55. Tokio, día 3. Primera parte.

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Dejo mi hotel y me voy al nuevo que es un ryokan. Ya conté que es como una pensión familiar de tipo japonés. He estado antes en dos y uno, el de Kioto, era normal y el otro una maravilla. En éste intenté reservar todos los días de mi estancia en Tokio pero sólo había estas dos noches. No es que haya estado cambiando como un loco de hotel. O como esos de las pelis a los que les persigue la policía o la mafia. Aunque en las ciudades de un país a las que siempre llego o parto intento tener un hotel de referencia e ir siempre allí. Así pruebo en varios hoteles hasta encontrar el que me gusta.

Este ryokan como muchos otros hoteles pequeños tiene unas horas muy especiales para registrarte. Aquí a partir de las tres de la tarde. El hotel que he dejado no las tenía pero sí unas penalizaciones muy claras según las horas en que te excedías al marcharte.

Así que llego y dejo el resto de mi equipaje pues la mayor parte lo dejé ayer. Empiezo a estar preocupado con el volumen pues siempre acabo comprando más de la cuenta.

Este ryokan está en una zona muy concurrida al lado de un paseo que lleva a un templo y que está lleno de puestos de venta.

Paso por una calle paralela a la principal donde dan las traseras de las tiendas. En una de ellas una señora está sacando paquetes de pastitas de unas grandes cajas de cartón y las mete en fundas de papel ya preparadas para cerrarlas y hacer unas cajitas como de regalo.

Tengo una sospecha y la confirmo. Voy a la parte delantera de la tienda y hay bastante gente comprando esas pastas. Lo que pasa es que hay una máquina que va haciendo las pastas a la vista del público en plan casi artesanal. La gente está empezando a llegar a esta especie de feria y compran las pastas que acaban de salir de la máquina. Y cuando la máquina no da abasto les dan las cajas que parece que provengan de la misma máquina y no de una señora que las está llenando detrás. Que a lo mejor están hechas con la misma fórmula y por el abuelo del que las hace a la vista del público pero a mí me ha parecido una picaresca del Mediterráneo e impropia de este país.

Me voy al metro a comenzar mi periplo matutino. Bastante gente va con mascarilla. ¿Entrarán por el seguro? Sigo viendo libros de tapas blandas de papel, nada de tapas duras, ni de diseño. Si a ti lo que te interesa es el contenido y más para leer en un trasporte público esto es lo más práctico: cabe en el bolsillo, no pesa y debe ser más barato. Además suelen llevar una especie de forro así que ni siquiera puedes ver el título. Y he llegado a la conclusión que este idioma debe ser muy compacto porque con lo pequeñas que son las hojas, 12 por 7 centímetros más o menos, tardan bastante en pasar la página. Y eso que saben japonés. Quizás es que leen poesía y se deleitan en cada poema.

Muy poca gente lee periódicos. Aquí no debe haber los gratuitos que regalan en España.

Lo primero que voy a visitar es un templo shinto, Hie-jinja. En el camino paso por un enorme rascacielos: Prudential.

Hace muchos años, cuando empecé a trabajar en una compañía –y yo debería decir como los jesuitas, en “La Compañía”–, uno que sabía mucho de ella me dijo que el principal accionista era una compañía de seguros que se llamaba así, Prudential. Para mí, joven inexperto en las economías globalizadoras, aquello me pareció un hecho sorprendente y desde entonces esa palabra, “Prudential”, se convirtió en algo lejano y mítico y poderoso. No sé como lo será ahora de poderosa pero el edificio lo es. Para entrar en su aparcamiento hay un sistema de pivotes de unos 70 centímetros de altos. Un par de guardias controlan cada coche. Le hacen abrir el maletero y le echan una ojeada. Luego le inspeccionan los bajos. Todo muy metódico. Como este país. Cuando voy hacia el templo paso por la parte trasera de un edificio donde aprovechan la escalera de incendios para salir a fumar. Me parece una bonita paradoja.

He llegado hasta aquí porque la guía dice que aunque es una construcción reciente hay un túnel de cerezos en flor en la época de la floración. He encontrado unos cuantos, nada espectacular, pero en la subida hay unas escaleras con un montón de arcos de color naranja. O sea que no he visto una cosa pero he visto otra muy interesante y bonita. Arriba en el templo no hay nadie por allí pero en su interior están celebrando una boda shinto. O eso me parece. Toda la parte exterior está tapada con una tela negra que te permite oír los rezos, los cantos y la música pero solo entrever las figuras. Menos mal porque si no echo aquí la mañana viendo la boda.

Hie-jinja. Tunel de torii.
De allí me voy a visitar un cementerio. Cuando creo que ya estoy cerca pregunto a un vigilante de una obra y me indica el camino. Luego se da cuenta de que me ha indicado mal y viene corriendo detrás de mí para volver a explicármelo. Me sigue sorprendiendo la amabilidad de la gente.

Vengo a este cementerio, Aoyama Reien, porque la guía dice que es una alternativa al parque en el que estuve ayer para ver los cerezos en flor en un entorno tranquilo sin las multitudes del otro sitio. ¡Y tanto! Es que estaba solo. No había nadie. Vaya, quiero decir que nadie vivo. Es un cementerio en el centro de una ciudad como ésta y sorprende por su tranquilidad y cuidado. ¡Qué bonito, qué bonito! Realmente había bastantes cerezos en flor. Y en muchas tumbas, o panteones, o lo que sean, flores frescas preciosas. Entre todas encuentro dos tumbas especiales pues no tienen la forma clásica de mármol gris pulido sino que son dos piedras negras verticales. La pequeña dice: “Hide Dorothy Huggins born Brinkley 1881-1934”. La otra más grande:

“in memoriam

Captain Francis Brinkley

Royal Artillery

Born in Ireland November 9, 1841

Died in Tokyo October 28, 1912”.

Aoyama Reien. Tumba del Capitán Francis Brinkley.
Hay otra más reciente de John R Birnkley pero sin fechas. Y todas con escritura japonesa también además del inglés. Y lo más sorprendente es que todas tienen flores frescas recién puestas. ¡Qué misterio para alguien muerto en 1912! Además ni en las piedras, ni en la parcela donde están hay ninguna cruz, solo una linterna de piedra como las que vi en algunos templos de Kioto.

Cerca de la tumba de los irlandeses hay un enorme monolito de piedra negra. Si estuviese pulido parecería al del de “2001”. En él hay una larga inscripción. O es una poseía o es una lista de fallecidos. A un lado hay un proyectil de más de un metro de alto. Pienso si tendrá todo esto algo que ver con el artillero Brinkley.

Aoyama Reien.

Si llego a venir a este cementerio con mi mujer no hubiésemos tirado aquí todo el día haciendo fotografías. No por las tumbas, sino por todo el entorno, las flores, los árboles, los claroscuros. ¡Qué bonito, qué bonito!

Buscando información en la guía vuelvo a leer lo del templo de esta mañana y me percato de mi error. Resulta que lo que recomendaba era realmente ese “túnel” de torii, las puertas en forma de letra pi de los templos sintoístas, pero entre que mi inglés no es hasta allí y que a veces leo a trompicones había puesto los cerezos donde no estaban. Pero a cambio me he llevado una sorpresa muy agradable.

De regreso al metro paso por un restaurante en el que un letrero indica un menú a 1050¥ y con gente sentada comiendo con una botella de vino en cada mesa. Me sorprende el precio y pregunto si todo está completo en el menú. Que sí. Es que me parece poco probable y en estas situaciones prefiero asegurarme. (Mi hijo cree que no se debe preguntar, pero es que son las clásicas diferencias paterno-filiales).

El camarero habla un poco de inglés, me pregunta de donde soy. Resulta que tiene dos amigos españoles y si antes era amable ahora lo es más. La botella de vino no está llena de vino sino de té chino ligeramente fresco. Pero el restaurante es una monada. Primero una sopa. La empiezo a atacar en cuanto me la sirven pero pienso que quizás hay que esperar así que miro a mis vecinos a los que también les han servido lo mismo. Ellos no hacen nada. Pues yo lo mismo. Resulta que no esperaban nada más sino que estaban hablando. Empiezan a comer y yo también. Vuelve el camarero con una bandeja: sopa de fideos con una pata de cangrejo o decápodo similar, un langostino y una almeja, algo animal que no logro saber qué es, quizás gallinejas y unas hojas de lechuga, un rollito y finalmente una montaña de arroz con un huevo frito encima. Pregunto al camarero la forma de tratar el huevo frito. Pues nada, se parte con los dos palillos utilizando uno con cada mano y se come con el arroz. Luego vigilo como se comen mis vecinos el langostino. Decepción: lo cogen con la mano y lo pelan con los dedos. Yo ahí les saco ventaja: me lo puedo comer con los palillos y sin tocarlo con las manos. Y al final un postre dulce. Y todo por 1050¥ en un ambiente muy cuidado y con una bonita música de fondo. ¡Lástima de los fumadores!

En la calle cables eléctricos por todos los lados. En un país que cuida tanto los detalles parece mentira. Creo que la opción de eliminar cables en los programas de retoque fotográfico la han hecho para los japoneses.

Reflejos azules en Tokio.

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