36. De Kotohira a Hiroshima.

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Esta noche había nuevos huéspedes en el ryokan. Dos parejas de japoneses. Así al llegar esta mañana al comedor para desayunar ya estaban las mesas preparadas y como yo era el primero les he echado un ojo: en una había dos desayunos como el mío de ayer y en la otra uno diferente y en la mía como el de las alemanas de ayer. Eso quiere decir que tenía un huevo frito y un trozo de pescado además de la sopa, el arroz y un par de cuenquecitos más. Le he preguntado a la señora si para comérmelo debía echar el huevo al arroz o al revés. Que como quisiera. Yo lo que realmente quería saber es como se lo hubiese comido un japonés y como lo partía con los palillos sin utilizar los dedos. Pues no me ha entendido. Así que como estaba solo he aprovechado para sujetar el huevo con una mano y romperlo con los palillos con la otra. Imagino el sufrimiento de las chicas de ayer con el comedor con gente y con poca habilidad palillera. Y sin atreverse a echar las zarpas. Y con una presentación igual que ayer de hotel de cinco estrellas. O más.

Pago y aprovecho para preguntarle algunas cosas y algunas pronunciaciones. Y porqué permiten fumar siendo que es toda la casa de madera y el suelo de tatami vegetal. Me explica que hay un sistema de detección de incendios. Pues aunque en este país todo lo que tiene que ver con los incendios está muy cuidado me sigue pareciendo un peligro importante.

El tren sale a las 11:44 y aprovecho para dar la última vuelta y ver algo que no había visto. Por ejemplo, un puente cubierto, menos romántico que los de los puentes de Madison (¡ay, no estaban ni Eastwood ni Streep!) pero mucho más bonito. Se llama Sayabashi y está cerrado a la circulación, incluso peatonal. Parece que sólo lo abren para un festival.

Saya-bashi

Luego me he acercado a Kanamasuzu-za, el teatro más antiguo de Japón donde se representa kabuki. Es del siglo XII pero sólo le he echado un vistazo por el exterior; lo mismo que a un museo naval que esta al lado. Una excentricidad ponerlo aquí, aunque es por lo del templo sintoísta y la protección que ejerce sobre los marinos. En el exterior una barcaza bastante grande que no me imagino como la han podido traer hasta aquí sino ha sido como la del “Apocalypse now”, cuando el teniente coronel que interpreta Robert Duvall manda transportarla con un helicóptero.

La guía también remarca un museo dedicado al sake donde antes había una destilería y que puedes probarlo por poca pasta, pero no es cuestión de ir cocido a las 9 de la mañana. Así que no entro pero me voy a dar otra vuelta por el santuario de Kompira-san.

He leído que tiene más de cuatro millones de visitantes al año. Sus famosas escaleras están dividas en dos tramos de 758 y luego de 583 hasta Oku-sha. Están hechas de granito como todas las calles de este pueblo. Cuando empiezo la subida aún están muchas tiendas cerradas.

En la puerta principal, O-mon, donde el “mon” debe significar “puerta”, un cartel dice que hay tres caracteres, “koto-hiro-yame”, en la parte superior que fueron hechos por el príncipe Taruhito y entre paréntesis pone “Arisugawa-no-miya”. A lo mejor lo de “Taruhito” era el nombre cariñoso, pero es que suena a guitarrista de flamenco. Tampoco lo recomiendo como nombre para un futuro bebé. Lo que me sorprende es que lo remarca mucho, como si fuese algo muy difícil. O lo hacen para indicar que el príncipe sabía escribir o que era un gran esfuerzo para él. La primera interpretación sería la de un monárquico (aunque aquí quizás debería escribirse “imperial” porque no tengo ni idea de cómo se llaman los partidarios del emperador, ¿“imperárquicos”?). La segunda sería la de un republicano de mala leche, por que dar como cosa notable el haber escrito tres caracteres…

Compruebo que el peregrino-pedigüeño de ayer no está. No sé si es que cuando tienen la suficiente pasta siguen una nueva etapa o es que no es madrugador. Sí que hay rondando por allí uno que sí vi ayer. Cuando bajo estaban los dos pidiendo, así que es un truco lo de poner la mochila en el suelo como si estuviesen de paso pues aquí nadie vuelve dos días seguidos para comprobarlo. Menos yo. Son iguales a unos jetas que había antes en las estaciones pidiendo dinero para ir a su casa pues acababan de salir de la cárcel. Porque antes no había andenes separados de cercanías y cogías el tren para ir de Madrid a Caspe y como no volvías a pasar por Atocha hasta mucho tiempo después era difícil volverte a encontrar el ex-recluso. Pero aquí sí y los peregrinos-jeta siguen en sus puestos. Y vestidos de blanco, como si fuesen de verdad.

Sigo subiendo y vuelvo a ver en el mismo templo que ayer la misma ceremonia sintoísta de una pareja que ofrece algo. Viendo el raro sombrero del cura pienso en como las religiones rivalizan para encontrar el más estrambótico. De los que he visto en mi vida los monjes del budismo tibetano se llevan el primer premio. Quizás los sintoístas el segundo. ¿Qué relación tendrá Dios con los gorros? Si me lee algún obispo, que lo dudo, que es el primer escalón jerárquico de la iglesia católica con sombrero raro, por favor monseñor, explíqueme esta duda. Además cuando más alto se está en la jerarquía más estrambótico es el sombrero.

En Japón cuando la gente se acerca a los templos siempre echa dinero a unos grandes cajones que hay para tal fin. Los modernos los llamarán “megacepillos”. Por el ruido que hacen creo que casi siempre echan monedas de 10¥ y desde luego nunca billetes. Pues hoy he visto a un fiel echar un billete y como el más pequeño es de 1000¥ eso es lo menos que ha echado. Estadística: en los días que llevo aquí el 99,999% de los files han echado una ó dos monedas de 10¥ y el resto de 50 y 100 y sólo uno entre 327.437 ha echado un billete.

Hoy me he quedado en el templo principal y no he subido hasta el final. Cuando empiezo a bajar llegan los grandes grupos. El día es algo más fresco y hay algunas nubes de nuevo, pero ha sido una mañana preciosa.

Regreso al hotel, recojo el equipaje, me despido de la propietaria, que ha sido encantadora, y me voy a la estación. Cuando estoy esperando veo que el ferroviario que controla la entrada y salida de pasajeros al andén y además que anuncia por megafonía todo el tráfico ferroviario, que es bastante, sale de su garito con un badil y una escoba y recoge un papel que había en el suelo del andén. Eso es eficacia y sentido de la responsabilidad.

JR Kotohira

De Kotohira a Hiroshima voy primero en un tren superexpreso hasta Okayama y de allí en un sinkasen, de esos veloces, hasta el destino. Con Okayama tengo un verdadero problema de pronunciación pues siempre digo Oyakama, que debe ser más fácil de pronunciar, pero que debe despistar cuando pregunto por el andén del que sale el tren. Es como si en Atocha preguntas por el andén del tren que va a “Móslesto” en vez de Móstoles. Despiste.

En el trayecto se pasa por un puente enorme que une la isla de Shikoku con la de Honshu. Pienso lo que le hubiese gustado al Sr. Ruiz, alcalde de Madrid, poder hacer un puente así. Porque haces muchos kilómetros de metro y se olvida enseguida pero un puente, como un diamante, es para toda la vida. Seguro que si fuese alcalde de Melilla ya estaría en marcha un puente desde allí hasta Almería. Claro que a la COPE no le gustaría. Y a Telemadrid menos. Aunque cuando ambas organizaciones hubiesen desparecido y estuviesen olvidadas el puente del Sr. Ruiz seguiría marcando un hito histórico.

En las cercanías del puente, del de Shikoku a Honshu, no en el del nonato del Sr. Ruiz, hay barcas grandes con gente pescando con caña. Imagino que como es domingo deben ser pescadores aficionados. Lo curioso es que todas llevan una vela pequeñita trapezoidal, que en el lenguaje marinero tendrá un nombre especial, en un palo en popa. Imagino que hace como de pequeña vela que mantiene el barco proa al viento. (Se admiten explicaciones más sabias y más técnicas),

Al llegar a Okayama tengo 10 minutos para el cambio de tren. Me percato de que es la misma estación en la que estuve cuando iba a Shikoku y que el sinkasen sale de otro zona por lo que hay un buen paseo, pero todo está muy bien indicado.

En el nuevo trayecto solo hay treinta minutos de tren y la mayor parte pasa por túneles. Lo poco que se ve es una zona bastante poblada al lado de la vía del tren y luego montes totalmente cubiertos de bosques.

Al llegar a Hiroshima bajan de mi vagón un grupo de mujeres musulmanas, vaya con el pañuelo en la cabeza. Son las primeras que veo y creo que no son japonesas. Como diría un racista, en Japón no se ven ni moros ni negratas. Como diría uno políticamente correcto, no se ven ni norteafricanos ni gente de color. Yo todos los que veo tienen algún color. Lo que no he visto en mi vida todavía son incoloros.

Disquisición familiar. Después de la cabalgata de los Reyes Magos le preguntan a mi nieto de dos años: “¿has visto al rey negro?” “No. He visto a uno marrón?”. Eso son los colores.
Pues aquí no se ven ni de color negro ni marrón. Tampoco de amarillo a pesar del lugar común de llamar así a los orientales.

Curiosidad cinematográfica.

De la peli de Coppola se cuenta este error entre otros: el máximo peso que puede llevar un helicótero Huey es de 4725 kilos. El barco del film, un PBR, pesa entre 6750 y 8550v kilos. O sea que era imposible.

Duda gramatical.

La frase “haces muchos kilómetros de metro” es como una tautología enrevesada, pero ¿es tal o es una hipérbole?

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