57. Tokio, día 4.

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Cuando llegué a Tokio pensé que acabaría haciendo un artículo como otras veces del tipo “Tokio. Todos los días” pero no ha sido así y va a haber más de esta ciudad que de ninguna otra. .

Hoy va a ser un día diferente porque es el último día del viaje y porque he quedado con Hiro para ver los cerezos en flor.

Mi ryokan está al lado del templo más famoso de Tokio y todavía no he ido a verlo así que hoy, tempranito, es el momento.

Senso-ji.

En el año 628 dos pescadores encontraron en el río Sumida la estatua dorada de la diosa Kannon, algo así como “la Virgen de la Misericordia”. (¿No habíamos quedado que los budistas no tienen dioses?). Se construyó este templo para albergarla y aquí está desde entonces. El edifico actual data de 1950.

Senso-ji
Primero te encuentras con una gran puerta y un farol de papel enorme donde todos los japoneses se fotografían con la mano derecha haciendo una uve y con la izquierda de manera que parezca que sostienen la linterna. La primera vez que vi a alguien haciendo algo así fue también a japoneses en la torre de Pisa. Y eso debía ser el año 1973 ó 74. Debía ser un clásico: hacerte la foto como si sostuvieses la torre. Yo era muy joven y aquello me pareció de un gran ingenio. Luego he descubierto que lo llevan en el ADN. O en el ARN. Que no sé las gilipolleces por donde se transmiten y heredan.

¿Se llamará trampantojo también a esa acción?

Después de la puerta hay una especie de “Avenida de las Tiendas de Recuerdos y Tontadas Diversas”.

“Avenida de las Tiendas de Recuerdos y Tontadas Diversas”.
Allí están las cosas que solo se encuentran aquí en Tokio y que sólo compran los turistas japoneses y occidentales. Mi hijo me había encargado una camisa y pantalones negros (los ha debido ver en alguna peli) y sólo los he visto aquí. Porque tú preguntas en el resto de Japón por una camisa negra y se creen que eres un gitano. O un jesuita. Y claro, ya había comprado otra cosa.

Cuando paseé por allí las tiendas empezaban a abrir. Entre ellas la de las galletas de ayer. Las hacen (las que se ven) con una máquina que me recuerda a “Brazil” o sea algo del siglo XXI pero construida en el XIX: todo muy mecánico.

Máquina de fabricar galletas.

Al final te encuentras un pebetero con una base de arena donde el personal en lugar de poner los palitos de uno en uno, compran y encienden de diez en diez. Los clavan en la arena y se echan el humo por encima. La gente coge el humo y se lo pone por las piernas, por ejemplo. ¿Qué cómo se coge el humo? Eso es un misterio budista.

Pebetero

Después del pebetero te encuentras el cepillo más grande del mundo. El más grande de tamaño físico, que es de dos por cuatro metros. Que de pasta el más grande debe ser el llamado “óbolo de San Pedro”. Por si eres un joven ignaro y no sabes de qué va o sí que lo sabes pero tienes el irresistible deseo de donar aquí te proporciono este enlace. Además a diferencia de los anticuados cepillos buditas y sintoísta en éste puedes hacerlo por medios electrónicos. Aunque lo ideal es “en la “Jornada mundial de la caridad del Papa”, el 29 de junio o el domingo más próximo a la solemnidad de San Pedro y San Pablo”. ENLACE:

Me percato de que aquí puedes entrar con minipantalones. Estas jovencitas no deben saber que en algunos países y en algunas religiones o mejor en algunos países por sus religiones las podrían pasar canutas por ir vestidas así. Y no solo en el Islam. En la basílica de San Pedro en 1973, no sé ahora, los señores y señoras que llevaban pantalones cortos –y nada que ver con estos de hoy, sino más bien tipo “Fraga en la playa de Palomares”– (véase aquí, por ejemplo), debían ponerse un impermeable que les tapase las piernas. En los años 60 a mi prima ya mí un canónigo de la basílica del Pilar de Zaragoza nos llamó la atención por ir del brazo. O sea que hay un Dios que hace el universo, los aminoácidos, la vida, las bacterias y así hasta el hombre, (la COPE no estoy seguro que sea obra suya) y se preocupa que dos primos vayan del brazo. O de que una joven tokiota lleve minifalda. Esa exigencia es difícil de entender y compartir, ¿no?

La gente reza pero no se ve ninguna estatua. Hay una cortina y velos y quizás esté detrás. Realmente para rezar da lo mismo pero a mí me gusta verlas.

Veo a una viejecita con un carrito de esos que les sirven para andar. Llega hasta el templo pero quiere acercarse lo máximo posible y hay unas escaleras. Así que deja el carrito y sube gateando hasta lo más cerca de su diosa. Realmente lo pasa mal. Un japonés le ayuda a volver al carrito pues subir las escaleras gateando es difícil pero bajarlas es casi imposible sin romperse las narices. Al rato me la vuelvo a encontrar en otra capilla y también con el mismo problema. Ha debido subir gateando pero no puede bajar. Le ayudo. Mucho “arigato”. ¿Qué representa un metro y 35 centímetros con la distancia cósmica que nos separa de los dioses? Pues ha tenido que subir a riesgo de partirse la crisma. ¿Quién dijo que no había fanáticos budistas?

Hay una pagoda preciosa de cinco pisos y está abierta. Al final podré ver una por dentro. Mi gozo en un pozo. O mejor, “my pleasure inside of a well”: “members only”

Después de la visita religiosa me voy a desayunar. Descubro y aprendo algo que había visto antes pero no sabía como funcionaba.

Me encuentro con Hiro y vamos a ver Tokio y sus cerezos. Vistamos el barrio donde están todas las tiendas de artículos de cocina. Es algo increíble. Allí algunos de los edificios más horribles que he visto y con decoración relacionada con la cocina. Este, por ejemplo, tiene sus balcones que son tazones.

Kapabashi.

Entramos a comer en un figón donde el plato del día es “bonito”. Es curioso pero en japonés se llama también así. Le explico a Hiro la diferencia entre el adjetivo y el sustantivo. Y que el adjetivo se puede emplear en un puente, en una vista y en una mujer pero no en un hombre. No sé si me entiende.

En el restaurante hay un viejecito con aspecto de “sin techo”. Hiro me explica que en estas zonas hay mucha gente mayor con pocos recursos. El viejecito me pregunta de donde soy. Pues resulta que sabe algo de español. No he logrado entender si lo aprendió en Chicago o con chicanos. ¿Qué vida debe haber detrás de un hombre así? Me hubiese encantado hablar más con él.

Nos vamos a ver los cerezos que hay en las orillas del río. Es una maravilla y a mí se me escapa muchas veces una frase que dije ayer en el cementerio: ¡qué bonito, qué bonito! Hiro me dice que he tenido mucha suerte porque sólo dura una semana. Es un espectáculo para los tokiotas y lo aprovechan. Los paseos están llenos de gente contemplando los cerezos y fotografiándolos. Y un contraste sangrante en medio de tanta belleza: las “casas de los sin casa” en la orilla del río con los inevitables plásticos azules.

Cerezos en flor

Un aspecto que me preocupaba antes y más ahora al ver tal cantidad de flores: ¿qué pasa con las cerezas? Debe ponerse todo hecho un desastre. Lo que en mi pueblo llaman un “chanfuz”. Pues que no hay cerezas. Hiro no se lo había planteado. Como el resto de preguntas que le hago. Me imagino que si un japonés viene a España y me empieza a preguntar sobre cosas que para mí son normales y para él no, no sabría explicarle el porqué de ellas. Ahora no sé si son cerezos “castrati” o son solo “maschi”. De todas las maneras es uno de los mayores espectáculos del mundo. De verdad.

Hay mucha gente comiendo sentada en los jardines. Hoy es jueves y parece que mañana viernes esto será increíble.Gente bajo los cerezos en flor

Me dice Hiro que vienen aquí los que han acabado la universidad a celebrar que han encontrado su primer trabajo. Se ven desplegados grandes plásticos azules con bolsas de comida y bebida encima como reservando el espacio.

El único problema de ver todo esto es saber cuando va a ocurrir porque si esperas y alguien te avisa y puedes venir tienes que comprar el billete con poca antelación y al precio que esté.

He sido muy afortunado de poder verlo.

Me despido de Hiro. Ha estado muy bien tener a alguien con quien poder hablar después de tantos días de no hacerlo. Además este tío es un encanto.

Me paseo de nuevo por el templo Senso-ji y sus alrededores. Ya están cerrando las tiendas y no queda casi nadie. Las puertas del templo también están cerradas.

Esta mañana le he preguntado a Hiro por la financiación de los templos. El dinero procede de los donativos de los fieles y de que al comienzo del año las grandes corporaciones les encargan algunos servicios y se los pagan.

Me voy a dar la última vuelta por la modernidad y me voy hasta Shinjuku. La otra vez lo vi de día y ahora será por la noche. En el vagón de metro hay uno que se parece mucho a uno de mi pueblo, pero con el que no he hablado nunca ni sé como se llama. Y no para de mirarme. He estado a punto de preguntarle pero veo que es japonés. Quizás en un mundo especular yo también le recuerde a él a alguien de su pueblo.

En el metro enfrente de mí dos chicas guapísimas. Pero mucho.

Para acabar con el baño de modernidad me voy de nuevo a Isetan. En un puesto venden aceitunas: 100 gramos a 735¥. O sea un kilo unos 47€.

Y vuelvo a ver una ciudad del futuro, pero del futuro soñado, no del real. Porque si no se ha descubierto otra fuente de energía será imposible mantener este derroche. Y eso que los transportes públicos son abundantes y se utiliza bastante la bicicleta.

Me vuelvo al hotel y doy la última vuelta por las cercanías del templo y en el río cercano entre los cerezos. Hay grupos sentados en el suelo cenando. Algunos son de empleados con sus trajes y corbatas. Los cerezos están preciosos también por la noche. Y muchos “sin techo”. Es terrible que una sociedad que pueda hacer esos alardes y derroches de Ginza o Shinjuku no pueda resolver este problema.

Siento que se acabó Japón y Tokio. Ahora solo me queda el regreso.

Sobre los iconos y la moda.

Al volver a pasear entre centros de moda he pensado en la cruz que vi anteayer en un escaparate. Realmente es un icono con un buen diseño y que se ha abstraído del que fue un elemento de tortura y muerte. Y no solo de Jesucristo. Leí un artículo de las torturas de los soldados americanos en Irak y sobre algunas fotos que se habían publicado. El periodista decía algo así como que si la muerte de Jesús en la cruz se hubiese fotografiado sería un icono que no podríamos aguantar por lo duro y que desde luego no estarían en los hogares colgando de sus paredes. Al final, el que se clasifica como el símbolo dominante de la civilización occidental es un producto de la imaginación.

Pero así como el diseñador y escaparatista nipón que se ha atrevido a poner una cruz en medio de un escaparate de ropa, ¿se habría atrevido a hacer lo mismo con un símbolo islámico?

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