56. Tokio, día 3. Segunda parte.

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Después del restaurante regreso al metro. Me he fijado que no hay una norma general para la subida y bajada de las escaleras. En las mecánicas suele poner que te sitúes en la parte izquierda pero en las normales debes fijarte en cada caso pues hay indicaciones con flechas en el suelo. Casi todo el mundo las sigue pero de vez en cuando te encuentras a algún atravesado que va al revés. Esta tarde una viejecita bajaba en dirección contraria pero corriendo y apoyada en el pasamanos de su lado, pero eran dos barras paralelas y tenía una mano en cada barra. Si ella hubiese tenido 90 años menos hubiera pensado que estaba jugando a deslizarse. He estado observando su errático comportamiento y al final ha resultado que era una limpiadora del metro que llevaba un trapo en cada mano y bajaba a toda leche limpiando el barandado. ¿Cuándo jubilan aquí a las viejecitas limpiadoras? En España solo te encuentras a señoras así limpiando las iglesias. Pero claro, lo hacen gratis. Por cierto, ¿será legal que la Iglesia tenga personal trabajando gratis? A lo mejor el Concordato se lo permite. Porque no creo yo que si El Corte Inglés cogiese gente gratis los sindicatos se lo permitiesen. Y los otros comerciantes. Además esas señoras de las que hablo están todas jubiladas o son pensionistas y eso es competencia desleal a las empresas de servicios. Pero a lo mejor cualquier día el estado español deja de ser una excepción en sus relaciones con el Vaticano y somos como los franceses. O como los de Andorra. Claro que ganarse el cielo no tiene precio. Aunque sea limpiando.

Precio de aparcamiento en Tokio: 15 minutos 100¥.

Me voy a ver la Torre de Tokio. Tendría que decir “la torre Eiffel de Tokio”. Porque eso parece. Pero más grande: 9 metros más. O sea 333. Claro que está pintada de naranja y no tiene la perspectiva de aquella, ni su historia. Pero es impresionante.

Torre de Tokio.

Para acabar el día me voy a ver el Museo Metropolitano de Fotografía de Tokio. Está en un complejo urbanístico recién hecho que se llama “Yebisu Garden Place” que como está en la parada de metro de “Ebisu” te crees que es una errata tipográfica. Pues no. Es como si “Móstoles” estuviese en la parada de “Ostoles”. Aquí otra vez un señor encantador me ayuda a encontrar el camino pues es muy fácil si das con la acera rodante que te lleva hasta allí. Por si tienes que preguntar: se llama “skywalk”.

El Yebisu es un conjunto de tiendas, restaurantes, zonas al aire libre, una torre enorme y un edificio que es como un palacio de Versalles en pequeño.

Yebisu Garden Place.
Todo muy nuevo, muy lujoso y con mucho encanto. Hay un museo de una marca de cerveza donde puedes probar las diferentes clases que fabrican por 200¥ el vaso. No fui. Recomiendan el restaurante de la torre por la vista desde su piso 39. Tampoco fui. Y al final del complejo está el Museo de la Fotografía que era mi destino. Un moderno edificio donde hoy había dos exposiciones. No sé si tienen fondos permanentes que exponen en alguna ocasión pues hoy una sala estaba cerrada. Así tu visita depende de si los autores que exponen o el tema te interesan o no. La verdad es que a toro pasado no hubiese ido pero tenía mucho interés en ver como estaba montado.

Una de las exposiciones estaba dedicada al surrealismo con muchas fotos propiedad de este museo; pero son esas de Man Ray o Brassaï que las hemos visto muchas veces. La otra era un préstamo del MOMA de Giacomelli. Para mí un fotógrafo desconocido, pero que si lo había comprado ese museo es que debía ser importante. No me gustó demasiado. Las que más unas de unos seminaristas italianos jugando. Fotos que ya no se podrán volver a hacer pues eran del año 1961 cuando llevaban sotana incluso en los juegos. Cada serie de este autor tenía una explicación y también un lema. En el caso de los seminaristas era un poema de David María Turoldo:

“Io non ho mani
che mi accarezzino il volto,”

(No hay manos que acaricien mi cara…).

Que me quedé con las ganas de escribir debajo: “pues no haberte metido cura”.

Regreso al hotel.

En una estación de metro sube una señorita vestida de geisha, muy elegante y bien peinada. Para viajar en metro este traje debe ser incómodo de cojones. Los japoneses deben ser los inventores del calcetín con el dedo gordo separado para poderse poner esas chanclas. Imagino que será una chica que se gana la vida vestida así y no una verdadera geisha. He leído que en una clínica andaluza a unas empleadas les han quitado un plus del salario porque no querían ir vestidas con falda corta. Hombre, a mí me parece que en la sección de geriatría se agradece pero también ir deberían ir así ellos, enfermeros, celadores y médicos, con niquis ajustados y pantaloncitos cortos marcando paquete, porque también a las abuelitas les puede gustar la cosa visual. De todas maneras lo más divertido será ver la reacción del buen padre de familia que pretende eso de sus empleadas (¿también de las médicas?) ver la cara que pone cuando su niña aparezca con una minifalda pequeñita.

Me doy otra vuelta por Ginza. Son casi las 8 de la tarde y están cerrando en muchos sitios. No en Zara que debe tener horario más español. La iluminación de la calle está en todo su esplendor. Seguramente cuando estás en Nueva York tendrás la misma sensación pero aquí me he dado cuenta de lo provincianas que resultan Madrid o Barcelona al lado de Tokio.

Nota automovilística.

En Ginza a estas horas hay muchos coches negros y poderosos con un chófer esperando a sus también poderosos amos. La mayoría están aburridos en su asiento. Me sorprende ver a uno sentado en el lado izquierdo como en Europa. El pobre chófer tiene que conducir un Maserati impresionante que por lo visto no los hacen para el mercado japonés con el volante a la derecha.

Este ryokan solo tienen una ventaja respecto al hotel en el que estaba: un baño tipo “onsen”. Así que voy a aprovecharlo. Hay uno para señores y otro para señoras. No hay nadie cuando llego y cuando estoy dentro de la “piscina” aparece un señor vestido con una yukata, el kimono ligero que te ponen en todas las habitaciones de los hoteles, y se sorprende cuando me ve: “I am sorry”. Le digo que no, que entre, que es para todos. Es que es un novato. Me dice que es de Minnesota pero yo le entiendo que de Venezuela. ¡Hasta dónde llega mi inglés! Pues el hombre ha entrado, se ha metido en el baño conmigo y hemos estado charlando. Viaja con su mujer y parece que es ella la que le organiza todo al pobre hombre. Visitan Japón durante dos semanas, luego otra en Corea y no he entendido si después se iban a Italia o Alemania. Sí que el año próximo su mujer quiere que vayan a España y Portugal. Él había estado en Rota. Me hubiese gustado explicarle que había un tribunal que se llamaba así y que permite a los príncipes y princesas que el matrimonio canónico no sea un sacramento sino un contrato. Pero no me he atrevido porque creo que ha sido más bien un monólogo o dos. El lanzaba su parte y yo la mía. Y a lo mejor ninguna tenía que ver con la otra. Es que yo llevaba muchos días sin hablar y al de Minnesota no le debe dejar su mujer. Además estando desnudo desaparecen muchas inhibiciones.

Pero ha estado bien.

Del periódico.

Una noticia habla de dos poetisas coreanas que están discriminadas en su país porque escriben sus poemas en japonés. Cuando estas señoras iban a la escuela o a la universidad, Corea era una colonia japonesa y ellas aprendieron a leer y escribir en japonés y no en coreano. Ahora siguen escribiendo su obra en japonés pero las marginan.

Sobre la noticia que di ayer acerca de las condiciones especiales que se van a aplicar en los vuelos a los luchadores de sumo y a los instrumentos musicales. Decía que a los luchadores les obligarán a comprar dos asientos y a los violonchelistas tres. Lo que no dice es si siempre les darán los asientos contiguos. Que ésa es otra.

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