35.Kotohira. Segunda parte.

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Kotohira. Continuación.

Sigo subiendo y llego a un templo pequeñito que es una preciosidad. La guía dice que si cuando llegas al final te encuentras “energético” (otra vez la palabra) y eres un trepador incurable puedes continuar otros 500 escalones hasta Oku-sha. Le pregunto a un cura que está detrás de una vitrina por el camino: “esto es Oku-sha”. Lo dicho, que son unos exagerados o creen que todos somos fumadores.

Bajo y vuelvo a gozar del recorrido. Cada vez hay más gente. Creo que es el lugar más concurrido que he estado después de algún templo de Kioto.

Kompira-san

En uno de los templos hay una pareja que había visto subir con un paquete bastante grande. Debe ser algún tipo de ofrenda y han contratado a un sacerdote shinto que les está haciendo la ceremonia.

Ceremonia shinto
Me gustaría saber como es el tema contractual entre esta religión y el feligrés. ¿Pagan según el oficio requerido o según los ingresos? ¿Cuesta lo mismo en día laborable que en fin de semana? ¿Se tiene en cuenta la importancia del lugar para el precio? O a lo mejor es todo gratis. Porque, ¿cómo pueden creer los fieles de cualquier religión que a sus dioses se les puede comprar con dinero? Hombre, yo entiendo a esas religiones sanguinarias en las que se aplacaba la cólera divina con sacrificios que costaban mucho, fuesen de animales o de personas, pero ¿”comprar” la voluntad de un dios con mil o diez mil yenes? ¡Pues vaya Dios Todopoderoso!

Y así sigo con la duda de lo shinto. Y también de lo no shinto.

Antes de llegar a estos templos siempre te encuentras una especie de arco de triunfo en forma de letra griega pi, Π, pero con dos palos horizontales, el “torii”. Pues el personal coloca piedras en esos palos o vigas horizontales. En algunos hay tantas que parecen aquellas máquinas de feria, que ahora deben estar prohibidas, en las que echaban monedas y estaban siempre a punto de caer un montón. Aquí parece que te vayan a caer encima de la cabeza. Como debe ser algo bueno he atinado a colocar dos piedras más en uno de los torii que me he encontrado. Las más gordas que he podido. Luego me pasan cosas buenas y no sé porqué. Pues por hechos así.

Al llegar abajo me he ido a comer al único restaurante que recomienda la guía y que ha resultado ser el que he visto esta mañana que estaban empezando a hacer fideos a mano. Esa es la especialidad de la casa y eso he comido. Yo estaba en una mesa normal pero enfrente de mí había una familia japonesa en una mesa de esas bajitas que solo de verlos me daban calambres las piernas.

Después de comer me voy a la estación para ir a Zentsu-ji. (Mientras escribo el borrador sentado en unos cojines obre el tatami intento ir al onsen del hotel. Han venido dos parejas de japoneses y se me han adelantado. Lo cierran a las diez y por poco no puedo tomarme mi baño japonés. Después sigo escribiendo en mi habitación vestido con mi yukata y tomanMis piedras en el toriido té verde con un caramelo de “respiral”. Desde que lo hago no he vuelto a toser).

Como ya he explicado “ji” significa “templo” así que deduzco que la población se llamará “Zentsu”. Pues no, se llama “Zentsu-ji”. Y así para preguntar donde está el templo de “Zentsu-ji” lo lógico es que fuese “Zentsu-jiji”. Pero me dijeron en Oboque que “jiji” era un monstruo. Al salir de la estación veo a dos escolares y les pregunto si hablan inglés. Me miran como alelados pero no dicen nada. Y les digo “temple” y “ji”. Y siguen sonriendo como tontos. Al final uno por señas me dice que siga recto. Esto tiene pinta de ser una ciudad grande con amplias avenidas y todo muy cuadriculado. Afortunadamente encuentro una señal de tráfico que dice que el templo está a un kilómetro.

Zentsu-ji.

Es el templo número 75 del circuito de los 88 y es muy importante porque aquí es donde vivió Kobo-daishi en su niñez. Y además es el complejo más grande. Entre otras cosas tiene una pagoda de cinco pisos preciosa. Cuando digo “preciosa” me refiero a su exterior y a su arquitectura pues las pagodas no se visitan. Ni idea del porqué. Tendré que esperar a que algún buen budista me lo explique.

La pagoda original fue construida por el mismo Kobo-daishi pero fue destruida por el fuego provocado por una batalla en 1558. El emperador Momozono la reconstruyó en 1804 y fue destruida por el fuego de nuevo. Ya sabéis que a las jóvenes gestantes (o a sus familiares que tengan alguna ascendencia sobre el tema, que no fue, ¡ay!, mi caso) les sugiero nombres bonitos para sus hijos. El de ese emperador no solo no lo recomiendo sino que lo desaconsejo. ¡Vaya putada llamar al infante Momozomo! ¡Vaya época escolar le esperaría! Y peor todavía cualquier hipocorístico que se os ocurra: haced la prueba. Por ejemplo ”Momozomito”, “Momo”, “Momito”, Zomi”, “Zomotín”…

Luego el emperador Ninko (este nombre sí sirve y además tiene una ka que gusta mucho ahora) comenzó una nueva reconstrucción pero fue interrumpida y no se acabó hasta 1884, mil cincuenta años después de la muerte de San Kobo. Tiene casi 45 metros de altura y realmente es muy esbelta. Esta hecha de madera de zelkova. Esta última información solo sirve para un concurso pues además de que nadie sabe cómo es esa madera, a nadie le importa si es de zelkova o de chopo del río Duero. Quizás a Machado. (“Machao” para algún líder político).

Al lado de esta pagoda hay dos enormes árboles de alcanfor, o sea alcanforeros. Creo que son los árboles de mayor diámetro que he visto en mi vida.

Alcanforero

En este templo se vuelven a ver peregrinos de peregrinación, no de turismo como los de esta mañana en Kompira-san, aunque quizás por ser sábado por la tarde está todo muy tranquilo.

Peregrino auténtico

También hay una gran cantidad de estatuas pegadas a los muros. Pero muchas.

El recinto está formado por dos conjuntos y el segundo tiene bastantes construcciones nuevas. Es el único que he visto en el que sigue ampliando. Un edificio nuevo y con muy buen aspecto explica en su fachada que es el “Henjokaku” que significa “mejorar el mundo con felicidad”. A eso nos apuntamos todos. O casi todos. Y dice también que es un lugar de entrenamiento de la mente donde se medita sobre la vida bajo las enseñanzas de Kobo-daishi. Y pienso en la señora del busto de esta mañana y que seguramente en Japón no hay operaciones estéticas de esa parte del cuerpo y que no critico a la gente que se opera de lo que le preocupa. Yo si hubiese operaciones de “estética neuronal” haría cola para la intervención: “mire doctor me regenere esas neuronas y casi todas las conexiones. No, las de los nacionalismos y religiones no me las toque, me las deje como están, por favor”. Y quizás también que me tocase esa parte de mi cerebelo que me ha hecho sucumbir a la tentación de hacerme una foto en este templo con la cabeza metida en una efigie de cartón de peregrino. ¡Vaya patochada!

La guía dice que esta ciudad es también famosa porque aquí hacen sandías en forma de cubo lo que permite guardarlas mejor en la nevera. Pero no me he acordado de preguntar por eso y además no he visto ni una tienda de comestibles, ni es la época de las sandías.

Regreso a Kotohira. Al llegar son las cuatro de la tarde y hay una desbandada del personal que se va. Doy una vuelta por la calle de las tiendas y están cerrando todas. Voy al ryokan, me siento en el tatami, me hago un té. Debajo de la ventana está el canal y pasa algún despistado. Me pongo las suites para violonchelo de Bach: ¡esto es la gloria! Más tarde doy una vuelta y veo que todos los restaurantes están cerrados. El único que encuentro avisa que cierra a las seis y media y eso que es sábado. Así que a cenar a las seis de la tarde. Como dos platos desconocidos pero muy buenos ¡Viva la cocina japonesa! Regreso al hotel dando un paseo por el canal y los puentes y ya no hay nadie por la calle. Veo a una viejecita con un carrito que he visto a otras y que me parece un gran invento: es como un coche de niño con cuatro ruedas como el que llevaban mis hijos, que creo que se llamaba de “cuco”, pero la mitad de largo. La señora lo empuja pero también se apoya en él. Dentro puede llevar la compra e incluso puede sentarse encima si se cansa, pero no he visto a ninguna anciana sentada. Así como es frecuente ver a señoras con ese transporte no he visto a ningún hombre. ¿Les dará vergüenza? ¿Lo considerarán humillante? O quizás es que los hombres de esa edad ya están muertos.

Cuando llego al hotel me percato que la calle de tiendas de recuerdos que estaba a rebosar al mediodía ahora estaba vacía pero sin un papel ni una colilla en el suelo. Ni uno. Ni una.

Notas finales.

Nota de antropología social.

No se ve ni un policía. Por ningún lado. En las grandes ciudades cuando pasas por delante de un “koban” ves a uno sentado en una mesa. Por supuesto sin ningún tipo de vigilancia en la calle alrededor ni control en la puerta.

Duda de antropología religiosa.

Así como aquí parece que hay mendigos disfrazados de peregrinos para pedir, ¿pasa lo mismo en el Camino de Santiago? Seguro que alguno de los que me lee es de los que van todos los años y se conoce todas las “sectas” que lo hacen. ¿Hay peregrinos mendicantes-un-poco-jetas?

Duda de antropología sexual.

El encuentro matinal con la pareja de peregrinos en Kompira-san me ha hecho pensar en la posibilidad de encuentros amorosos en la gente que se recorre los 88 templos. ¿Hay vida sexual en el Camino de Santiago? Mejor todavía, ¿hay gente que va a ligar?

Nota de antropología informática.

¿Sabe alguno el motivo por el que el procesador de textos Word no reconoce la palabra “teta” y da como alternativas estúpidas “beta, meta, neta, reta”? ¿Será la pudibundez de los traductores españoles?

Nota de antropología mercantil.

Mi hijo me explicó que exportamos sandías cuadradas a Japón. Así que no sé si como con los coches, la tecnología es suya y la mano de obra y el sol nuestro.

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