28. De Hakodate a Wakkanai, primera parte.

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Ayer por la noche al meterme en la cama descubrí que tenía las piernas cubiertas de un sarpullido, imagino que del osen. Afortunadamente me había desaparecido esta mañana, así que me enfrento a un día de viaje en tren en perfectas condiciones.

El viaje es de Hakodate a Sapporo, unas tres horas y cuarto, y luego desde allí a Wakkanai, cinco horas y media. En total 725 kilómetros, pero es que en esta isla no hay trenes shinkansen. Lo único malo es que llego a Wakkanai a las 18:11 y la oficina de turismo cierra a as 18:00 y no tengo plano de la ciudad ni de sus alrededores, y además la información de la guía es escasa y no suelo conseguir demasiada información extra de la gente o de los hoteles. Pero por fin un verdadero día de viaje en el que podré leer, descansar, oír música,…una maravilla.

El primer tren es un “super Hakuto”, que parece algo de artes marciales:

-“¿A dónde vas?”

-“Voy a pasar tres horas en un super Hakuto”.

Da la impresión que al final vas a salir cinturón negro de algo.

Pues no era un shinkansen pero era muy bueno.

Al entrar en la estación daba el sol de lleno en el letrero informativo luminoso y no se veía nada. Así que pregunto en la entrada: “Andén número siete”. Y cuando llevaba unos 30 metros recorridos aparece el empleado corriendo: que no, que se había equivocado y era el cinco. Hombre, yo siempre compruebo todo pero ha sido un detalle importante por su parte.

Desde el monte Hakodate.

Cuando salgo de Hakodate las montañas están con nieve desde media ladera hasta la cima pero hoy luce un sol espléndido y vuelvo a pensar que ayer por la noche podía haber subido al monte Hakodate a comprobar si era tan bello el firmamento.

El revisor aparece por la parte trasera del vagón, llega hasta la delantera, se quita la gorra y nos dirige unas sentidas palabras que imagino de bienvenida: “Señores viajeros –si fuese de un ayuntamiento del PSOE diría “señor@s viajer@s”- la RENFE japonesa les da la bienvenida y les desea un feliz viaje y ahora les voy a picar los billetes”. Todo en japonés, como no podría ser de otra manera y con la mejor de sus sonrisas. ¡Qué gente tan educada! Y además el detalle de venir por delante, que cuando lo hacen por detrás estás todo el rato inquieto esperando a ver cuando te llega. Nada, que esta compañía ferroviaria es una maravilla.

Al poco de salir de Hakodate ya te encuentras con otro Japón: muchos bosques y, cuando no los hay, campos de cultivo, pero apenas poblado, desde luego mucho menos que en la isla de Honshu. Tampoco se ven las típicas casitas con tejados a varias vertientes y tejas negras brillantes. Ahora son más sencillas y las cubiertas son de chapa de color ocre, azul o gris. Y muchos pasos a nivel con barreras.

Aparece de nuevo el mar formando una gran bahía y al fondo montañas nevadas en un arco de 180º. Incluso hay una que recuerda al monte Fuji. Las playas llenas de pedruscos y solo se ve algo de actividad relacionada con la pesca; nada recreacional.

Tengo sentados al lado a varios vestidos de “ejecutivos” que han subido juntos en Hakodate. En España ya estarían jubilados  si no es que formasen parte del consejo de alguna entidad importante, los únicos lugares donde hay mayores de 60 años. Uno de ellos, traje gris de raya diplomática abre la mesita del respaldo y pienso que va a sacar su ordenador portátil y a empezar a revisar informes. Pues no: pone los brazos en la mesita, la cabeza encima y se desploma dormido.

Estos “ejecutivos” con cara de samurai no se dirigen la palabra en todo el viaje aunque hayan subido juntos y tener un aspecto parecido.  Uno lee y los otros duermen a ratos o miran al frente impertérritos. Así las más de tres horas del viaje: ni una palabra.

Claro que a lo mejor están haciendo meditación zen. Eso sí, un par se han quitado los zapatos, que en España sería impensable. Aunque más impensable sería que estuviesen tres horas sin hablar por el teléfono celular. Para mí que está prohibido. O es tabú.

Ahora, que aunque vayan a cuerpo gentil, desde lo que comprobé ayer en el onsen, siempre los veo con los calzoncillos pulgueros y la camiseta de felpa y de manga larga. Y así no están tan elegantes.

Conforme íbamos hacia el norte la nieve estaba más cerca de la base de las montañas a pesar de estar sólo a 5 ó 10 kilómetros de la costa.

También me percato de que, ahora que puedo ver mejor el país sin tanta casa, no he visto ningún establecimiento militar ni cuartel de ningún tipo.

Durante el viaje estoy leyendo cosas de la isla y me encuentro que la mayoría de los sitios para ver están solo abiertos o con transporte a partir de junio. Y una curiosidad: en un determinado recorrido, que no voy a hacer, dice que todos los japoneses que van por allí llevan    “campanillas para osos” y que es mejor que no te apartes del camino para no tener encuentros desagradables. Me deja de piedra, no solamente porque haya osos, que ya había en el valle de Tono, sino porque haya que llevar campanas para avisarles.

(Cuando regreso compruebo en internet que lo de las “bear bells” es algo corriente en los países con osos).

Antes de llegar a Sapporo montones de nieve delante de algunas casas. Y el cielo comienza a nublarse y a ponerse cada vez más negro conforme progresamos hacia el norte.

Y llego a Sapporo y cambio de tren. Tengo suficiente tiempo para comer y si no lo hago aquí me temo que me quedaré sin. Una sopa con algas  estupenda  en un restaurante que, como en todos, te tratan como si fueses el marajá de Kapurtala.

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