47. Bangkok. Regreso. Día 5.

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Vamos de nuevo al hospital y el médico encuentra a Marisa mucho mejor. Cree que la cura que le hacen allí también se la puedo hacer yo. Y eso que no le he contado que fui enfermero en la mili.

Me explica cuidadosamente como tengo que hacerlo, tanto que creo que piensa que no seré capaz de repetirlo, y me da el material necesario para hacerlo. A pesar de que en la primera visita fue un borde hoy ha estado muy amable. Cuando me despido de él le digo que “espero no volver a verlo”.   Primero cree que es una bordez y se pone serio pero afortunadamente ha entendido la broma y se ha reído.

Luego nos vamos a ver el Museo Nacional. En la esplanada que hay frente a él hay aparcados muchos autobuses. Todos están pintados como si una legión de grafiteros hubiese pasado una mes viviendo en sus cocheras.

Autobús en Bangkok
Nuestra guía lo define como el más grande museo del sudeste asiático. Realmente hay demasiadas cosas. Recuerdo el agobio que te provocaba el museo de antigüedades de El Cairo. Aquí no hay tantas cosas pero sí en exceso. Los responsables de estos museos deberían ver el de Tokio y tomar ejemplo: pocas   cosas, muy bien presentadas y en lugares amplios.Hay una sala dedicada a la historia de la familia real en Tailandia.  En este país, o por lo menos en Bangkok, la presencia real es un hecho continuo: fotografías del rey y de la reina están por todas partes y sobre todo la del rey en las situaciones más dispares.

Intento enterarme a través de las informaciones de las paredes del museo de la vida del actual rey. Este hombre es alguien a quien tenemos grabado en las capas más profundas de nuestra mente, en el cerebro reptiliano por lo menos, los que veíamos el NODO de los años 50. Era el único jefe de gobierno que visitaba a Franco. Y, claro, le dedicaban mucho tiempo en los noticiarios de los cines. No recuerdo ningún nombre real de aquella época excepto Cleopatra, por la Liz Taylor, y luego Grace Kelly, por Mogambo, además de “la encantadora reina Sirikit“ como la llamaban siempre. Es que cierro los ojos y oigo exactamente la frase hasta con la voz de locutor: “El rey de Tailandia y su encantadora esposa la reina Sirikit han visitado a Su Excelencia el Jefe del Estado quien los ha recibido en el Palacio de Oriente”. Astutamente el locutor no decía el nombre del rey por su dificultad fonética, Bhumibol Adulyadej, y aunque se le conoce también como  Rama IX, no se empleaba nunca, imagino que para evitar chistes con esa palabra. Por cierto parece que ahora hay una sorda lucha entre los partidarios de ambos consortes.

En el museo te encuentras salas de esculturas, esculturas y esculturas. Algunas de dioses hindúes, sobre todo Shiva, pero la mayoría de Buda.  Sin demasiadas explicaciones aunque cada una suele tener un letrerito en inglés del tipo de “Cabeza de Buda del siglo XIII”.

Museo nacional en Bangkok

Porque lo de los letreritos minúsculos es un fenómeno mundial: se ve que todos los rotuladores de los museos han ido a la misma academia. Si te quieres enterar de qué va el cuadro o la escultura te tienes que acercar a unos 50 centímetros para leer el letrero y luego separarte de nuevo para ver la pieza. Entonces todos los visitantes interesados en los objetos artísticos tienen un deambular en los museos que es muy especial: ves la obra, te acercas a leer el letrerito, pero no hasta el punto de que los vigilantes se enfaden contigo, vuelves otra vez a la posición de visión del objeto (a veces vuelves a mirar otra vez el letrerito porque crees que no corresponde su contenido con lo que estás viendo) y así una y otra vez. Si lo mirases desde arriba sería u movimiento como de dientes de sierra.  Con lo fácil que sería poner un letrero más grande o como en algunas exposiciones, de la Fundación March por ejemplo, en las que la obra solo tiene un número bastante grande para leerlo a distancia y te dan al entrar un  papel con la lista de lo que exponen.

Pues aquí encima de que eran “letreritos” estaban en el pedestal de las esculturas y te tenías que agachar mucho. Total que he acabado agotado.

Nos vamos a comer y descubro que me he dejado la mochila en la consigna del museo. Paseo adicional.

Tras el reposo decidimos ir a un centro comercial. Cogemos un autobús y le digo a la cobradora donde queremos ir para que nos avise en la parada. Al cabo de media hora hemos recorrido menos de un kilómetro, tales son los atascos en el centro de la ciudad. En cuanto llega a una parada nos bajamos y la cobradora se nos queda mirando extrañada. Debe pensar que los extranjeros no sabemos dónde queremos ir.

Breve paseo por la zona en que vivimos, cena, internet y a dormir.

Khao San

Escucha telefónica.

Hoy he oído hablar a una joven española por teléfono en la recepción del hotel. Estaba encantada de lo barato que era todo: “Mamá, que me he comprado una tarjeta para llamar por teléfono y solo me ha costado 5€”. Obviamente la niña no tenía ni idea de matemáticas ni de economía doméstica. Porque igual de barato es que te cueste cinco que cincuenta mil. Pero la vida te enseña y al final le ha dicho a su madre: “oye, que casi no hemos hablado y ya se ha gastado la mitad”. Eso es aprendizaje.  Y es que además los del hotel son un poco chorizos con el teléfono. También la madre le ha preguntado si había cucarachas y la niña, no es broma, le ha dicho que si preguntaba por las de comer o por las que van por los suelos. (No he visto “cucarachas de comer” en ningún sitio). Que el hotel era barato pero si se gastaban 60€ diarios en el hotel no les llegaría el dinero. Y que luego se iban a recibir un masaje a “solo tres euros la media hora”. “Y mañana a la selva”.

Dicho así impresiona. Y por eso no me extraña encontrarte gente que viene a Tailandia y lo hacen forrados de vacunas de lo más exóticas. Y si les preguntas si se han puesto la del tétanos ni lo saben. Porque claro está, no debe ser de aventureros que van a “la selva” pero la de la rabia escrofulosa del armadillo volador, ésa sí, ésa se la han puesto.

Total, que al final me ha dado un poco de pena y le he explicado desde donde podían llamar barato por teléfono. Porque iba con pareja, pero aunque hablaba en plural con su madre, de él no ha dicho ni una palabra, que también es raro porque lo normal es que diga al final: “que Borja te envía un beso”. Quizás le haya dicho esa mentira que les encanta a las madres: me voy con un grupo de amigas.

Hace muy pocos años el reconocer el amancebamiento, aunque solo fuese vacacional, se hubiese considerado algo escandaloso. Claro que luego la gente se casa por la Iglesia -la católica, claro, que para eso es la verdadera- y el cura que es un ingenuo o un cínico les  lanza un sermón sobre lo bonito que es llegar “puro” al matrimonio y, no nos engañemos, en ese contexto “pureza” significa “sin sexo”.  Que lo he visto y oído.

Espionaje.

De lo que escribo sobre la conversación telefónica de la “aventurera” puede deducirse que yo estaba allí espiando a la joven. Es que en este hotel no hay teléfono en la habitación y estaba esperando una llamada de la compañía del seguro de viaje en el único sitio donde hay teléfono en la recepción y como había mucho movimiento no quería que cuando me llamasen no me encontrasen.

Cuidado real.

Al escribir con los borradores de papel una vez ha pasado el viaje ocurre que algunas de las   cosas ya no tienen mucho sentido pero surgen otras nuevas. Así ha aparecido una información en El País del 28 de Octubre sobre la censura en Tailandia en todo lo que tiene que ver con la monarquía. Y es que en la monarquía en este país (y en otros que yo me sé)  es algo intocable.

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