22. Pyin U Lwin.

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Parece mentira que en Birmania en pleno mes de julio haga fresco pero en esta ciudad hemos tenido que coger los chubasqueros. No ha hecho falta ponérselos, pero casi. Y se ve mucha gente bastante tapada.

La guía dice que pocos lugares evocan el recuerdo de la época colonial británica como esta ciudad. Esto se debe a que fue un lugar de descanso en las montañas entonces, lo que ahora llamarían un “centro turístico” o más moderno un “resort”. En aquella época, desde 1896 hasta que la India dejó de ser colonia, muchos indios y nepalíes se establecieron aquí. Además muy cerca está la “Defence Services Academy”. O sea la academia militar del país.

Rompemos la racha de estar en un hotel cada vez mejor. Espero que el de aquí sea el peor de todo el viaje. La guía solo habla de tres en el centro de la ciudad y a los tres les da la misma calificación. Los mejores están apartados del centro y a nosotros nos interesa estar cerca de la estación de ferrocarril.

Vamos a desayunar a una “tea shop” que nos recomiendan en el hotel. Entre otras cosas tienen porras. A mí no me entusiasman como a mis conciudadanos de Madrid, pero éstas las encuentro muy buenas.

Como desde esta ciudad nos queremos ir a Hsipaw con el tren, vamos a la estación a ver las combinaciones. Está vacía y Marisa incluso duda de que mañana haya pasajeros para el tren.  Damos con el jefe de la estación, un señor muy amable y ceremonioso que se presenta como el “station master”.  Me dice que el tren llega a las 8 de la mañana y sale a las 9 pero que nosotros debemos estar a las 7:30. ¡Hora y media antes de la salida del tren! Y encima parece que está en la estación parado una hora. En el hotel me dijeron lo mismo y he venido aquí para comprobarlo.  Me pregunta si quiero “ordinary class” o “first class”.Le digo que primera, escribe mi nombre y con un apretón de manos me dice de nuevo que él es el “station master” y que mañana me espera  a las siete y media. Pronuncia de tal manera lo de “master” que a mí me suena a “monster”: el “station monster”.

En la estación un letrero debajo del nombre de la ciudad dice que estamos a 3506 pies por encima del nivel del mar. O sea a 1050 metros. Así se explica el fresquito.

En Pyin U Lwin uno de los medios de transporte público son unos carros de caballos muy graciosos. Son como unas carrozas francesas del siglo XVIII pintadas de colores, pero pequeñitas, tiradas por un caballo también pequeñito. Henos intentado coger una y nos han pedido una barbaridad aunque aquí las coge la gente normal para moverse dentro de la ciudad. Después del infructuoso regateo nos marchamos pero rápidamente aparece otro carrero que se pone a tiro en el precio. Aquí no hay turistas pero a los que venimos nos quieren exprimir.

Carro de caballos público
Con el carrito nos vamos al jardín botánico de Kandawgyi. Es una de las vistas obligadas de esta ciudad. Es una preciosidad pero de nuevo abusan con el precio de la entrada para los extranjeros. Parece que lo hayan copiado de los indios. Pero merece la pena la visita. La joya del jardín es la colección de orquídeas. Es algo maravilloso si tienes pocas, que es nuestro caso, y las contemplas todos los días, pero si ves tantísimas al final ni te enteras.

Jardín botánico de Kandawgyi.

En el jardín vemos un cartel con una lista de plantas comestibles. Al lado del nombre común está el nombre científico. Esto nos servirá para saber como se dice en castellano algunas de las frutas que nos comemos.  Descubro una planta que se llama “horror de medianoche”. Me extraña que con ese nombre sea comestible a no ser que su descubridor persiguiese precisamente el fin contrario: encontró una fruta buenísima y además escasa. Pensó que si la llamaba “Fruta deliciosa” todos querrían comerla y se le acabaría el chollo. Así le pones Midnight Horror” y tienes “horror de medianoche” para hartarte hasta el fin de tus días.  Que los botánicos no son tontos. Yo solo conocí  a uno en mi vida (aunque algunos de los que conocí ahora serán botánicos), el Dr. Oriol de Bolós, y me pareció una persona muy inteligente.

Por la tarde vamos a ver un templo chino. Allí nos invitan a un té. Tienen una torre de seis pisos de lo más gracioso que he visto aquí. Quizás como imitación, en algunas casas cercanas tienen los tejados más coloridos de Birmania. Algunas recuerdan los “recortables” que hacíamos de niños.

De vuelta al centro pasamos por una iglesia católica. La presencia británica se nota mucho en la cantidad de iglesias cristianas que hay en esta ciudad y en la gran cantidad de gente con aspecto indio. Entre estos también hay muchos musulmanes.
Iglesia católica.
Encontramos un sitio con internet y podemos enviar los mensajes familiares de rigor y enterarnos a su vez de que en casa todo va bien.

Allí encontramos a Daniel, un austriaco que viaja solo y que se sorprende al vernos pues ha estado en Bagán y Mandalay, dos de los sitios más turísticos de este país, y que apenas hay extranjeros. También va mañana a coger el mismo tren así que nos volveremos a ver.

Damos una vuelta por el centro y hay un ambiente muy animado. No le hemos acabado de coger el gusto a la ciudad seguramente debido a la calidad del hotel, pero quizás sea un lugar muy agradable. Una particularidad especial es que vemos a algunos militares, cosa poco habitual en el resto del país pero debe ser por la cercanía de la Academia Militar. Iba a escribir “de Zaragoza” porque para mí las tres palabras van juntas.

Es algo que ya he escrito pero me sorprende que en una dictadura militar se vean tan pocos por las calles. O quizás sea eso lo terrible: que no se vean.

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