Llego antes de lo previsto a Tokúshima así que intento adelantar la hora de mi billete. Ya sé que me repito pero es que me parece imposible: lo hacen, no tardan ni cinco segundos y encima te sonríen. Lo de la sonrisa lo he imaginado porque me ha tocado la misma jovencita que me lo vendió la primera vez y que seguía llevando mascarilla. Le pregunto si es por la alergia primaveral y el polen. No, que está resfriada.
Voy al hotel a buscar el equipaje y como en la estación un bol de fideos. Buenísimos.
El recorrido de esta tarde será: salgo de Tokúshima en un superexpreso. Cambio en Takamatsu donde cojo un tren “local” hasta Tadotsu y desde allí en otro superexpreso hasta Kotokira. Y lo tengo escrito y lo tengo que mirar de vez en cuando porque confundo los nombres y cambio o añado alguna sílaba de más. Así cuando pregunto me da miedo a equivocarme y que me envíen a otra ciudad. Porque siguen sonándome parecidos “Tokúshima, Takamatsu y Tadotsu”. Un lío.
En el tren local he visto a un tipo de unos treinta y tantos años un poco extraño. Había pocos pasajeros al margen de los escolares y éste ha pasado varias veces. En España hubiese pensado que era alguien a la busca de algún equipaje despistado para robarlo. No sé por que pero me ha parecido sospechoso. A veces tengo un sentido especial para estas situaciones. Cuando cambio al último superexpreso como sólo es un trayecto de 8 minutos decido quedarme de pie en la puerta y mi tren está un ratito enfrente del tren que acabo de dejar. Y veo que el pájaro sospechoso está haciendo fotos como al descuido. ¡Fotos a las piernas de las chicas! Eso me ha parecido. Pues me ha jodido tanto que si no hubiese sido por el miedo de perder el tren me hubiera bajado a buscar al revisor de ese tren aunque no sé como se lo habría explicado. Entonces lo miro fijamente y cuando me mira y nuestros ojos se encuentran le hago un gesto con las manos que le voy a dar y otras cosas por el estilo con la cara más fiera de la que soy capaz. El tío esconde la máquina y mueve la cabeza para que no le vea. Me mira furtivamente de nuevo y le vuelvo a amenazar.
Y llego a Kotohira. Salgo de la estación a la calle y es como una ciudad fantasma. Hay cerros enfrente y están cubiertos por la niebla. Parece una ciudad muy bonita y sin un alma. ¡Al fin una ciudad pequeña! La oficina de información turística está en la calle de la estación pero no hay forma de encontrarla. Es que está todo en japonés.

Ni un letrero en inglés. La señora me da un mapa también en japonés y me indica la dirección a seguir para llegar al hotel al que quiero ir y que recomienda la guía. Es un “ryokan”, un alojamiento tradicional japonés. En algunos sitios relacionan este tipo de alojamientos con “barato” pero hay algunos de precios superiores a los hoteles de cuatro estrellas. Lo que realmente los define es su estilo de vivienda japonesa, con casas de madera y habitaciones separadas por tabiques de papel. Un colchón para dormir en el suelo que suele estar cubierto de un tatami. En Kioto estuve en uno así pero aquél era más bien una pensión para extranjeros.

Y éste de Kotohira es una maravilla. Por supuesto tienes que descalzarte al entrar en el ryokan y te proporcionan unas sandalias para andar por el interior pero en la habitación las tienes que dejar en la puerta. La señora ha tenido la gentileza de sacarme un par más grande porque el estándar japonés debe ser un treinta y tantos. Nada para mis pies. La habitación con puertas correderas –como en las pelis- y con dos grandes ventanales, uno de los cuales da a un puente sobre un canal que atraviesa la ciudad.

Es de unos tres por cuatro metros y tiene una mesa redonda de unos 30 centímetros de alto donde imagino que los japoneses podrán sentarse a escribir o tomar el té (no este cristiano) y un colchón con mantas y edredón. Le he pedido a la señora que me lo desplegase por si tenía algún rito o algún misterio. En el hotel de Kioto con el colchón desplegado casi no cabía nada más pero aquí da gusto. También hay una tele pringosa de 15 pulgadas, un termo con agua caliente y té verde en hojas. Es la primera vez pues siempre ha tenido bolsistas hasta ahora. Así podré comprobar como es el té japonés. El único problema es que no hay ni una silla para sentarme a escribir así que lo haré en el suelo apoyado en la pared. Dentro de la dotación, además de la yukata, kimono ligero para estar por casa que hay en todos los lados, hay también una especie de kimono más recio. La señora me ha dicho que es para llevarlo como abrigo pero como hay calefacción no creo que haga falta. Y no hay cuarto de baño en la habitación pero a cambio hay un “onsen”, o sea un baño con una “piscinita”, toda de madera y con unas banquetas como en el que estuve en Matsuyama. Pero como tiene cerrojo puedes tomar el baño solo o acompañado. Vaya, con la compañía que lleves. O sea que yo solo. Sería como un onsen “familiar”. Bueno no sé si esa es la palabra adecuada porque si vas con una señora que no es de tu familia…De todas maneras menos mal que se puede cerrar porque como está todo tan muerto he preguntado si yo era el único huésped y me ha dicho que no, que había dos alemanes y tres japoneses más. Cuando he salido a cenar he visto a dos chicas jóvenes por la calle, o sea que deben ser “alemanas” y no “alemanes” (pobreza del inglés) y tener que compartir el baño con ellas no me haría ninguna gracia. Recordad que ya expliqué que aquí el baño se toma “à poil”.
En muchos ryokan sirven comidas e incluso en algunos es obligatoria la “pensión completa”. Me pregunta la señora si lo quiero así y le digo que no para tener más libertad en mis desplazamientos pero sí desayunaré. Me enseña el comedor. ¡Menos mal que he dicho que no comería en el hotel! Es un comedor totalmente japonés: para estar arrodillado o sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Con mis problemas musculares en la pierna derecha no hubiese podido comer allí. Ya veremos como hago para desayunar. Visto lo bien que está esto había pensado marcharme mañana después de ver el templo pero me iré pasado.
Entro a cenar en un restaurante. Lo único que sé pedir son fideos y ya los he tomado para comer hoy. Solo hay un cliente que parece de la familia y tiene restos de pescado en el plato. Les digo por señas que quiero algo parecido. Me enseñan una especie de lenguado. Además consigo que me entiendan que quiero algo de vegetales. Si no eres un experto con los palillos no pidas un lenguado frito. Yo estaba sentado en la barra y el dueño se ha sentado a mi lado para cenar él. No paraba de mirarme. Y es que es jodidamente difícil. Pero he cenado muy bien.
A ver que día hace mañana.
Observación de antropología física.
Como llevo unos días viendo grupos de jubilados de excursión me he fijado que en general, vaya el 98,7%, de las señoras japonesas son menuditas. No he visto a ninguna como las matronas españolas, como decía Labordeta, de “buena pechera y gran pie”. Ya sabéis que el tamaño del busto debe estar en consonancia con el del pie, más que nada por el problema del centro de gravedad. Pues la señoras japonesas todas de talla pequeña de pie. Y nada alborotadoras.
Ideas religiosas y ciencia. 1.
Pensamiento a propósito de la creencia del budismo japonés de que el paraíso esta en el oeste.
Al paraíso se le llama también la Tierra Pura y se cree que está situado en el oeste. Así los que van a morir se dirigen hacia allí. Claramente cuando surgió esta creencia no sabían de la redondez de la tierra, porque si la tierra fuese plana (y mejor infinita) el occidente siempre estaría “más allá”; pero si es redonda (y por tanto finita) e intentas situarte siempre hacía el oeste en búsqueda del paraíso vuelves al punto de partida sin haber llegado nunca a la Tierra Pura.
Las religiones deberían rehacer sus leyendas de acuerdo con los datos científicos del momento histórico en el que viven sus creyentes. Algunas lo intentan –otras ni eso- pero ¡mira que les cuesta…!