34.Kotohira. Primera parte.

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He dormido como un japonés. Y me he despertado lleno de “energía”, como hubiese pensado la señora vendedora de santos que nos pasaba a todos los españoles. La primera alegría, además de mi estado de ánimo, que eso ya es alegría, es que hoy está totalmente despejado. Después de estos últimos días no me merecía otra cosa.

Tras las abluciones matutinas me voy a desayunar. Ayer ya vi que en el comedor había unas mesitas bajas, de unos 20 centímetros y con un cojín para sentarte encima del tatami. Creo que se me gangrenará la pierna derecha si tengo que estar mucho rato así. La señora adivina mis problemas y me proporciona dos cojines más para estar a unos diez centímetros del suelo.

En el comedor hay tres jóvenes japoneses en una mesa y las dos alemanas en otra. Estas van con esa especie de sobrepelliz que había en la habitación y por el que tuve que preguntar su uso. Y yo como un pardillo con mi forro polar naranja y ellas tan elegantes y japonesas. Menos mal que los japoneses de verdad no lo llevaban porque sino hubiese creído que era la prenda de etiqueta del desayuno y que tenía que regresar a la habitación a ponérmelo.

Me sacan una bandeja de diseño. Esto es una pensioncilla pero habrá pocos restaurantes de cualquier ciudad española que te sirvan un desayuno tan bonito. Cinco cuenquecitos con cosas diversas y desconocidas excepto un trozo de tortilla francesa. No sé como la hacen pero es como un bizcocho enrollado, un brazo de gitano, de tortilla y de la que te sirven una rodaja. Además un bol mediano con arroz y otro con sopa y otro con té verde. Y por supuesto palillos como únicos utensilios. Como estamos en mesas en la misma fila, y a mi lado están las alemanas, no puedo observar a los japoneses como se comen las cosas y el orden, si lo hay. Todo es delicioso. Cuando se van los jóvenes japoneses saludo a las alemanas. (Es que llevo varios días sin hablar con nadie). Son jóvenes, rubias, guapas y cuando se levantan veo que son altísimas. Las pobres me confiesan que las están pasando putas con los palillos (“grosssen putaden” en alemán, te lo creas o no). Y encima, por los restos abundantes de comida que se han dejado, veo que les han dado un trozo de pescado y un huevo frito. Si lo llego a saber bajo quince minutos antes para ver como se come una alemana un huevo frito con palillos. O mejor, como no se lo come. Ellas se van hoy a Hiroshima. Cuando se marchan echo una ojeada a sus bandejas y se han dejado algunas de las cosas deliciosas. La sopa ni probarla.

Me lanzo a la calle.

Kotohira.

(En mi reproductor de música, mientras escribo el borrador, “Waiting to exhale”, la BSO del mismo nombre).

La guía dice que es una pequeña población de montaña. Yo diría “que es una pequeña población de montaña, pero de montañas pequeñas”. Y es famoso este pueblo porque aquí está Kompira-san, un lugar sagrado shinto que está dedicado a los marineros y que es una de las principales atracciones turísticas de Shikoku, sobre todo para los japoneses, porque extranjeros ayer estábamos solo las valquirias y yo, y hoy que ellas se han ido estoy yo solo, no en el ryokan, en Kotohira.

Es famoso entre otras cosas porque hay una gran escalera para subir al santuario y todo el mundo relaciona una cosa y otra. La guía, que a veces es muy optimista, dice que hay una oficina de turismo donde te proporcionan folletos en inglés e información sobre los alojamientos. Ya os conté mi experiencia de ayer que era difícil hasta adivinar en que edificio estaba. Claro que tú eres uno que escribes guías, llegas aquí, te encuentras a un eficaz funcionario que además habla inglés y te explica todo lo que quieres y lo escribes y así queda “per in secula seculorum”, que nos decían los buenos padres escolapios para hablarnos de la eternidad (y también de la condenación eterna si teníamos pensamientos lascivos). Pero ese joven y eficaz funcionario encuentra trabajo en Tokúshima y cuando tú llegas te encuentras a la hermana de su madre que lo ha sustituido pero con nada de inglés. ¿Para qué si solo hay turismo nacional? Y además los folletos se han acabado y no los han vuelto a publicar en inglés. ¿Para qué si solo hay turismo nacional?

Cuando salgo a la calle tengo a la derecha un puente que cruza el canal. Desde allí compruebo que las dos grandes ventanas de mi habitación forman la esquina de la calle y a pesar de ser un primero no se oye ni una mosca. Y es que este pueblo es un lugar turístico pero solo de día. Como Toledo. Porque, ¿conoces a alguien que viva en Toledo? Pues el Sr. Bono y el cardenal arzobispo de Toledo, monseñor Antonio Cañizares. (Eso cuando escribí esta crónica en papel, que al hacerlo en este blog el primero ya vive en Madrid, así que se ha quedado solo el monseñor). Todo el resto del personal de Toledo, incluidas las hordas de japoneses, somos gente que va un rato y luego nos vamos a dormir a otro sitio. Una vez estuve entre semana en un concierto de Harry Christophers con “The Sixteens”. Era en la iglesia de San Juan de los Reyes y era gratis. Pues estaba medio vacía. Y es que en Toledo no vive nadie. Excepto el monseñor. Pues aquí parecido. Y encima no hay monseñores.

Justo al pasar el puente al lado del que vivo empieza el camino al conjunto sagrado. Una calle llena de tiendas de recuerdos y de dulces. Cosas para llevar a los seres queridos. (Había escrito en el borrador “para llevar a la familia” y escribiéndolo en el ordenador me percato de que realmente llevas cosas a seres queridos sean o no familia, y que por el hecho de ser familia, circunstancia biológica, no tienen porque ser “queridos”, circunstancia sentimental). Y también algún restaurante. La calle estaba vacía y en aquel momento empezaban a abrir alguna tienda. En un restaurante, detrás de un gran ventanal, un joven está empezando a preparar la masa que luego servirá para hacer los fideos.

Haciendo fideos

Veo a una pareja que debe ser un matrimonio. Porque no creo que si fuese un “lío” se fuesen de peregrinaje. Los dos tan blancos…No puedo resistir la tentación y les pido si les puedo hacer una foto. Se quedan un poco perplejos pero posan pacientes.

Peregrinos

La calle se transforma en unas escaleras y hay un mendigo vestido de peregrino con una mochila cerca. Pide en silencio y con el gorro cónico que le tapa algo la cara y con un cuenco en la mano. Y de pie. El otro día vi a uno igual en la entrada del templo de Ishite en Matsuyama y di por supuesto que era un mendigo pero al ver a éste con su traje y con la mochila pienso que a lo mejor forma parte del rito. Había leído que antes, en épocas históricas y heroicas, había samuráis que se hacía monjes mendicantes y transeúntes. Y que vivían de lo que les daban. Pues a lo mejor hay una rama de peregrinos que se hacen el viaje por la cara.

Empiezo a subir las escaleras. Estos de la guía son un poco exagerados. Son muchos escalones pero nada especialmente duro. Dice que hay 1368 escalones. Al salir del ryokan la dueña me ha dado un mapa y me ha escrito “785” hasta un templo y “1368” hasta otro.

Kompira-san fue primero un templo budista y shinto dedicado al “guardián de los marineros”. Lo curioso es que este pueblo está en el interior. Cosa de las religiones. Debe ser como cuando los célibes sacerdotes católicos dan consejos sobre el matrimonio y la crianza de los hijos.

Después fue declarado un lugar shinto “oficial”. Por eso no forma parte de los 88 templos de Shikoku a pesar de ser un lugar tan importante. Quizás sea que como los peregrinos de los 88 están cerca pues por un poco más se vienen hasta aquí.

Para la gente comodona o con problemas respiratorios, — ¡ah, ese tabaco!,— hay unos palanquines que te pueden subir. Yo solo he visto a una señora que además era pequeñita, porque el palanquín es pequeño y además hay que ir con las piernas cruzadas como para desayunar en mi hotel.

En la subida te encuentras una puerta monumental y algún edificio notable. Después de la primera puerta hay unas señoras sentadas con unas mesitas vendiendo dulces. Son las únicas permitidas para vender después de esa puerta. Son solo cinco y tienen ese privilegio por herencia de las familias que vendían antes. Vaya, como en España con los Borbones o las farmacias. Pero cuando he subido solo había tres, quizás por la hora. Además a diferencia de las farmacias españolas estas tres mujeres no vendían nada

En el exterior de uno de los templos hay fotografías de barcos y letreros que imagino que serán de agradecimiento por algún problema naval. Lo más curioso es uno que ha regalado el barco con el que dio la vuelta al mundo. Pero es que iba propulsado por células solares. Y eso que es poco más grande que una canoa de remo de dos plazas. El “MALT’s Mermaid”.

Malt´s mermaid

Ya se notaba que iban llegando los turistas y aquello se iba animando. Veo a una pareja con un perrito en brazos cada uno. Los que no tenemos perro no entendemos esas cosas. Pasa como con los que no tienen hijos. También veo a una joven con un periquito en una caja de plástico transparente. ¡Qué culpa tendrá el pobre bicho! Y veo también a dos gordas. Las primeras en Japón. Y no son de esas enormes. Simplemente gordas. Y luego a uno gordo, gordo. Y joven. Me parece tan notable ver uno así en este país que le hago una foto aprovechando que ata deseos en un árbol. Eso de “atar deseos” parece como de confesión con un escolapio: ”Padre que me acuso de tener un deseo”. “Pues átalo, hijo mío, átalo”. Realmente no sé lo que ataba pero en algunos templos hay unos papelitos y la gente escribe algo en ellos y luego los ata en las ramas de árboles o bien los ponen como en una cuerda para tender la ropa. Como diciendo “vamos a secar el deseo”. Así el gordo ataba sus deseos a una cuerda que daba vueltas a un árbol también muy gordo.

Atando deseos

Y en cuanto a fauna humana la última sorpresa ha sido una señora con un par de tetas. Una señora delgadísima, con unos zapatos de tacón de aguja de vértigo, unas piernas como palillos —como dejaban adivinar los ceñidos pantalones—, una cintura de avispa. Y luego un par de tetas. En España no me hubiese llamado la atención pero es que aquí es tan poco frecuente… Por cierto que la pareja iba con un par de mostaganes que no se le parecían nada y eran demasiado mayores para ser sus hijos. Debían ser solo del padre de una unión anterior. Por cierto, pregunta de concurso: ¿cómo se llama esa descripción de una persona que solo se fija en sus caracteres físicos? La respuesta al final.

En uno de los templos había en el exterior un recipiente de más de un metro de alto y de diámetro lleno de agua. La gente echaba monedas de un yen y se quedaban flotando. Imagino que es lo de la tensión superficial a no ser que en el shinto tenga alguna explicación mágica. Luego se iban al fondo que estaba lleno de monedas.

Monedas flotantes en Kompira-san
Esto es todavía peor que lo de ayer en Hiwasa. Imagino que las llevarán también a la Caja Rural de Kotohira, que no se las cogerán nadie más: 154.734 monedas de un yen que llevan siete meses en el agua. Cuando yo vivía en Villanueva y Geltrú tenía bastante relación con los empleados de un banco. No diré cual era porque si se entera el Sr. Botín se podría enfadar. O lo contrario. Un día estando allí entró un extranjero a cambiar un billete de 100 dólares. El cajero muy solícito y con la mejor de sus sonrisas le dijo que en esa oficina no cambiaban pero que en la misma calle, muy cerca, había otro banco en donde lo harían muy gustosos. Le pregunté muy extrañado por ese consejo: “mira con la cantidad de billetes falsos de 100 dólares que hay mejor que se los metan al Vizcaya”. Pues imagino que aquí será parecido.

Respuesta de pregunta: prosopografía. Y eso se estudiaba en cuarto de bachiller en los años 50. Los alumnos teníamos de 13 a 14 años.

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Una respuesta to “34.Kotohira. Primera parte.”

  1. Luigi Says:

    Y como te acuerdas del vocablo prosopografía desde los 13 años?
    -debido a la insitencia clerical a no tenerlo en cuenta quizás?

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