27. Hakodate, día 2, segunda parte.

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Desde el mirador, camino del hotel, vuelvo a pasar por el barrio de Motomachi y aprendo una palabra en ainú: “chacha”, hombre viejo.

En una placita hay un joven de los que antes se llamaba un “joven inconformista” tocando la guitarra. Parece que toca algo como el “Concierto de Aranjuez”. Estoy a punto de acercarme y decirle que soy de Aranjuez. Imagino que se hubiese alegrado y contaría esa historieta hasta a sus nietos. ¡Es tan fácil hacer feliz a alguien! Pero luego pensé que quizás no hablase inglés y lo que intentase tocar fuese “Iberia” de Albéniz y le  dejase jodido. O quizás “Aranjuez” es una palabra malsonante en japonés. O…Pues no le dije nada. Mejor, porque luego se arrancó con algo que parecía flamenco y lo hacía bastante mal y a lo peor me hubiese invitado a su casa y habría tenido que oírle todo un recital.

Joven inconformista tocando la guitarra:

Cerca del hotel me encuentro con unos antiguos almacenes portuarios de ladrillo rojo, “Red Brick Warehouses”, ahora reconvertidos en tiendas y todas preciosas.

Almacenes de ladrillo rojoY para acabar el día me voy al onsen de Yachigashira: muy grande y muy instructivo.Lo primero es que en el tranvía sube una pareja de mediana edad con capa, negra él y gris ella. Muy elegantes. La primera vez que veo a alguien con esa prenda fuera de Madrid y de los encuentros con vampiros. La segunda cosa es que aprendí el sistema de tarificación del tranvía. La tercera es que los japoneses varones aquí llevan todos calzoncillos de los llamados “pulgueros” o “marianos” de felpa o quizás de alguna fibra más moderna y más abrigada todavía. Y también camisetas del mismo tejido pero de manga larga. De esta manera a mí me tenían comida la moral porque me parecía que no llevaban ropa y resulta que van forrados. Los cabrones. Yo recuerdo que llevaba camiseta imperial sin mangas en verano y de felpa y manga corta en invierno hasta los 15 años. Entonces me la quité y hasta ahora. Pero si me quedo a vivir aquí haré como ellos en plan de “falso valiente”. Y la última y más importante de las enseñanzas es hasta donde puedo o no aguantar el calor y donde está ese umbral.

El agua del onsen era de color óxido de hierro pero sin olor. Había tres grandes baños circulares. Realmente creo que es el más grande en el que he estado nunca.  Me metí en el primero que encontré y en el que había 4 ó 5 bañistas más. Quemaba bastante pero poco a poco lo superé. Me fijé en las pautas del comportamiento del personal.  Puro trabajo de etología de campo.  Pues bien, solo unos pocos pasaban de este baño al del otro extremo donde el agua salía a borbotones. Después de un rato en el primero me fui allí: primero los pies, luego hasta las rodillas y luego todo el cuerpo.  Quemaba mucho más. La impresión era de 10º C más, por lo menos. Y solo un par se metieron en la piscina central. Uno de ellos debía venir directamente del infierno pues estaba allí como si nada. El segundo, al entrar, a pesar de que lo hizo muy lentamente, puso cara de dolor y estuvo allí muy poquito.  Lo intenté dos veces pero no pude pasar de la rodilla. Horrible. Debían ser 20º C más que la primera.

Una de las señoras de la recepción entra donde estamos los “chicos” a recoger algo y no se espanta de nada a pesar de que allí todos estamos “à poil”. A la salida le pregunto las temperaturas de las tres piscinas. Bueno, así parece muy fácil, pero tuve que repetirle la pregunta varias veces y acabé haciendo un dibujo horrible de los baños. Que creo que es más fácil entenderme en ucraniano que a través de mis dibujos. Porque además tengo que hacer señas y algo de mímica. Total, que la más fría estaba a 42º, la segunda a 43 y la tercera, la imposible, a 45º C. Que no me lo creo. No puede ser que por dos grados no pudiese aguantar. Y así decido enunciar la quinta ley de la termodinámica, que ya sé que la última de orden es la tercera, y así ésta sería la cuarta, pero es que a la cuarta se le llama la cero y no quiero que se me malinterprete y os creáis que quiero usurpar otras investigaciones: si crees que aguantas mucho el calor espera a entrar en la tercera pileta del onsen de  Yachigashira, Belcebú.

Tarificación japonesa.

Tú subes al tranvía por la parte central donde hay una máquina expendedora de billetes y coges uno. Más que billete es un papelito de unos 2×1 centímetros donde hay un número que corresponde al de la parada donde has subido. En el papel hay, además, un extraño código de barras, el día, el mes y más información en japonés.

En la parte frontal del vagón hay una matriz luminosa donde cada casilla tiene un número fijo que corresponde a la parada del tranvía y una cantidad que se va incrementando con la distancia y que corresponde a la tarifa que debes pagar si bajas en la próxima estación.

Cuando bajas debes hacerlo por la parte delantera donde hay una máquina al lado del conductor.  Esta máquina, además, proporciona cambio de los billetes de los yenes a monedas. Así echas en la máquina el papelito que has cogido en la subida y las monedas del importe que indica la matriz de la tarifa.  No sé que pasa si alguien echa la cantidad no adecuada pues no ha ocurrido nunca.

Obviamente este sistema no sirve para España ni para la India. En España porque parte del personal enrollaría el billete o lo rompería y diría que la máquina funcionaba mal o que no estaba homologada, como hacen los que van a 200 por hora en los tramos de 90.

En la India…bueno, eso sería para escribir un libro entero.

PD Cuando regresaba al hotel vi un letrero al lado de un gran hotel que decía: ”edificio a salvo de tsunamis”.

Refugio para tsunamis con preaviso.

Otra señal tranquilizadora que te intranquiliza.

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