdo y tengo que buscar a alguien para preguntar. Doy con él. Es que esperaba encontrarme un “hotel de negocios” grande y brillante como los que había estado hasta ahora y éste era pequeñito. Como el señor de la recepción: pequeñito y gordito. Le he preguntado si era “ainú”. Debía ser la primera vez que se lo preguntaban porque se ha quedado muy sorprendido. No, no lo era.

No hablaba inglés pero tenía un sistema estupendo para comunicarse: una serie de cartulinas plastificadas donde estaba escrito en japonés –imagino que para él y para los clientes sordos- y en inglés los diferentes pasos a seguir: “Por favor, déme el pasaporte para sacar una fotocopia y se lo devuelvo enseguida”. Luego buscaba y te mostraba la siguiente. Muy útil.

Me dice que la habitación está en el primer piso y hacia allí me voy olvidándome que en este país se empieza a contar desde el primero (como hacemos nosotros siempre excepto en los edificios) y no desde el cero (que tampoco sé el ordinal de cero). Viene detrás de mí pensando que soy idiota. Le explico que en mi país el primero es aquí el segundo para que no me crea tan cenutrio.

No hay ningún sitio para cenar y salgo a la desesperada buscando una tienda. Están cerrando todas pero me puedo aprovisionar: una bandeja de pescaditos fritos con algo azucarado, una especie de croquetas desconocidas y un plato de sashimi que estaba de miedo. Como he llegado al límite de mi viaje me premio con una cerveza: una cena estupenda.

Luego en una especie de comedor-sala de estar que hay en hotel me siento en un aparato en el que se meten los pies y te dan masajes.  No sé si realmente eso son masajes o solo es un aparato de tortura pues solo te los estruja.  Como el mando solo está en japonés voy probando botones y he debido tocar el que dice “bota malaya”, famoso tormento del que nos hablaban en mi infancia que practicaban no solo los malayos sino todos los taimados y crueles orientales.

Hoy no hay internet así que a dormir pronto que hay que madrugar.